Artículo completo
sobre La Zubia
Puerta de entrada al Parque Natural de Sierra Nevada por Cumbres Verdes; municipio con gran patrimonio natural y encinares
Ocultar artículo Leer artículo completo
Las acequias cantan antes que los gallos. A las seis y media de la mañana, el agua baja por las canales de piedra con un murmullo que se confunde con el viento entre los chopos. Desde el puente de la carretera, se ve la Vega de Granada despertando: primero un trazo violeta en el cielo, luego las huertas con sus setos de cactus, más tarde el humo de los hornos que ya huele a manteca derretida. La Zubia se mueve a esa hora con naturalidad, como si la mañana no necesitara anuncio.
Está a los pies de Sierra Nevada, pegada al borde de la Vega. Ese cruce entre huerta fértil y monte cercano se nota en casi todo: en las acequias que aún llevan agua, en los senderos que empiezan prácticamente en la última calle del pueblo, en el olor a tierra húmeda que aparece después de regar.
El olor a romero y la sombra de la encina
Subir al parque periurbano cuesta menos de veinte minutos desde el casco urbano, pero conviene ir despacio. El sendero está lleno de cantos rodados redondos como huevos y, si pisas con cuidado, atrapa el eco de tus pasos.
La encina aparece de golpe. Dicen en el pueblo que ronda los siete siglos de vida. El tronco está retorcido, ancho, con huecos donde cabe la mano. Bajo sus ramas huele a resina y a tierra removida por los animales que bajan del monte cuando anochece.
Al mediodía, la luz se cuela entre las hojas y dibuja lunares sobre el suelo. Desde este punto alto la Vega se abre entera: parcelas verdes, caminos rectos y, al fondo, Granada extendida como un mosaico de tejados. Si subes en verano, mejor hacerlo temprano o al caer la tarde; a las horas centrales el calor se pega a las piedras.
Agua que lleva nombres árabes
La Acequia Gorda no tiene un nombre poético, es bastante literal: un canal ancho, de agua fría, que corre entre muros bajos y huertas. En algunos tramos pasa junto a casas antiguas de adobe donde todavía se ven ganchos de hierro en las paredes.
Durante mucho tiempo el cáñamo fue parte importante de la economía local. Los mayores aún recuerdan cuando las albercas se usaban para macerar la fibra y blanquearla antes de secarla. Se hablaba de toneladas de producción cada temporada. Hoy muchas de esas albercas parecen pequeños estanques tranquilos, pero cuentan bien cómo funcionaba el pueblo cuando todo giraba alrededor del agua.
Caminar junto a la acequia en verano tiene una ventaja clara: la sombra. Los árboles cubren buena parte del recorrido y el aire corre un poco más fresco que en el centro del pueblo. En invierno, en cambio, el barro se pega a las suelas y conviene llevar calzado con buen agarre.
El barro y el incienso
La iglesia de la Asunción se levantó a lo largo de varios siglos, entre el XVI y el XVIII, y esa mezcla se nota al mirarla con calma. El campanario conserva aire mudéjar, con ladrillo rojo entrelazado, mientras que la portada ya pertenece a otro momento, más recargado.
Dentro huele a cera y a madera vieja. A media tarde, cuando suenan las campanas, el eco queda suspendido bajo la bóveda unos segundos más de lo que uno espera.
La devoción local gira en torno a la Virgen de Gracia. Cada septiembre la imagen sube en romería hasta la ermita que lleva su nombre, en el monte cercano. Es un día largo: comienza con el traslado y acaba, normalmente, con familias reunidas alrededor de mesas improvisadas y platos sencillos que van saliendo de las cocinas.
Cuando la noche huele a pestiños
En Semana Santa, ciertas calles del barrio de San Pedro se llenan de olor a masa frita y anís. Los pestiños de aquí suelen ser rectangulares y finos, con un punto ligero de azahar.
Las mesas de madera aparecen en los portales y las cocinas trabajan a varias manos. El sonido de los utensilios triturando el anís seco recuerda a una lluvia fina sobre chapa. Cuando empiezan a freírse, el aroma se cuela por las ventanas abiertas.
Si pasas después de las nueve de la noche, es fácil ver corrillos de vecinos en sillas bajas y críos que entran y salen con bolsas de papel llenas de dulces todavía templados. No hay cartel ni programa que lo anuncie; basta con seguir el olor.
Cómo llegar y cuándo volver
La Zubia está pegada a Granada. En coche el trayecto es corto y la carretera sube suavemente desde la Vega hacia el borde de la sierra. Aparcar en el centro puede complicarse a ciertas horas, así que mucha gente deja el coche en calles algo más alejadas y termina el camino andando.
También hay autobuses metropolitanos que conectan con la capital con bastante frecuencia durante el día.
Si quieres ver el pueblo con más calma, la primavera suele ser buen momento: la Vega está verde y el aire todavía refresca por la noche. A finales de verano llegan las fiestas locales y los encierros, y las calles cambian por completo: más ruido, más gente, más movimiento. A algunos les gusta ese ambiente; otros prefieren venir en una mañana tranquila de entre semana, cuando lo único que se oye es el agua corriendo por las acequias.