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sobre Láchar
Pueblo de la Vega dominado por su castillo-palacio; historia ligada a la realeza y la agricultura de regadío
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Las campanas de la iglesia dan las siete cuando el sol empieza a levantarse sobre la vega. A esa hora, el turismo en Lachar todavía no existe: lo que hay es niebla baja pegada al Genil, algún coche que cruza despacio y el olor húmedo de las choperas. Desde el castillo, la luz llega primero a los bordes de los campos y después va cayendo sobre el pueblo, como si alguien encendiera la mañana poco a poco.
El olor de la vega al despertar
Láchar sigue respirando agricultura. No una versión decorada para quien viene de fuera, sino el ritmo de cada día: tractores que arrancan temprano, perros que ladran desde los cortijos cercanos, el sonido seco de los aspersores girando en las huertas.
Caminar por las calles tranquilas del centro es ver a los mayores en los bancos de la plaza con la bata puesta y las zapatillas de andar por casa, hablando sin prisa mientras el pueblo se despereza. El aire trae olor a tierra mojada cuando han regado durante la noche.
La ruta que baja desde el castillo hacia el río Genil —unos cinco kilómetros si se hace completa— sale por detrás del recinto y desciende entre parcelas y caminos de tierra. En algún punto aparecen restos de construcciones agrícolas antiguas y acequias que siguen llevando agua a los cultivos.
En marzo, cuando empiezan a brotar las collejas entre las piedras y en los bordes de los caminos, es fácil cruzarse con alguien agachado con una bolsa. Las cortan con cuidado, solo las puntas tiernas. “Para el guiso”, dicen, como si no hubiera nada más natural que recoger la comida en el campo.
Un castillo con muchas capas
El Castillo de Láchar domina el pueblo desde arriba, pero lo que se ve hoy es una mezcla de épocas. El edificio actual tiene mucho de palacio, con reformas de finales del siglo XIX y principios del XX, aunque en sus muros se reutilizaron piezas mucho más antiguas.
El lugar pasó por distintas manos a lo largo de los siglos. A comienzos del siglo XX fue residencia del duque de San Pedro de Galatino, impulsor de la industria azucarera en la vega. Alfonso XIII se alojó aquí en varias ocasiones y, según se cuenta en el pueblo, Sorolla pintó una capilla del interior cuando estuvo invitado unos días.
Hoy el castillo es municipal y suele abrirse en visitas organizadas en determinados momentos del año. Dentro se mezclan la piedra fría, vigas de madera oscurecida y capiteles nazaríes reutilizados en las paredes. Desde la terraza, la vista se abre hacia la llanura de la Vega de Granada: el Genil serpenteando entre choperas, caminos agrícolas que se pierden hacia Granada y, en días claros, Sierra Nevada al fondo.
Cuando el calendario manda
A mediados de mayo, alrededor de San Isidro Labrador, el campo marca el ambiente del pueblo. Tradicionalmente se celebra una romería donde aparecen carromatos adornados, caballos y familias enteras que pasan el día fuera. El olor a romero y a comida recién hecha se queda flotando en el aire.
En verano llega la feria. Suele celebrarse a finales de agosto, cuando las noches ya permiten sentarse fuera sin calor excesivo. Las calles se llenan de música, sillas en las puertas de las casas y niños corriendo de un lado a otro mientras los mayores alargan la conversación hasta tarde.
El sabor de lo que crece entre piedras
Las collejas aparecen mucho en la cocina de la zona cuando están en temporada. En tortilla tienen un punto ligeramente amargo que combina bien con el huevo. También se guisan con garbanzos y un buen caldo.
El conejo a la labriega suele llevar tomate de huerta, ajos de la zona y vino blanco. Y siempre está el aceite de oliva de la vega, que aquí se usa con alegría: pan, aceite y algo de sal siguen siendo un desayuno muy común.
En Peñuelas, el núcleo más pequeño del municipio, todavía se preparan migas cuando aprieta el frío. Se hacen en casa, despacio, con ajo, panceta y pimentón. El olor se queda horas en las calles, sobre todo al anochecer.
Cómo y cuándo acercarse
La primavera es cuando la vega se vuelve más agradable para caminar. Entre marzo y mayo el aire suele oler a azahar y a tierra recién trabajada, y los caminos están en buen estado.
En agosto el calor aprieta a mediodía, así que conviene moverse temprano o esperar a la tarde. Si coincide con la feria, el ambiente cambia bastante y el pueblo se vuelve más ruidoso.
Para aparcar, suele ser más sencillo dejar el coche en las entradas del pueblo y continuar andando. Las calles del centro son estrechas y muchas aceras conservan pavimento antiguo, con losas algo irregulares levantadas por las raíces de los árboles.
Láchar no es un lugar que se enseñe de golpe. Se entiende mejor caminando despacio, mirando la vega desde arriba y bajando luego hacia el río, donde el agua sigue marcando el ritmo de todo lo que pasa alrededor.