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sobre Maracena
Una de las ciudades más densas del área metropolitana; gran actividad comercial y cultural muy bien conectada con Granada
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El 1 de julio de 1431 se libró la batalla de la Higueruela en las llanuras de la Vega de Granada, muy cerca de la actual Maracena. Las crónicas hablan de miles de muertos. Aquel combate formaba parte del intento castellano de abrir camino hacia la capital nazarí. Poco después, un terremoto sacudió la vega. Las fuentes cuentan que el temblor se interpretó como una señal poco favorable y el avance se detuvo. La campaña terminó sin la entrada en Granada que algunos esperaban.
La vega que aún marca el paisaje
Maracena se sitúa en la Vega de Granada, al norte de la capital. Durante siglos fue una aldea agrícola pegada a los cultivos de regadío que alimentaban la ciudad. Hoy la continuidad urbana con Granada es evidente, pero la lógica del territorio sigue siendo la de la vega.
El nombre suele relacionarse con Maratius, una villa romana documentada en esta zona fértil. Los restos son escasos, aunque se han encontrado piezas agrícolas como piedras de molino en parajes del término. No es raro: la explotación del cereal, el lino o el olivo tiene aquí una continuidad muy larga.
En época andalusí aparece como alquería. Las fuentes árabes mencionan el lugar con una forma próxima a Marasāna. Sabemos también que miembros del linaje de Sawar ibn Hamdun —un personaje influyente en la Granada del siglo IX— controlaban tierras en esta parte de la vega. La zona vivió momentos inestables durante los siglos de frontera. Algunas incursiones cristianas dejaron el asentamiento muy dañado.
La iglesia levantada sobre la antigua mezquita
La iglesia parroquial de la Encarnación se levantó en el siglo XVI, cuando la población cristiana ya se había asentado tras la conquista. Como en otros pueblos de la vega, el templo ocupa el solar de la antigua mezquita.
El edificio es mudéjar. La fábrica es sencilla y responde al modelo habitual en las parroquias rurales del Reino de Granada tras la conquista: muros sobrios, cubierta de madera y una torre que funciona como referencia visual en el caserío. Desde su entorno se dominaba buena parte de los campos que rodeaban el pueblo.
En el interior hay elementos barrocos añadidos más tarde. Algunas lápidas recuerdan a familias llegadas tras la repoblación del siglo XVI, cuando el concejo granadino distribuyó tierras entre colonos procedentes de distintos puntos de Andalucía.
La olla de San Antón y el tiempo del lino
Durante el siglo XIX el lino tuvo bastante peso en la economía local. El cultivo y el procesado daban trabajo a buena parte del pueblo y de otras localidades cercanas. De ahí procede el apodo de linateros que todavía se oye entre vecinos mayores.
En ese contexto se popularizó la olla de San Antón. Es un guiso contundente hecho con habas secas, partes del cerdo de la matanza, arroz y berza. Tradicionalmente se preparaba en enero, alrededor del día del santo, cuando el frío apretaba y las despensas estaban llenas tras la matanza.
También hubo actividad relacionada con los embutidos. A mediados del siglo XX existían varios talleres y pequeñas fábricas. Con el cambio económico de los años sesenta muchas desaparecieron, aunque el recuerdo sigue muy presente en la memoria local.
La Casona
En una de las calles del centro destaca un edificio muy distinto a las casas tradicionales del pueblo: La Casona. Se levantó a mediados del siglo XX, cuando Maracena rondaba los tres mil habitantes. Su tamaño y el uso de hierro forjado y ladrillo visto la hacían sobresalir entre las viviendas bajas del entorno.
La mandó construir un vecino conocido por el apodo de “el del Patas”, relacionado —según cuentan— con su afición al fútbol. Durante años fue una de las casas más llamativas del municipio.
El edificio sigue en pie y el ayuntamiento ha planteado en distintas ocasiones darle uso cultural. Más allá del proyecto concreto, la casa recuerda un momento en que el pueblo empezaba a cambiar.
Cómo situarse en el pueblo
Maracena está pegada a Granada, hacia el norte de la ciudad. El crecimiento urbano ha ido acercando ambos núcleos hasta casi tocarlos. Aun así, el trazado del casco antiguo todavía se reconoce en torno a la iglesia y a la calle Real.
El recorrido por el centro es breve. Basta pasear por las calles cercanas a la parroquia, acercarse al mercado municipal y mirar hacia la vega en los bordes del casco urbano. En los días claros la sierra aparece al fondo, detrás de los cultivos que todavía sobreviven entre carreteras y barrios nuevos.
Ese contraste explica bastante bien lo que es hoy Maracena: un antiguo pueblo agrícola que sigue viviendo junto a la vega, aunque Granada ya le haya alcanzado.