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sobre Alcolea del Río
Situado en la margen derecha del Guadalquivir conserva el encanto de los pueblos de la vega con tradición agrícola
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Hay un momento en que cruzas el puente sobre el Guadalquivir y el GPS empieza a dudar. Como si preguntara: “¿aquí?”. Sí, aquí. Al otro lado está Alcolea del Río, un pueblo sevillano donde la agenda la lleva el río, no los folletos.
Han pasado romanos, después musulmanes, y ahora llega gente que anda por la Vega del Guadalquivir buscando pueblos que funcionen con su propio reloj.
Un pueblo que creció hace tiempo
Entrar en Alcolea es como colarte en la casa de tu abuela si esa casa estuviera plantada en mitad de la vega. Calles anchas, casas bajas y un silencio que a las cuatro de la tarde es casi físico.
Tiene sentido. Mucha gente está en el campo. Naranjos, huertas, lo que toque. Aquí el turismo no pone el despertador.
El casco antiguo es sencillo. No esperes grandes monumentos, sino edificios que llevan ahí décadas. La iglesia de Nuestra Señora de la Consolación preside una zona central del pueblo. Alrededor, una plaza con la actividad de siempre: vecinos charlando, alguien cruzando con la compra.
Es ese tipo de sitio donde sentarte un rato ya te explica cómo va la cosa.
La época en que el río movía todo
Lo más interesante de Alcolea está a unos minutos andando. El Guadalquivir aquí todavía tiene cuerpo.
Si sigues la Ruta de los Molinos aparecen restos de molinos hidráulicos. Durante siglos usaron la fuerza del agua para moler grano. Era el motor de la zona.
El molino de Peña de la Sal es al que suelen llevar a los visitantes porque conserva bastante estructura. Hoy está parado, pero cuando te acercas te haces una idea: ruedas movidas por el agua, piedras enormes y bastante trajín alrededor.
El paseo ronda los cuatro kilómetros. No es difícil, pero el firme tiene tramos irregulares. Calzado cerrado; las chanclas mejor para otra cosa.
Comida que se entiende con una mirada al campo
La cocina local va por donde debe ir en la vega: platos contundentes y recetas que no han cambiado mucho.
Uno curioso es el salmorejo marinero. Parte del salmorejo clásico, pero le meten pescado. Suena raro hasta que lo pruebas; luego tiene su lógica.
También hay embutidos caseros, sobre todo chicharrones y morcilla con cebolla. Son de los que piden siesta después.
En dulce están los pestiños cuando llega Semana Santa. Miel, masa frita y las manos pegajosas durante un buen rato.
Fiestas para quien vive aquí
La romería de San Isidro suele ser en mayo. Ese día mucha gente se mueve hacia el campo cercano con mesas plegables y comida hecha en casa.
No es una fiesta montada para visitantes. Es el calendario del pueblo funcionando como siempre.
Más tarde llega la feria dedicada a la Virgen del Rosario. Casetas, música y vecinos que aprovechan para verse. El ambiente es familiar; aquí todo el mundo se conoce o sabe de qué familia vienes.
¿Paramos o seguimos?
Alcolea del Río no compite con las ciudades monumentales de Andalucía. Ni falta que le hace.
Es un pueblo agrícola junto al Guadalquivir que mantiene un ritmo muy reconocible para quien conozca la vega sevillana. Si te acercas, haz esto: pasea un poco por el centro, asómate al río y camina hasta los molinos viejos.
Mi consejo: ven en primavera, cuando los naranjos empiezan a oler y el río suele bajar más animado. Come algo por el centro, date una vuelta por la vega y luego tira hacia la Dehesa Boyal. Hay un sendero corto entre pinos para estirar las piernas antes de irte.
No es un lugar para poner en grande en Instagram. Pero a veces apetece justo eso: un pueblo que sigue a lo suyo mientras el Guadalquivir pasa al lado sin hacer ruido