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sobre Brenes
Pueblo agrícola de la Vega del Guadalquivir destacado por su producción de frutales y su cercanía al río
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Las campanas de la torre mudéjar repican a las siete de la mañana y el eco se pierde entre los campos de remolacha. En la plaza, un hombre abre el bar tirando con fuerza de la persiana metálica. El ruido dura lo que tarda en encender la cafetera: tres segundos, quizá cuatro. Así empieza muchas mañanas en Brenes, antes de que el sol caliente el asfalto y los coches llenen la carretera de Sevilla.
Brenes despierta sin prisa, como quien sabe que la vega del Guadalquivir marca el ritmo.
El olor a tierra mojada y otras certezas
El pueblo huele a tierra recién removida cuando llueve. No es una metáfora: es el regadío que llega hasta las puertas de las casas, los campos de cereal que rodean el casco urbano. En primavera, el trigo es un verde intenso. En verano, se seca hasta volverse pajizo, y refleja la luz con tanta fuerza que obliga a entrecerrar los ojos.
El olor se mezcla con el de los naranjos del patio de la parroquia y con algo más húmedo que llega del río.
La torre de la Purísima Concepción, de origen mudéjar, sigue siendo la referencia visual del pueblo. Desde la plaza se ven las cigüeñas acomodadas entre los ladrillos, con nidos enormes que se balancean cuando entra el viento del Guadalquivir. A ciertas horas se oye el golpeteo del pico contra las ramas secas, un sonido que se mezcla con las campanas.
Donde el río cuenta otras historias
Desde el centro, en un paseo corto, el paisaje cambia. Aparecen los eucaliptos y el camino se abre hacia el Guadalquivir.
A primera hora hay pescadores apoyados en la barandilla, con cañas largas y termos de café. No suelen mirar mucho alrededor; están pendientes del agua.
El río baja espeso, arrastrando hojas y barro. Por aquí pasaba el movimiento de mercancías cuando el ferrocarril empezó a sacar de la vega remolacha y cereal. Cerca todavía se levanta la Torre de la Cigüeña, una vieja chimenea industrial que quedó como señal de aquella época de ladrilleras.
En mayo suele celebrarse la Santa Cruz, y entonces el paseo cambia: mesas plegables, grupos que bajan con neveras, niños corriendo entre los árboles. No hace falta alejarse mucho del pueblo; el río ya hace de campo.
El tiempo de los caracoles y otros relojes
La temporada empieza con las primeras lluvias de primavera. Los campos se llenan de caracoles y, casi al mismo tiempo, empiezan a aparecer en los bares del pueblo.
No suele haber cartel que lo anuncie. Basta con fijarse en los cestos de mimbre que entran por la puerta a media mañana. Los preparan con comino, hierbabuena y un picante suave que tarda unos minutos en notarse. Se comen despacio, con palillos, mientras el plato sigue soltando vapor.
La menestra de habas y guisantes es otro calendario. Aparece cuando las legumbres están tiernas, antes de que el calor apriete de verdad. Después llegan los alcauciles en estofado, muchas veces de huertas cercanas. El menudo, en cambio, se mantiene todo el año, aunque en invierno se agradece más: plato hondo, caldo caliente y pan para empujar.
Cuándo venir y cuándo no
La Feria de Octubre cambia el ritmo del pueblo durante unos días. Las casetas, la música y las luces se reparten por el recinto ferial y las calles cercanas. Por la noche el sonido llega lejos.
Si prefieres ver Brenes más tranquilo, conviene evitar esas fechas. Entre semana, sobre todo por la mañana, el pueblo se mueve a otra velocidad: mercado, recados, conversaciones largas en las puertas.
La Semana Santa también tiene mucho peso aquí. Los ensayos de costaleros suelen escucharse meses antes. En la rotonda de entrada hay un monumento a un costalero con el paso sobre los hombros. No está puesto por estética: recuerda algo que aquí forma parte de la vida de mucha gente.
El Domingo de Ramos, cuando sale el paso de la Purísima Concepción, las campanas vuelven a sonar con fuerza. Y durante un rato el pueblo entero parece moverse al mismo compás, entre calles estrechas, olor a cera y la luz de la tarde cayendo sobre la vega.