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sobre Cantillana
Localidad ribereña famosa por la gran rivalidad de sus hermandades y la artesanía de enrejados de mantones
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Aparcas en la primera rotonda que encuentras. Es gratis y te evitas dar vueltas por un pueblo que no tiene un solo aparcamiento señalizado. Desde ahí son diez minutos andando al centro, pasando por calles donde el olor a azahar se mezcla con el de los fertilizantes de la vega. Bienvenido a Cantillana.
Lo que hay que ver (y lo que no)
La torre del reloj es un buen punto de partida. Fue fortaleza árabe. Hoy es un reloj. Nada del otro mundo, pero sirve para orientarse. Desde aquí todo queda cerca: la iglesia de la Asunción, grande y con varios retablos; la plaza de toros, de principios del siglo XX y bien conservada; y un mosaico romano de unas termas que apareció durante unas obras. Está cubierto con una losa de cristal y se ve regular, pero al menos es auténtico.
El casco antiguo es un laberinto de calles estrechas donde las casas casi se tocan. Hay patios con macetas, rejas viejas y vecinos que siguen haciendo vida en la puerta. No esperes grandes monumentos. Aquí lo que funciona es lo cotidiano: alguien barriendo la acera, un perro cruzando la calle, el olor a comida que sale por las ventanas.
El Guadalquivir y otras historias
El río pasa por Cantillana como ha pasado siempre. La vega alrededor es una alfombra de naranjos. Cuando florecen, normalmente en primavera, el olor se nota en todo el pueblo. El resto del año es más tenue, mezclado con el de la tierra removida.
Cerca del muelle hay algunos bancos. Sentarse allí un rato tiene más sentido que ir corriendo de un punto a otro. Ves pasar el agua, a algún pescador con la caña, y poco más. En época romana esto fue un puerto importante. Naeva, según los estudios. Hoy quedan pocas piedras. La mayor parte de lo que se sabe está recogido en el pequeño museo local.
Comer y beber sin complicaciones
La cocina aquí es la de la zona. Gazpacho cuando aprieta el calor, caza en temporada y pescado de río cuando aparece. Las naranjas mandan. Sobre todo las de sangre. Si pasas por la vega, es fácil que algún agricultor venda directamente lo que recoge ese día.
No hay nada sofisticado. Entras en un bar cualquiera, pides algo y comes bien. Eso sí, en agosto muchos cierran unos días. Conviene tenerlo en cuenta.
Fiestas y aglomeraciones
En agosto Cantillana se llena. Las fiestas de la Divina Pastora y la Asunción suelen atraer a mucha gente y el pueblo cambia por completo durante esos días. Hay procesiones, música y bastante ruido hasta tarde.
Si no te va ese ambiente, mejor evitar esas fechas. El resto del año el ritmo es otro. En primavera también se ven cruces en las calles y en otoño vuelve la calma de siempre.
Aquí también aparece el nombre de Blas Infante. El “Santo Dios”, uno de los cantos que inspiraron el himno andaluz, se escuchaba en estos campos. Hoy hay alguna referencia en el pueblo. También se recuerda a José Pérez Ocaña, artista ligado a la contracultura de los años setenta.
Cómo llegar y cuándo ir
Desde Sevilla se tarda algo más de media hora en coche. La carretera es sencilla y directa. El transporte público existe, pero suele tener pocos horarios. Conviene mirarlo antes o venir con coche.
Primavera es el momento más agradable. Temperaturas suaves y la vega en marcha. El verano aquí es duro. Mucho calor y calles vacías a ciertas horas. Invierno es tranquilo y el paisaje de la vega se ve más apagado.
Cantillana se recorre en medio día sin problema. Das una vuelta por el centro, te acercas al río y poco más. Si te quedas con ganas de alargar la visita, hay caminos por la vega para caminar o pedalear. Si no, lo normal es pasar unas horas y seguir ruta. Un pueblo corriente de la ribera del Guadalquivir, con vida propia y sin demasiados adornos. Y eso, a veces, ya es suficiente.