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sobre Guadalcázar
Pueblo situado en la Vía Verde de la Campiña con restos de un palacio ducal y un entorno agrícola que invita al paseo en bicicleta y al contacto con la naturaleza
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Llegué a Guadalcázar porque el GPS me dio la patada. Iba camino de Córdoba por la A‑4, pensando en otra cosa, cuando el navegador decidió que ese era mi destino. A veces los algoritmos aciertan.
Guadalcázar aparece de golpe entre olivares que parecen no tener fin. Un montón de casas blancas apretujadas, como si alguien hubiera tirado un saco de azúcar en medio del campo y hubiera salido eso. La primera sensación es la que tienes cuando entras en un bar y todo el mundo se gira: no es hostil, pero sabes que eres nuevo.
La Torre Mocha y el marqués que mandaba aquí
La Torre Mocha es como ese amigo que se hace el interesante y luego resulta que tiene algo que contar. Desde fuera parece un castillo de arena gigante al que le faltan trozos.
En realidad formaba parte del antiguo palacio del primer marqués de Guadalcázar, Diego Fernández de Córdoba. Por lo que cuentan, la familia tenía bastante peso en la zona. Hoy el edificio se utiliza como espacio dedicado a la naturaleza de la vega del Guadalquivir —la última vez que pasé por allí funcionaba así—.
Dentro explican cómo es este paisaje que rodea al pueblo: cultivos, zonas húmedas cercanas al río, aves que pasan por aquí en sus migraciones. Cosas que normalmente atraviesas en coche sin pensarlo mucho. Mientras escuchaba me acordé de mi cuñado, que se pasa el día pegado al móvil, y pensé que le vendría bien enterarse de que en los campos también pasan cosas.
La iglesia de Nuestra Señora de Gracia
La iglesia de Nuestra Señora de Gracia es de esas que no gritan. Suele situarse en el siglo XVII y tiene una sola nave, algo que siempre me hace gracia: es como si el edificio dijera “aquí cabemos todos, pero sin complicaciones”.
Entré porque la puerta estaba abierta, que ya es noticia en muchos pueblos. Dentro olía a cera y a domingo antiguo. Había una señora limpiando con un trapo que probablemente lleva más años en la parroquia que muchos vecinos. Me miró como quien mira un gato que se ha colado en casa: sin miedo, pero tampoco con especial interés.
Pasear por Guadalcázar, sin prisa
Caminar por Guadalcázar es como usar WhatsApp en modo avión: funciona, pero sin prisas. Las calles son estrechas, las aceras aparecen y desaparecen según les conviene, y los coches pasan despacio, casi a ritmo de procesión.
Vi a un hombre aparcando su tractor delante del ayuntamiento como quien deja la bici en la puerta del súper. Nadie parecía encontrarlo raro.
Me senté en una plaza que ni siquiera recuerdo si tenía nombre visible. Un kiosco cerrado, bancos de piedra y un grupo de mayores jugando a las cartas con esa intensidad que aquí le ponemos a cualquier partida. No pregunté a qué jugaban porque me dio la sensación de que la explicación iba a ser más larga que la partida.
Comer por aquí: más campo que ciudad
Aquí cometí mi pequeño error de forastero. Pedí un flamenquín a media tarde y el camarero me miró como si hubiera pedido sushi.
“Flamenquín no, pero hay caldereta”.
Y oye, caldereta. Bastante buena, además, aunque terminé con la camisa llena de manchas. Mientras comía, un señor se acercó a la mesa y me explicó algo que en Córdoba capital dan por hecho: el flamenquín se asocia mucho a la ciudad. En los pueblos de alrededor tiran más de cocina de caza o de guisos de los de toda la vida. Perdiz, conejo, cosas que vienen del campo de alrededor.
Tiene sentido cuando miras por la ventana y ves lo que hay alrededor del pueblo.
Cuando cae la tarde
Me fui cuando el sol empezó a esconderse entre los olivos. A esa hora Guadalcázar baja el ritmo todavía más. Algún coche vuelve del campo, se oye una puerta de cochera, y poco más.
No hice grandes fotos ni encontré ningún rincón espectacular de los que luego arrasan en redes. Pero sí me llevé esa sensación rara que a veces dan los pueblos de la campiña: que la vida va a otra velocidad y que nadie parece tener demasiada prisa por cambiarla.
Si pasas por la zona de la Vega del Guadalquivir y te desvías un rato, Guadalcázar sirve justo para eso: estirar las piernas, dar una vuelta tranquila y recordar que no todos los viajes necesitan un gran plan. A veces basta con equivocarse de carretera.