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sobre La Algaba
Municipio próximo a la capital famoso por su torre de los Guzmanes y su tradición taurina y agrícola de cítricos
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A las siete y media de la mañana las campanas de la iglesia de Jesús Nazareno suenan con un eco limpio que se queda flotando sobre los tejados. El sol todavía va bajo y aparece detrás de las hileras de naranjos que rodean La Algaba, con esa luz anaranjada que dura poco y que hace que las fachadas parezcan más claras de lo que son durante el resto del día. Desde algunos puntos altos del casco antiguo se intuye el Guadalquivir entre la vegetación de la vega. Los primeros tractores ya se mueven por los caminos de tierra y el aire huele a riego reciente, ese olor húmedo que dejan los canales cuando el campo empieza a trabajar temprano.
La cercanía con Sevilla —a pocos kilómetros río arriba— se nota en muchas cosas: en la forma de hablar, en los coches que van y vienen a diario, en la sensación de estar en la vega pero con la ciudad siempre cerca.
La torre que vigila el pueblo
La Torre de los Guzmanes aparece de golpe entre las casas blancas. Es cuadrada, maciza, de piedra oscura, y cuando te acercas se entiende enseguida que estuvo pensada para otra época. Subir hasta arriba cansa un poco: los peldaños son irregulares y el interior mantiene esa mezcla de fresco y polvo antiguo que tienen las construcciones defensivas.
Desde lo alto el pueblo se ordena con claridad. Las azoteas planas, algunas tejas antiguas, el campanario asomando por encima de todo y, más allá, la llanura agrícola de la Vega del Guadalquivir. En días despejados se adivina Sevilla en el horizonte, difusa, como una franja gris.
La torre forma parte del antiguo palacio fortificado vinculado a la familia Guzmán y hoy es uno de los pocos edificios que recuerdan el pasado defensivo de la localidad. Dentro suele haber exposiciones o actividades culturales, aunque conviene comprobar antes si está abierto porque los horarios pueden cambiar según la temporada.
Si vas a subir, intenta hacerlo a primera hora de la mañana o al final de la tarde. El interior guarda menos calor y la luz desde arriba cae más suave sobre los campos.
El ritmo cotidiano de la vega
En La Algaba el campo entra en el pueblo sin pedir permiso. Se nota en los remolques cargados que cruzan algunas calles, en el olor a cereal o a tierra húmeda cuando sopla aire desde la ribera.
A media mañana suele haber movimiento alrededor de las tiendas y de los pequeños puestos de fruta y verdura. Mucho producto viene de la propia vega: naranjas, hortalizas, legumbres. Las conversaciones se alargan más que la compra y la gente se conoce por el nombre o por la familia de la que viene.
La pringá aparece en muchas casas después del cocido, como en buena parte de la provincia de Sevilla. Se desmenuzan las carnes —tocino, chorizo, morcilla— y se mezclan hasta formar una masa caliente que termina sobre un trozo de pan. No es algo de carta ni de receta fija; suele ser comida de casa, de domingo tranquilo o de reunión familiar.
Con las naranjas de la vega también se preparan platos de temporada cuando llega el invierno. En algunas casas se guisan carnes con su zumo amargo, aprovechando las que no se destinan a la venta.
Cuando el pueblo se mueve junto
A lo largo del año hay varios momentos en los que La Algaba cambia de ritmo. Durante la Semana Santa las calles del centro se quedan en silencio mientras pasan las cofradías. Las aceras se llenan de vecinos que miran sin hablar demasiado, y el sonido que domina es el de los pasos sobre el suelo y algún tambor lejano.
También hay romerías y celebraciones vinculadas a las hermandades del pueblo que suelen reunir a mucha gente de la zona. Carros adornados, caballos, música que aparece y desaparece según avanzan los grupos por los caminos de la vega. No siempre tienen una fecha fija fácil de recordar para quien viene de fuera, así que lo mejor es preguntar en el propio pueblo o consultar la agenda municipal si quieres coincidir con alguna.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
La primavera es probablemente el momento en que mejor se entiende el paisaje de La Algaba. Los naranjos están en flor y el aire lleva ese olor dulce que se mezcla con la humedad del río. Los campos alrededor cambian de color según el cultivo y la luz de la mañana suele quedarse un rato suspendida sobre los meandros del Guadalquivir.
El verano aquí es duro. En julio y agosto el calor aprieta desde media mañana y muchas calles quedan prácticamente vacías durante las horas centrales del día. Si vienes en esa época, conviene moverse temprano y dejar el paseo largo para el atardecer.
En cambio, el otoño tiene algo más pausado. Cuando terminan algunas campañas agrícolas, los campos quedan más abiertos y el paisaje se vuelve rojizo y terroso.
Si llegas en coche, lo más sencillo es dejarlo en alguna de las zonas amplias cerca del centro y moverte andando. El casco urbano se recorre rápido: en pocos minutos puedes pasar de la torre al entorno del río o a las calles más antiguas del pueblo.
Al final del día, cuando baja el sol hacia el oeste, la luz se vuelve más dorada y el río refleja un brillo metálico entre los árboles. Es uno de esos momentos tranquilos en los que La Algaba se queda en silencio unos minutos antes de que empiece la tarde.