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sobre Palma del Río
Ciudad de la naranja situada en la confluencia del Genil y el Guadalquivir con un recinto amurallado almohade y cuna de grandes toreros
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A las seis de la tarde, cuando el sol baja y vuelve dorado el Guadalquivir, los limoneros de Palma del Río empiezan a oler. Si uno habla de turismo en Palma del Río, casi siempre termina hablando de esto: de ese olor ácido que llega desde la vega y se mezcla con el frescor del río que pasa lento. Desde el puente de hierro —una estructura metálica traída de Francia a finales del siglo XIX— se ve el valle naranjero extendiéndose como una alfombra verde. Si te quedas quieto un momento, el metal vibra apenas cuando pasa un coche. Es un puente que sigue trabajando.
El olor de la vega y el sabor de la naranja
Palma del Río huele a cítricos incluso cuando no es temporada. En los jardines del Palacio Portocarrero, levantado sobre lo que fue una antigua fortaleza, crecen decenas —algunos dicen que cientos— de variedades de naranjos y limoneros. El llamado Museo Vivo de la Naranja se recorre al aire libre, entre árboles y paneles, y sirve sobre todo para entender hasta qué punto la economía de la zona ha girado alrededor de estos cultivos.
En algunas casas todavía preparan gazpacho de naranja amarga. No aparece en muchas cartas, pero sigue circulando por las cocinas familiares. Tiene una acidez breve que primero sorprende y luego se suaviza con el aceite y el tomate. En temporada también salen de la vega espárragos blancos, gruesos, con ese sabor limpio de la tierra húmeda. Aquí la huerta y el río siempre han ido de la mano.
Un pueblo que se defiende
El recinto amurallado de Palma del Río no funciona como una escenografía. Rodea el casco antiguo con una continuidad que todavía se percibe al caminar. Fue protegido oficialmente en los años ochenta, aunque el trazado es mucho más antiguo, y durante siglos marcó el límite entre el pueblo y la vega.
Dentro, las calles se estrechan y el ruido cambia. Hay paredes de color tierra, portones de madera y tramos donde el eco de los pasos rebota entre los muros. En uno de los torreones se esconde la Capilla de las Angustias. No es grande: piedra gruesa, techo bajo, olor a cera. La misma muralla que servía para vigilar el exterior ahora guarda un pequeño espacio de recogimiento.
Moda, toreros y conventos
El Convento de Santa Clara tiene siglos de silencio acumulado en sus patios, y entre esos muros se instaló el museo dedicado a Victorio & Lucchino. Las salas ocupan antiguas dependencias del convento: habitaciones sobrias donde los bordados y las telas pesadas resaltan aún más. No es un lugar para verlo deprisa; las paredes gruesas obligan a bajar el ritmo.
A unos minutos andando, en una casa señorial del centro, está el museo dedicado a Manuel Benítez, El Cordobés. Palma del Río es su lugar de nacimiento y aquí muchos siguen llamándolo simplemente Manolo. El espacio es pequeño, con fotografías de sus primeros años y algunos objetos personales que cuentan la historia de un chico de campo que terminó llenando plazas.
Cuándo ir y qué evitar
La primavera suele ser el momento más agradecido. Cuando los naranjos florecen, el aire de la vega se vuelve denso y dulce, sobre todo al caer la tarde. En mayo el pueblo se anima con la feria y llegan muchos visitantes de la provincia. Si prefieres caminar con calma por el casco histórico o acercarte al río, los días entre semana suelen ser más tranquilos.
El verano, en cambio, aprieta. En agosto el calor de la campiña cae vertical y las calles se vacían durante las horas centrales del día. Si vienes entonces, conviene madrugar y dejar los paseos largos para el final de la tarde.
Desde el mirador del Palacio Portocarrero, cuando la luz empieza a apagarse, el Guadalquivir se vuelve de un gris plateado que parece metal líquido. Abajo, la vega se convierte en una masa verde casi continua. Y cuando el sol desaparece del todo, vuelve ese olor de cítrico y agua lenta que, con el tiempo, uno acaba asociando directamente con Palma del Río.