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sobre Tocina
Municipio de la Vega formado por dos núcleos (Tocina y Los Rosales) con fuerte actividad agrícola
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A las seis de la tarde, cuando el sol baja y las sombras de los naranjos se alargan sobre la tierra roja, Tocina huele a azahar y a pan recién hecho. En ese momento tranquilo se entiende bastante bien cómo es el turismo en Tocina: calles anchas, persianas medio bajadas y un ritmo que no tiene nada que ver con el de Sevilla, aunque esté relativamente cerca. La gente duerme la siesta o ha ido a regar a los campos. Solo se oye el zumbido de alguna moto lejana y, si te paras, el canto de los jilgueros que anidan en los pinos de las aceras.
El olor de la vega
El pueblo se asoma a la Vega del Guadalquivir como quien se asoma a un espejo. Buena parte de lo que se come, se vende o se comenta en Tocina sale de esa llanura fértil. Las huertas llegan casi hasta las últimas casas y los caminos de tierra, después de lluvia, se vuelven un barro pegajoso que se queda agarrado a las suelas varios metros.
En los bancos de la plaza, los mayores hablan de riegos y de precios de la naranja. Nadie lo llama tradición ni cultura: simplemente es lo que se hace aquí desde hace generaciones.
La iglesia de San Vicente Mártir aparece al final de una calle recta, con ladrillo color miel y una torre cuadrada que se ve desde bastante lejos cuando llegas al pueblo. El edificio actual suele situarse a comienzos del siglo XVIII, aunque los vecinos lo cuentan más bien como una obra levantada poco a poco, a base de empeño y de años. Dentro huele a cera y a madera vieja. Si entras un día cualquiera por la mañana, es fácil encontrarse a alguien limpiando los altares con un trapo mientras murmura algo que suena a conversación consigo mismo.
La chimenea que ya no fuma
En Los Rosales, la pedanía que funciona casi como un pueblo aparte, la gran chimenea de la antigua azucarera se recorta contra el cielo como una exclamación. Lleva décadas sin echar humo, pero sigue siendo el punto de referencia más claro del lugar. Los chavales aún dicen eso de “quedamos donde la chimenea”.
A sus pies hay un descampado con hierbas altas y restos de ladrillo. Al atardecer, la luz naranja se queda pegada a los muros de la fábrica abandonada y durante unos minutos el conjunto parece menos ruina de lo que es.
Los Rosales tiene estación de tren, algo que Tocina nunca tuvo. El cercanías que conecta Sevilla con Córdoba se detiene unos segundos y bajan unos cuantos viajeros con mochilas y bolsas de la compra. El andén huele a brea caliente y a eucalipto. En primavera, los campos de alrededor se llenan de amapolas que salpican de rojo el verde de los naranjos.
Cuando el pueblo se llena
En septiembre, la feria compartida entre Tocina y Los Rosales transforma durante unos días un descampado junto a la carretera. Casetas de lona blanca, farolillos, música que se oye desde varias calles antes de llegar. El olor a pescaíto frito se mezcla con el del polvo que levantan los coches al aparcar en los alrededores.
Los niños pasan horas en los columpios y los mayores se quedan en las mesas hasta tarde, bailando sevillanas cuando alguien se anima con las palmas. Al final de la noche, no es raro escuchar a alguno cantar “Tocina, Tocina” como si fuera un himno improvisado.
Unos meses antes suele celebrarse la romería de la Virgen de Fátima, que baja hasta un paraje conocido como La Playita, junto al arroyo. El nombre engaña: no hay arena ni agua para bañarse. Son unos dos kilómetros de camino bajo el sol, con la imagen llevada a hombros y los niños corriendo por delante con ramas de olivo. Allí se pasa el día entre tortillas, neveras y guitarras que aparecen cuando el ambiente se calienta un poco.
Cómo llegar y cuándo escaparse
La primavera temprana suele ser el momento más agradecido. Después de las lluvias, la vega huele a tierra mojada y los naranjos están en flor. Si vienes en coche, la A‑4 queda a pocos minutos; si prefieres tren, puedes bajar en la estación de Los Rosales y caminar alrededor de un kilómetro hasta el casco.
En agosto el calor cae con fuerza y a media tarde casi no hay nadie por la calle. En invierno, si ha llovido varios días seguidos, algunos caminos de la vega se ponen pesados y resbaladizos.
Evita las noches de feria si buscas silencio. Y no vengas esperando un menú pensado para visitantes. Aquí se cocina lo de siempre: bacalao con tomate, alcauciles con lomo o algún conejo que corría todavía ayer por los cercados. Si aparece un bizcocho de naranja en la mesa, merece la pena probarlo: suele hacerse con fruta de las huertas de alrededor y tiene ese punto ácido que deja el olor pegado en los dedos.