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sobre Villanueva del Río y Minas
Pueblo con pasado minero y el impresionante yacimiento romano de Munigua en plena dehesa
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El humo del carbón aún parece quedarse pegado en las paredes del cine‑teatro de Las Minas. Son las once de la mañana, las butacas de madera están vacías y el proyector antiguo descansa detrás del cristal. Fuera apenas se oye nada, salvo un mirlo que se mueve entre los ladrillos del antiguo lavadero de la Reunión. A esa hora el turismo en Villanueva del Río y Minas tiene algo raro: el pueblo todavía no ha arrancado del todo y el pasado aparece sin esfuerzo, en silencio.
Cuando el río olía a carbón
La Vega Alta del Guadalquivir siempre ha vivido pegada al río, aunque aquí la relación fue distinta durante mucho tiempo. Durante siglos el carbón que salía de las minas necesitaba bajar hacia Sevilla, y el río era una de las vías naturales para mover mercancías cuando las carreteras eran poco más que caminos.
Hoy el agua corre tranquila entre juncos y orillas de arena oscura. En algunos remansos, si escarbas con la mano, todavía aparece algún trozo pequeño de hulla pulida por la corriente. No es raro ver a chavales buscándolos como si fueran piedras negras.
Por la zona de Los Rosales el río se abre un poco y forma una especie de playa fluvial donde en verano la gente del pueblo se acerca a refrescarse. Los mayores todavía recuerdan cuando el agua bajaba más turbia por los restos del lavadero minero.
Entre chopos y cañaverales hay tramos que se recorren en piragua cuando el nivel del agua acompaña. No es un río rápido; más bien se desliza despacio. En primavera el aire trae olor a azahar de los campos cercanos y el paisaje cambia bastante respecto al verano, cuando el calor cae de lleno sobre la vega.
El pueblo que fue dos
Villanueva del Río y Minas es, en realidad, la unión de dos núcleos que durante mucho tiempo caminaron por separado. El casco antiguo de Villanueva del Río se agrupa alrededor de la iglesia de la Asunción y algunas calles estrechas que todavía conservan casas bajas con patios interiores.
A varios kilómetros está el barrio de las Minas, levantado cuando la explotación del carbón atrajo a trabajadores de distintos lugares. El trazado es más recto, más funcional, con edificios ligados a la antigua actividad minera: economatos, talleres, instalaciones industriales que hoy aparecen medio vacías o reutilizadas.
Esa doble identidad sigue notándose. Hay dos parroquias, dos zonas muy claras del municipio y una memoria minera que todavía pesa en muchas familias. No es raro escuchar historias de turnos bajo tierra o de parientes que llegaron desde otras regiones buscando trabajo en los pozos.
Mulva‑Munigua, las ruinas en la sierra
Mulva‑Munigua empieza donde el asfalto prácticamente se acaba. Desde el pueblo hay que seguir una carretera secundaria y después un camino que se adentra en la sierra. El paisaje cambia rápido: encinas, monte bajo, silencio.
En lo alto aparece el conjunto arqueológico, una antigua ciudad romana construida en terrazas sobre la ladera. Lo más llamativo es el santuario escalonado que se levanta sobre columnas de piedra clara. Desde allí arriba se ve todo el valle.
Entre los restos hay muros, calles empedradas y bases de edificios que ayudan a imaginar cómo fue aquel asentamiento minero romano. El sendero que rodea el yacimiento pasa junto a muretes de piedra seca y antiguos bancales.
En primavera el campo alrededor se llena de amapolas y hierbas aromáticas. Conviene llevar agua y algo para protegerse del sol: hay muy poca sombra y el calor aprieta pronto incluso fuera del verano.
La cocina minera que aún se recuerda
En muchas casas del pueblo todavía se preparan platos que nacieron para alimentar a familias enteras después de los turnos en la mina. Recetas contundentes, de olla grande.
Uno de los más repetidos es el potaje con garbanzos y espinacas, al que a veces se añade bacalao salado o algún hueso que dé sabor al caldo. Son platos que se cocinan despacio y que suelen aparecer en reuniones familiares o en celebraciones del pueblo.
El pan duro se aprovecha siempre, desmigado en la sopa o acompañando el guiso. Esa cocina sencilla tiene mucho que ver con la vida minera: jornadas largas, trabajo físico y la necesidad de que la comida llenara de verdad.
Caminar entre restos de mina
Alrededor del municipio quedan todavía estructuras ligadas a la explotación del carbón: chimeneas, tolvas, edificios industriales y trazados de antiguas vías. Algunos están señalizados y otros aparecen casi por sorpresa entre la vegetación.
Caminar por estas zonas tiene algo extraño. A ratos parece campo abierto y, de pronto, surge una nave enorme o la boca de un pozo sellado. Muchas de estas instalaciones llevan años abandonadas, pero siguen formando parte del paisaje cotidiano del pueblo.
Si vienes en verano, lo más sensato es salir temprano o esperar a última hora de la tarde. El sol cae con fuerza sobre toda la vega y el asfalto acumula mucho calor. En primavera y otoño, en cambio, el paseo se hace más llevadero y el entorno se ve con otra luz.