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sobre Aínsa-Sobrarbe
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Las campanas de la colegiata suenan a primera hora mientras el sol empieza a colarse en la plaza Mayor. Las losas aún guardan el frescor de la noche y el aire huele a pan caliente que sale de alguna cocina cercana. Desde el borde del castillo, el valle del Cinca aparece medio cubierto por una bruma rosada que, algunos días, deja ver la silueta de la Peña Montañesa flotando sobre el fondo. Son los minutos antes de que empiecen a subir coches por la cuesta de acceso y se abran las primeras terrazas. A esa hora, el turismo en Aínsa Sobrarbe todavía no ha despertado del todo.
El tiempo en piedra
Caminar por la plaza Mayor de Aínsa tiene algo de recorrido lento por la historia del Sobrarbe. Las losas oscuras, desgastadas en el centro, cuentan mejor que cualquier cartel la cantidad de gente que ha pasado por aquí: ferias, mercados, tropas, vecinos que siguen cruzándola cada día.
A un lado está la colegiata de Santa María, con su torre románica levantándose sobre los tejados. En la portada hay detalles que suelen pasar desapercibidos si uno no se detiene un momento: capiteles gastados, alguna figura casi borrada por el tiempo y una inscripción colocada al revés que todavía intriga a quien la estudia. No es un misterio de novela, pero sí una de esas pequeñas rarezas que recuerdan lo antigua que es esta plaza.
El castillo ocupa el extremo norte del casco histórico. Su recinto se fue ampliando con los siglos y hoy el paseo por las murallas funciona como un mirador natural sobre el valle. Desde allí se sigue bien el curso del Cinca y, cuando el nivel del embalse de Mediano baja lo suficiente, aparece el campanario del antiguo pueblo inundado. A veces asoma solo la punta; otras, casi entero. Depende del año y de cómo venga la nieve en invierno.
Cuando el pueblo cambia de ritmo
Hay momentos del año en que Aínsa deja de ser tranquila. El más conocido es La Morisma, una recreación histórica en la que participa buena parte del pueblo y que se celebra cada varios años. Durante esos días aparecen estandartes, armaduras, caballos y un trasiego constante por la plaza y el castillo. No es algo anual, así que conviene mirar el calendario local si te interesa verla.
En verano el recinto del castillo suele acoger conciertos y actividades culturales aprovechando el espacio abierto de las murallas. Algunas noches, cuando baja el calor, la música se mezcla con el viento que sube desde el río.
También hay un mercado de aire medieval que se organiza algunos años a comienzos del verano. Si coincide con tu visita, notarás el cambio enseguida: más puestos en los soportales, olor a especias, a carne asándose en parrillas y gente vestida con ropa de otra época.
Lo que llega a la mesa
Aquí la cocina sigue bastante ligada a la montaña. El ternasco de Aragón aparece a menudo en las cartas, asado despacio hasta que la piel queda crujiente y la carne muy tierna. En otoño se ven platos más contundentes, con caza y setas de pinar que llegan de los montes cercanos.
Los ríos del entorno también dejan su rastro en la cocina. La trucha del Cinca suele prepararse de forma sencilla, a la plancha o al horno, a veces con algo de jamón. Es un plato que encaja bien después de un día caminando.
Entre los productos de la zona aparecen con frecuencia la miel oscura de brezo, algunos quesos de oveja y yogures artesanos que todavía se elaboran en pequeñas producciones del valle.
Caminos alrededor de Aínsa
Aínsa funciona como base para explorar buena parte del Sobrarbe. El Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido queda relativamente cerca, pero antes de subir hacia los grandes valles hay rutas más tranquilas.
Una opción es el paseo por las ermitas de Tella, un recorrido circular corto que enlaza varias iglesias románicas dispersas por la montaña. El sendero sube y baja suavemente entre bosque y praderas. No es largo, pero el terreno tiene piedra suelta en algunos tramos; lleva calzado con suela firme.
Quien busque algo más exigente suele mirar hacia la Peña Montañesa, esa gran referencia del paisaje desde Aínsa. Las rutas que suben hasta su cima acumulan bastante desnivel y requieren madrugar: la ladera sur recibe mucho sol a partir de media mañana.
Cuándo venir y qué tener en cuenta
La primavera y el principio del otoño son momentos tranquilos para caminar por aquí. En mayo el monte está muy verde y huele a romero; en octubre llegan los colores del bosque y las mañanas frescas.
Los meses centrales del verano concentran más movimiento. Si vienes entonces, sube al casco histórico temprano: antes de las once ya hay coches buscando aparcamiento abajo y tráfico constante por la cuesta.
Cuando llueve fuerte, las piedras de la plaza se vuelven resbaladizas y los senderos acumulan barro. No es buen día para caminar. Y en invierno, aunque el pueblo sigue habitado, baja mucho la actividad; el viento que baja del norte puede ser áspero.
Al caer la tarde, cuando el sol se esconde detrás de la sierra y la luz se vuelve dorada sobre la plaza, Aínsa recupera un ritmo más lento. Se oye el eco de pasos bajo los soportales, alguna conversación que sube por las calles estrechas y, al fondo, el valle oscureciéndose poco a poco. Ahí es cuando el lugar se entiende mejor. No hace falta más.