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sobre Aliaga
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A primera hora de la mañana, cuando el sol todavía tarda en superar las crestas que rodean el valle, el aire en Aliaga huele a tierra húmeda y a madera vieja. Algún coche pasa despacio por la carretera que bordea el pueblo y poco más. El turismo en Aliaga suele empezar así: con silencio, con las paredes de roca todavía en sombra y el sonido lejano del río moviéndose entre los barrancos.
El pueblo está a 1.105 metros de altitud, en pleno territorio de las Cuencas Mineras turolenses. El paisaje que lo rodea no es suave ni uniforme. Aquí la tierra aparece plegada, cortada en capas, con tonos rojizos, grises y ocres que cambian según la luz del día. No es algo que se vea de un vistazo rápido: hace falta parar el coche en alguna curva, mirar con calma y empezar a distinguir las formas.
El pueblo sobre la loma
El caserío se agrupa en una pequeña elevación. Desde la carretera ya se reconoce la torre de la iglesia de San Pedro, de ladrillo rojizo, que asoma entre los tejados y sirve de referencia cuando uno se acerca por las curvas de la A‑1702.
Dentro del casco urbano las calles son cortas y con pendiente. Casas de mampostería, portales oscuros, tejados de teja árabe algo irregulares. No es un pueblo grande y el recorrido se hace rápido, pero conviene caminar despacio. En algunas esquinas todavía se ven antiguos corrales o restos de bancales pegados a las viviendas, pequeñas pistas de cómo funcionaba la vida cotidiana cuando la agricultura y el ganado marcaban el ritmo del año.
A media tarde la luz entra lateral entre las casas y el tono del ladrillo se vuelve más intenso. Es uno de esos momentos en los que el pueblo parece detenerse unos minutos.
Un paisaje que se entiende mirando las rocas
Lo que realmente define Aliaga está alrededor. El valle está rodeado de cortados y barrancos donde las capas de roca aparecen dobladas como si alguien hubiese empujado la montaña desde abajo. Esa estructura forma parte del llamado Parque Geológico de Aliaga, aunque incluso sin conocer el nombre ya se percibe que el terreno aquí cuenta una historia larga.
Desde algunos puntos elevados cerca del pueblo se distingue bien el recorrido del río y cómo el valle se abre paso entre las paredes de piedra. Al amanecer y al atardecer, cuando la luz llega rasante, las sombras remarcan los pliegues del terreno y los colores se vuelven más contrastados: rojos más oscuros, grises azulados, manchas verdes donde aguantan los pinos.
Caminar por los alrededores
Desde el pueblo salen varios caminos que llevan hacia antiguas masías y zonas de monte bajo. Algunos tramos están señalizados, otros no tanto, así que conviene llevar mapa o el track descargado si se piensa caminar un rato largo.
Los senderos atraviesan barrancos, pequeños bosques de pino y zonas pedregosas donde el suelo cambia de color cada pocos metros. No es raro ver buitres leonados planeando muy alto, aprovechando las corrientes que suben desde el valle.
Primavera y comienzos de otoño suelen ser las épocas más agradables para recorrer la zona: temperaturas más suaves y algo más de movimiento en el campo. En verano el sol cae con fuerza a mediodía y apenas hay sombra en algunos tramos.
Lo que aún queda del calendario local
Las celebraciones del pueblo giran en torno a San Pedro, en junio, cuando suele haber actos religiosos y reuniones vecinales que llenan un poco las calles. En enero se mantiene la bendición de animales, una tradición ligada al pasado ganadero de la zona.
Durante el verano aparecen algunas actividades culturales pequeñas —charlas, exposiciones o conciertos modestos— que coinciden con el regreso de muchos vecinos que pasan el año fuera.
Llegar y cuándo conviene ir
Desde Teruel hay unos 75 kilómetros por la A‑1702. La carretera es de curvas y atraviesa un paisaje bastante montañoso, así que el trayecto se alarga más de lo que parece en el mapa. Conducir despacio ayuda también a disfrutar del paisaje, que cambia bastante a lo largo del recorrido.
En invierno el clima puede ser duro: viento, temperaturas bajas y días muy cortos. Si se va a caminar por los alrededores conviene llevar agua, calzado con buena suela y algo de abrigo incluso fuera de los meses fríos. Los senderos tienen tramos de piedra suelta y el terreno engaña.
Aliaga no gira alrededor de grandes monumentos ni de calles llenas de gente. Lo que queda es otra cosa: roca, silencio, barrancos abiertos y un pueblo pequeño que sigue ahí, encajado en el valle, mirando a un paisaje que se formó muchísimo antes de que existieran sus primeras casas.