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sobre Alacón
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A primera hora, cuando todavía queda humedad en las losas de la plaza, la piedra de la iglesia de San Miguel Arcángel tiene un tono gris oscuro que se va aclarando poco a poco con la luz. A esa hora apenas se oye nada: alguna puerta que se abre, pasos sobre el empedrado, el sonido seco de una persiana subiendo. El turismo en Alacón empieza casi siempre así, despacio, con el pueblo aún medio dormido.
La iglesia, levantada en el siglo XVI y retocada en épocas posteriores, domina la plaza mayor. No es grande; de hecho, el espacio frente a ella apenas supera unas decenas de metros. En el centro queda un pozo antiguo que ayuda a imaginar cómo se organizaba la vida aquí cuando el agua no llegaba a las casas. Alrededor, las calles se estrechan enseguida y empiezan a trepar por la ladera.
Un pueblo pequeño en la ladera
Alacón se asienta a unos 700 metros de altitud, en una zona de transición entre las sierras del Sistema Ibérico y las cuencas mineras del entorno. Desde fuera se ve como un grupo compacto de tejados rojizos apoyados sobre la pendiente. Las casas están hechas con mampostería irregular y mortero claro; algunas conservan marcas de antiguas reparaciones, capas de cal que asoman bajo el revoco más reciente.
Entre las calles aparecen balcones de hierro, portadas de piedra bastante sobrias y alguna puerta de madera gruesa, oscurecida por el tiempo. Si uno se fija, en varios patios interiores todavía sobreviven lavaderos y pequeñas fuentes que en su día fueron esenciales para el día a día.
El silencio es algo que llama la atención enseguida. Con poco más de doscientos habitantes censados, hay momentos —sobre todo entre semana— en que puedes cruzar medio pueblo sin encontrarte con nadie.
Pasear sin rumbo por el casco urbano
No hay un conjunto monumental que concentre todas las miradas. Aquí lo interesante suele estar en los detalles: una fachada donde la cal se ha ido desprendiendo dejando ver la piedra, un banco pegado a una pared soleada, o el eco de las campanas que resuena entre las calles estrechas.
La iglesia de San Miguel guarda en su interior varios retablos barrocos y elementos litúrgicos antiguos. El acceso depende de cuándo esté abierta o de si hay algún vecino que tenga las llaves, algo bastante habitual en pueblos pequeños.
Lo mejor es recorrer el casco urbano sin prisa. En diez o quince minutos se llega a casi cualquier punto, pero si vas despacio aparecen pequeñas cosas que pasan desapercibidas al primer vistazo.
El paisaje alrededor de Alacón
El entorno es seco, pedregoso y bastante abierto. Pinos, carrascas y matorral aromático crecen entre suelos calizos y laderas donde el viento suele soplar con fuerza. Desde algunos altos cercanos se distinguen barrancos y pequeñas sierras que dibujan un relieve irregular pero no especialmente elevado.
Salen varios caminos desde el pueblo. Algunos siguen antiguas veredas ganaderas que conectaban con localidades cercanas de la comarca. Son recorridos sencillos, aunque conviene llevar agua en meses cálidos: hay tramos largos sin sombra.
En primavera el monte huele a tomillo y a tierra húmeda tras las lluvias. En otoño el color cambia hacia tonos ocres y rojizos, sobre todo en los barrancos donde se acumula algo más de vegetación.
Si caminas temprano o al atardecer es más fácil ver movimiento: buitres aprovechando las corrientes térmicas, alguna rapaz cazando sobre los campos o rastros recientes de jabalí y corzo en los caminos menos transitados.
Comida de casa y productos del entorno
La cocina de la zona es la que corresponde a un territorio de interior: platos contundentes, pensados para jornadas largas de trabajo. Son habituales los guisos con legumbres, las carnes de caza menor cuando la temporada lo permite y los embutidos elaborados de forma tradicional en muchas casas.
En primavera aparecen espárragos silvestres y en otoño, si el año viene húmedo, no es raro que salgan setas en las zonas de pinar. Los huertos familiares siguen teniendo peso en la despensa local.
Fiestas y momentos en que el pueblo cambia
A finales de septiembre se celebra la festividad de San Miguel. Durante esos días el pueblo recupera movimiento: vuelven familias que viven fuera y las calles, normalmente tranquilas, se llenan más de lo habitual.
Algo parecido ocurre en agosto. Muchas casas que pasan buena parte del año cerradas se abren durante unas semanas, y las noches se alargan en la plaza o en las puertas de las casas, aprovechando el fresco.
Cómo llegar y cuándo acercarse
Desde Teruel capital hay alrededor de 70 kilómetros por carreteras comarcales que atraviesan zonas mineras y campos abiertos. El trayecto suele pasar por localidades como Alcorisa o Ariño antes de desviarse hacia Alacón.
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores. En verano el calor aprieta a partir del mediodía, y en invierno el viento puede hacer que la sensación térmica baje bastante.
Quien llegue hasta aquí encontrará un pueblo pequeño, sin grandes artificios, donde lo más interesante suele aparecer en los detalles: la textura de la piedra, el olor del monte después de llover o el silencio que queda cuando cae la tarde sobre los tejados.