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sobre Ejulve
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A las siete de la mañana, cuando el sol apenas asoma por detrás de las lomas, las calles de piedra de Ejulve están casi vacías. En la plaza se oye el eco de los pasos y, de vez en cuando, una puerta que se abre. El aire suele traer olor a leña y a tierra seca. A esa hora las fachadas de caliza todavía están frías y los balcones de hierro proyectan sombras largas sobre el suelo irregular.
Situado a algo más de 1.100 metros de altitud, en la parte alta de la comarca de Andorra‑Sierra de Arcos, este pequeño municipio turolense ronda hoy los 170 habitantes. La sensación al llegar es la de un pueblo que sigue su propio ritmo, con pocos ruidos y muchas horas de silencio, sobre todo fuera del verano.
Calles de piedra y casas adaptadas a la pendiente
El casco urbano se organiza en calles estrechas que suben y bajan siguiendo la forma del terreno. No hay un trazado recto: las casas se adaptan a la ladera y eso se nota al caminar, con pequeños escalones, curvas inesperadas y portales bajos.
La mayoría de las construcciones son de piedra, con puertas estrechas y balcones sencillos. En algunos dinteles aparecen escudos tallados o marcas antiguas apenas visibles bajo capas de cal. Si caminas despacio, es fácil encontrar detalles así: una argolla de hierro en la pared, una ventana diminuta, un patio interior que se adivina al fondo de un portal abierto.
En el centro del pueblo se levanta la iglesia parroquial dedicada a la Asunción. El edificio actual mezcla partes más antiguas con reformas posteriores; desde fuera se aprecia sobre todo la solidez de sus muros y una portada bastante sobria. Dentro suele haber silencio incluso cuando la puerta está abierta, y la luz entra tamizada por las ventanas altas.
Mirar alrededor: la sierra y los barrancos
Ejulve está rodeado de un paisaje áspero, de pinares dispersos, carrascas y lomas pedregosas. Desde los puntos más altos del pueblo se distingue bien la línea de la Sierra de Arcos y los barrancos que descienden hacia el valle del Guadalope.
En días despejados se ven rapaces aprovechando las corrientes de aire sobre los cortados. A media tarde, cuando el sol baja, las rocas toman tonos ocres y grisáceos y el viento suele levantarse con algo más de fuerza. No es raro oír solo eso: el viento pasando entre los pinos.
Caminos que salen del pueblo
Varios caminos parten directamente desde las últimas casas. Algunos siguen antiguos trazados ligados a la actividad minera de la zona y todavía conservan tramos empedrados o muros bajos de piedra.
Son recorridos sencillos en distancia pero algo irregulares. Hay señalización en ciertos puntos, aunque conviene llevar mapa o ruta preparada, porque algunos senderos se pierden entre pinares bajos y barrancos. En verano el sol aprieta en las zonas abiertas; si vas a caminar, mejor hacerlo temprano.
Lo que se come en las casas
La cocina de la zona es la que corresponde a un pueblo de interior y de invierno largo. En temporada de caza suelen aparecer guisos de jabalí o perdiz, y también platos de cordero o conejo hechos a fuego lento. Los embutidos curados siguen siendo habituales en muchas casas.
En repostería predominan dulces sencillos de horno: roscos, tortas o magdalenas. Nada especialmente elaborado, pero muy ligado a la vida cotidiana del pueblo.
Fiestas y momentos del año
El movimiento más visible llega en agosto, cuando se celebran las fiestas en torno a la Virgen de la Asunción. Durante esos días la plaza recupera actividad: vecinos que vuelven al pueblo, música por la noche y actos tradicionales que suelen mezclarse con actividades más recientes.
Fuera del verano, el calendario es mucho más tranquilo. Algunas romerías y celebraciones religiosas mantienen reuniones pequeñas, sobre todo entre la gente del propio pueblo.
Cómo llegar y cuándo venir
Para llegar desde Teruel lo habitual es tomar la A‑222 en dirección a Alcañiz y continuar después por carreteras comarcales hacia la zona de Andorra y la Sierra de Arcos. El último tramo ya discurre por carreteras más estrechas, con curvas suaves y bastante paisaje abierto.
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores. En invierno el frío se nota mucho al caer la tarde —la altitud se deja sentir— y en verano las horas centrales del día pueden ser muy secas.
Las calles del casco urbano tienen tramos irregulares y algo de pendiente, así que conviene llevar calzado cómodo. Y, si vienes a pasear al amanecer o al anochecer, una chaqueta nunca sobra: incluso en días claros el aire aquí arriba refresca rápido.