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sobre Ateca
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Las cigüeñas llegan primero que los turistas. Amanecen posadas en los nidos que han hecho en lo alto de la torre mudéjar, golpeando con las alas el aire seco del valle del Jalón. Desde aquí, el turismo en Ateca empieza casi siempre igual: con el pueblo todavía medio dormido y una luz baja que se cuela entre los tejados oscuros. Ateca se extiende tranquila entre huertas, campos de cereal y la carretera que cruza la comarca camino de Calatayud. El sol de primera hora entra de lado y las sombras de las casas se estiran hasta tocar el campanario, que lleva siglos mirando hacia el mismo horizonte.
La torre que aparece al doblar la esquina
La Torre del Reloj no se anuncia. Se la encuentra uno casi sin querer, al doblar una calle estrecha donde a veces huele a pan caliente y a leña de chimenea en invierno. No hay grandes paneles ni un acceso evidente: solo una placa algo gastada que recuerda que la torre se levantó sobre construcciones anteriores y que ha pasado por varias reparaciones a lo largo del tiempo.
El reloj sigue marcando las horas con un sonido metálico que rebota entre las casas. En un pueblo de este tamaño se oye desde bastante lejos, sobre todo cuando el aire está quieto.
A veces se puede subir si hay alguien encargado de abrir. Conviene preguntar en el entorno de la iglesia, porque no siempre está accesible. Desde arriba el paisaje se abre hacia el valle: tejados, huertos y, más allá, lomas suaves con olivos dispersos. En la distancia queda la zona de Alcocer, un paraje al que algunas crónicas antiguas sitúan vinculado al paso del Cid por estas tierras. Hoy el terreno es una vaguada tranquila donde el verde aguanta un poco más que en los campos de alrededor.
El olor de los hornos y la borraja en invierno
A media mañana el centro de Ateca cambia de ritmo. Las persianas se levantan, se oye arrastrar sillas por el suelo de los bares y en alguna puerta se escapa olor a masa horneándose.
Por San Blas es habitual ver rosquillas con anís y panes que pasan por la iglesia para ser bendecidos antes de repartirse entre vecinos y familiares. Es una de esas tradiciones que siguen vivas en muchos pueblos del valle del Jalón, aunque cada casa tiene su forma de hacerlas.
El resto del año la cocina tira de lo que da la tierra. La borraja aparece mucho cuando hace frío, guisada con patatas y ajo. El ternasco suele llegar asado o guisado lentamente, acompañado de vino de garnacha de la zona que se bebe sin ceremonia, en vasos pequeños o en porrón. Si el día se pone crudo, no es raro que salgan migas o alguna caldereta en las mesas largas.
No hay demasiadas vueltas: platos calientes, raciones generosas y conversación que se alarga.
La Máscara de Ateca, una fiesta que tarda en volver
Hay momentos en que el pueblo cambia de tono. El más conocido es la representación de la Máscara de Ateca, una danza tradicional que no se celebra todos los años y que puede pasar bastante tiempo sin verse.
Cuando toca, durante semanas se oye ensayar en el frontón o en alguna nave amplia: golpes de espadas, tamboril y pasos repetidos una y otra vez. Los participantes visten de blanco con faja roja y utilizan caretas y espadas que recuerdan a antiguas representaciones de luchas entre moros y cristianos.
El día de la función el ambiente se vuelve casi teatral. Familias enteras salen a la calle, se preparan comidas colectivas y el olor a cebolla frita y vino derramado se mezcla con el polvo que levantan los pasos sobre el suelo.
Caminar hacia el valle del Jalón
Salir a pie de Ateca es sencillo. Detrás de la zona deportiva arranca el Camino Natural del Jalón, que sigue el corredor del río en dirección a otros pueblos cercanos. El trazado es llano y fácil de seguir, entre campos abiertos, alguna acequia y vallas donde pastan ovejas.
En días de viento se oye el zumbido de los cables eléctricos y el roce seco de los arbustos. El paisaje es amplio, sin demasiada sombra, así que en verano conviene madrugar o caminar al caer la tarde.
En algún punto aparece una indicación hacia Alcocer y el llamado cerro de la Mora Encantada. El sendero sube poco a poco entre romero y tomillo hasta una loma sencilla, sin grandes restos visibles. Hay quien relaciona el lugar con episodios del Cid, aunque hoy lo que queda es sobre todo el silencio del campo y alguna cigüeña cruzando el cielo camino de los nidos del pueblo.
Cuándo ir: primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por el entorno del Jalón. En verano el calor aprieta pronto y muchas calles quedan casi vacías a mediodía. Los fines de semana de julio y agosto aumenta bastante el tráfico de coches que llegan desde Zaragoza y otras ciudades cercanas.