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sobre Maella
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El cardo todavía tiene rocío cuando las mujeres salen con los cuchillos de podar a los barrancos. Es enero, y los cardos de invierno —los que aquí se buscan— crecen entre las piedras de yeso, protegidos del viento del nordeste. Las hojas, blandas como felpa, se cortan de abajo arriba, sin prisa. En Maella, el cardo no es solo una planta: es un ingrediente que lleva generaciones entrando en las ollas de alubias y en las conversaciones de invierno.
Desde el castillo, la luz de las nueve de la mañana dora los olivos que se empinan hacia el valle del Matarraña. El pueblo respira lento. Los coches aparcados en la plaza Mayor todavía tienen la escarcha en el parabrisas. Un hombre abre el bar con pasos pesados, dejando la puerta entreabierta para que salga el olor a leña recién encendida.
El castillo sobre el casco antiguo
Subir al castillo es más fácil de lo que parece: basta seguir la calle de la Fuente y continuar por la cuesta empedrada que poco a poco se estrecha hasta parecer una escalera larga. Las piedras están gastadas en el centro, pulidas por siglos de suelas.
Arriba quedan varios tramos de muralla y cubos semicirculares que aún dibujan el perímetro de la fortaleza. Desde allí se ve el pueblo entero: los tejados rojizos, las huertas que siguen el curso del río y, más lejos, las lomas de olivo que se repiten como un patrón paciente.
El recinto suele estar abierto o, al menos, accesible sin demasiadas barreras. No hay taquilla ni carteles llamativos. A veces el viento se cuela entre los muros y hace un silbido fino que rebota en la piedra. Si subes temprano, solo escucharás eso y, de fondo, algún perro ladrando en el pueblo.
Conviene llevar calzado con suela firme: el empedrado resbala cuando ha llovido o si todavía queda escarcha de la mañana.
La Trapa entre pinos
A unos seis kilómetros del pueblo, una pista forestal se mete entre pinares de carrasca. El camino es ancho y bastante llevadero, aunque después de tormentas aparecen rodadas profundas y barro rojizo que se pega a las zapatillas.
El olor cambia en cuanto entras en el pinar: resina caliente, tierra húmeda, piñas abiertas bajo los pies. A ratos solo se oye el golpe seco de alguna rama movida por el viento o el grito áspero de un arrendajo.
De pronto el bosque se abre y aparece la ruina conocida como La Trapa. Quedan en pie varios muros altos de lo que fue un monasterio, sin tejado, con los huecos de las ventanas mirando al cielo. En una de las claves todavía se distingue el lirio de Calatrava tallado en la piedra.
El lugar tuvo vida monástica durante siglos y pasó por varias órdenes antes de quedar abandonado en el siglo XIX, cuando muchos monasterios de la zona se vaciaron. Hoy lo que queda es piedra desnuda, ortigas en primavera y un silencio bastante rotundo.
La vuelta se hace larga si vas con prisa. Mejor sentarse un rato en el lado donde el sol da de lleno en los muros y escuchar el pinar moverse alrededor.
Cardo, horno y mesa larga
En una de las panaderías del pueblo hay pocas mesas y el olor a masa fermentada se te queda en la ropa. La coca de cebolla sale fina y crujiente, con la cebolla muy hecha, casi oscura en los bordes, y alguna anchoa que se deshace en cuanto toca la lengua.
Algunos días también aparece el bolo, un embutido redondo y contundente, con ajo y pimentón. Se corta en rodajas gruesas y suele llegar a la mesa todavía templado.
La olla de cardo con legumbres es otro asunto más de invierno. Lleva cardos recién cortados del monte, algo de cerdo y caldo espeso que pide pan para no dejar ni rastro en el plato. Es comida lenta, de cuchara grande y conversación larga.
Cuándo conviene dejarse caer por Maella
A finales de invierno empiezan a verse los almendros en flor en las laderas que rodean el pueblo. No duran mucho: unas semanas de blanco y rosa pálido antes de que el viento se lleve los pétalos.
Alrededor de San Blas, a comienzos de febrero, todavía se mantiene la costumbre de llevar panes a bendecir. Luego se guardan en casa durante meses, como quien deja un pequeño seguro contra los males del año.
En primavera suele celebrarse la romería hacia la ermita de la Virgen de la Fuente. La carretera se llena de gente caminando despacio, con neveras pequeñas, guitarras y sillas plegables.
Agosto cambia el ritmo: llegan familiares que viven fuera, el pueblo se llena y las noches se alargan más de lo habitual. Si buscas la Maella tranquila, con las calles sonando solo a pasos y algún tractor madrugador, los meses de primavera suelen ser mejor momento. Entonces el aire todavía es fresco por la mañana y los olivares tienen ese verde mate que solo dura unas semanas.