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sobre Alcañiz
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Las campanas de la colegiata marcan las ocho cuando el sol empieza a asomar por detrás del castillo. La luz cae sobre las tejas de vuelo y las fachadas de yeso del casco viejo, todavía frías de la noche. Desde lo alto del cerro se ve el Bajo Aragón extendido en filas de olivos que parecen plateados a primera hora. A esa hora el aire suele oler a pan reciente que sube desde la plaza. A veces, si el viento viene del sur, también llega un rumor de motores desde el circuito de MotorLand, a las afueras del pueblo.
El tiempo que se quedó a medias
Alcañiz tiene capas. Bajo las calles actuales hubo medina musulmana, y más tarde llegaron las murallas cristianas y la presencia de la orden de Calatrava. Pero más que las fechas, lo que llama la atención es cómo se leen esas capas en la piedra.
La torre de la colegiata de Santa María la Mayor lo explica bien. La base gótica es oscura y compacta; más arriba la piedra cambia ligeramente de tono, como si la obra hubiera quedado interrumpida y retomada tiempo después. Desde lo alto el sonido de las campanas se abre sobre la Plaza de España, una plaza porticada donde conviven arcos góticos con fachadas renacentistas. Por la tarde la luz entra de lado y resalta las vetas de la piedra.
Bajar por la cuesta del castillo es caminar despacio. El pavimento resbala un poco cuando ha llovido y las calles se estrechan hasta convertirse en pasadizos entre muros gruesos. Bajo algunas casas se conservan galerías subterráneas que pueden visitarse con guía. Huelen a tierra húmeda y a cal. En uno de esos espacios también se conserva un refugio de la Guerra Civil; las paredes aún guardan marcas y numeraciones pintadas a mano para organizar a la gente cuando sonaban las sirenas. En la plaza, un pequeño memorial recuerda el bombardeo que sufrió la ciudad en 1938.
Aceite, ternasco y el olor a rosquilla del lunes
Al mediodía el barrio bajo cambia de ritmo. Se abre alguna ventana, se oyen platos en las cocinas y el olor a leña aparece en varias calles a la vez. El ternasco es una presencia habitual en las cartas de la zona y suele cocinarse despacio, con la piel tostada y la carne muy tierna.
En las panaderías del casco antiguo todavía preparan dulces ligados al calendario. Para San Blas es fácil ver panes dulces con un huevo cocido incrustado en la masa. En Pascua mucha gente se acerca a por la rosqueta, grande, esponjosa y con aroma claro a aceite de oliva.
En las mesas de casa y en muchos bares aparece también el mojete: tomate, cebolla y atún picados muy finos, casi como una ensalada convertida en salsa. Se come con pan tostado y suele desaparecer rápido.
Los vinos del Bajo Aragón suelen servirse en porrón, algo que aquí sigue siendo bastante normal. Al atardecer, cuando el sol baja por la calle Mayor y obliga a entrecerrar los ojos, el ambiente se vuelve más lento y se oyen conversaciones que rebotan entre los soportales.
Cuando el ruido de motores reemplaza al canto de la cigarra
A pocos minutos del centro, el paisaje de olivos se abre de golpe y aparece el asfalto del circuito de MotorLand Aragón. Los días de competición el ruido llega hasta el casco urbano como un zumbido continuo que va y viene según el viento.
Durante esos fines de semana la población se multiplica y el ambiente cambia bastante: más tráfico, más gente caminando con camisetas de equipos y motos aparcadas en cualquier hueco. Si se busca un Alcañiz tranquilo, conviene evitar esas fechas. En cambio, entre semana es frecuente que haya tandas o entrenamientos y se pueda ver el circuito con mucha más calma.
Calendario de una ciudad que celebra lo suyo
A comienzos de septiembre llegan las fiestas mayores, dedicadas a la Virgen de las Nieves. Por la noche la Plaza de España se llena y las calles cercanas mantienen movimiento hasta tarde.
Otra fecha muy marcada en el calendario local es el jueves de Lardero. Antiguamente los maestros daban longaniza a los alumnos ese día, y la costumbre sigue viva de una forma u otra: embutidos, puestos en la calle y mucha gente saliendo a comprar.
La Semana Santa también tiene peso aquí. Las procesiones salen temprano y el sonido de los tambores se mezcla con el eco que dejan las calles estrechas del casco antiguo. A primera hora de la mañana, con algo de niebla sobre el Guadalope, el ambiente se vuelve muy silencioso.
Cómo llegar y cuándo escapar
Alcañiz queda a algo más de dos horas en coche desde Zaragoza y bastante cerca de la costa de Tarragona. Es una base razonable para moverse por el Bajo Aragón.
La primavera suele ser el momento más agradecido: el valle del Guadalope se ve verde y algunos cerezos florecen en las huertas cercanas. En los alrededores hay senderos cortos que llevan hasta abrigos con arte rupestre, como el de Val del Charco del Agua Amarga, protegido y con acceso controlado para conservar las pinturas.
El verano puede ser duro. En agosto el calor se queda pegado a las paredes del casco viejo y las cuestas se hacen largas a partir del mediodía. Si vienes en esos meses, compensa madrugar y dejar los paseos largos para última hora de la tarde.
Al caer el sol merece la pena subir al castillo. Desde la pasarela que rodea la torre del homenaje el paisaje del Bajo Aragón se vuelve gris plateado por el reflejo de los olivos. Abajo, el Guadalope dibuja un giro tranquilo alrededor de la ciudad y las primeras luces empiezan a encenderse en las calles. Durante unos minutos todo queda bastante quieto, salvo alguna campana tardía o el eco lejano de un motor en la carretera.