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sobre Alcorisa
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A las seis de la tarde, la luz de febrero cae rasante sobre la plaza de San Sebastián y los roscones de San Blas aún tibios dejan un olor dulce en el aire, mezclado con el humo de las hogueras. Las bandejas cruzan la plaza de mano en mano mientras la gente se saluda con calma, sin prisa. Los abrigos negros, el sonido de las campanas y el crujido de la leña encendida marcan el ritmo. En Alcorisa, todavía hay días que se miden más por lo que pasa en la plaza que por lo que marca el reloj.
Un pueblo que acabó gobernándose a sí mismo
Alcorisa aparece en documentos medievales varios siglos después de la conquista cristiana de la zona. Durante mucho tiempo dependió de Alcañiz y del territorio controlado por la Orden de Calatrava. La separación administrativa llegó ya entrado el siglo XVII, cuando la localidad obtuvo su propio título de villa por concesión real. Ese momento todavía se recuerda cada verano: el documento se vuelve a leer en público durante las fiestas de agosto.
Hay otro rastro antiguo que sigue marcando el paisaje: el Vía Crucis que sube al Calvario. Se trazó a comienzos del siglo XVII y las estaciones aún se reconocen por pequeños mojones de piedra entre olivos. La subida no es larga, pero tiene pendiente constante; caminando sin prisa se tarda algo menos de una hora desde el centro.
Arriba cambia el aire. El pueblo queda a los pies del cerro y destaca el campanario de Santa María la Mayor, de ladrillo y cerámica vidriada, levantado en el siglo XVIII. Cuando el viento baja desde la sierra se oye el sonido de las campanas extendiéndose por el valle del Guadalopillo, que serpentea entre chopos antes de perderse hacia Alcañiz.
Un cerro ibérico y una vía de tren que se quedó a medias
En los años setenta, durante unas obras en el pueblo, apareció una gran vasija ibérica —un kalathos de tamaño poco común— que hoy se conserva fuera de la localidad. El hallazgo puso el foco en el cercano Cabezo de la Guardia, un pequeño cerro a poca distancia de la carretera nacional.
El lugar no está muy acondicionado. Hay un cartel, algunos restos visibles y un sendero de tierra que sube entre tomillos y romero. En días secos el suelo se vuelve polvoriento y el olor de las plantas aromáticas se nota enseguida cuando el sol aprieta.
Por esa misma zona pasa otro vestigio curioso: el trazado de un ferrocarril que nunca llegó a funcionar. El proyecto se inició en el primer tercio del siglo XX y quedó abandonado antes de completarse. Hoy quedan algunos puentes de ladrillo, taludes y tramos rectos que muchos vecinos usan para caminar o pedalear. Conviene llevar agua si se recorre el tramo largo: no suele haber fuentes en el camino.
En las laderas del Calvario a veces aparecen cabras montesas. Se mueven en grupo y mantienen distancia, pero si te quedas quieto un rato es fácil verlas recortar su silueta contra la piedra clara del cerro.
Un calendario que se reconoce por el olor
Hay épocas del año en que Alcorisa se reconoce antes por el olor que por el sonido.
En enero, durante San Sebastián, las hogueras ocupan la plaza y varias calles cercanas. La leña arde despacio y el humo se queda bajo cuando el aire está quieto. Algunas personas saltan las brasas cuando el fuego empieza a caer.
A principios de febrero llega San Blas. Los roscones se bendicen en la iglesia y luego circulan de mano en mano por el pueblo. Es un día de saludos largos en la calle, con el frío todavía pegado a las paredes.
Poco después, en Santa Águeda, son las mujeres quienes llevan el peso de la celebración. Tocan las campanas, encabezan los actos y reparten el pan bendito.
Y en Semana Santa el ambiente cambia por completo. Los tambores y bombos resuenan en todo el casco urbano; no es un sonido limpio, sino un temblor constante que rebota en las fachadas de ladrillo y se siente en el pecho cuando pasa una cuadrilla.
Si se busca un momento más tranquilo, mayo suele ser buena época. El valle está verde, el parque fluvial junto al Guadalopillo se llena de bicicletas infantiles y por la tarde el aire trae olor a hierba húmeda desde la ribera.
Cuándo ir y qué conviene tener en cuenta
La primavera suele ser el momento más agradecido para caminar por los alrededores. Los almendros florecen en los campos cercanos y las temperaturas permiten subir al Calvario sin que el sol pese demasiado.
En la parte alta del pueblo hay calles empedradas con bastante pendiente. Cuando ha llovido resbalan, así que conviene llevar calzado con suela firme.
En agosto, durante las fiestas de la Villa, el centro se llena y aparcar dentro del casco urbano se vuelve complicado. Lo más sencillo es dejar el coche en las entradas del pueblo y moverse andando.
Y si te encuentras una procesión o un grupo de tambores, lo habitual aquí es apartarse un momento y dejar pasar. No es un espectáculo montado para quien llega de fuera: es algo que sigue perteneciendo a quienes viven aquí.