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sobre Calanda
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A las doce del mediodía del Viernes Santo, Calanda deja de ser un pueblo pequeño del Bajo Aragón. Dos mil tambores despiertan a la vez y el aire se vuelve casi sólido. No es música: es un latido colectivo que se mete en las costillas y empuja el pecho desde dentro. Las ventanas tiemblan con cada golpe grave. Los perros ladran al cielo sin entender qué ocurre. Y durante exactamente una hora, el silencio queda desterrado de las calles.
Después, cuando los últimos golpes se apagan despacio como un incendio que se consume, el pueblo huele a cuero mojado y resina. Las calles quedan cubiertas de pequeñas virutas de madera de los tambores, como si durante un rato hubiera nevado serrín.
La hora que no pasa
La Rompida de la Hora no funciona como un espectáculo pensado para mirarse desde fuera. Es más bien un pacto antiguo entre quienes viven aquí y quienes vuelven cada año. Nadie recuerda con precisión cuándo empezó todo esto, pero casi todos saben que hay que estar ahí cuando llega el momento. A las 11:50 los balcones empiezan a llenarse de gente. A las 11:55 los tamborileros se colocan en la Plaza Mayor, bajo el reloj de la torre de la iglesia.
El reloj marca las doce y algo estalla dentro del pueblo. No hay director de orquesta ni nadie que marque el compás general. Cada persona golpea el tambor a su manera, con su propio ritmo aprendido en casa. Aun así, lo que se escucha termina siendo una sola vibración continua que parece salir del suelo y subir por las paredes de piedra.
Si vienes ese día, lleva tapones para los oídos dentro del bolsillo. No tanto por el ruido como por la presión que sientes en el pecho al cabo de unos minutos. Y no preguntes demasiado por qué lo hacen. La respuesta suele ser corta y siempre parecida: “Es lo que toca”.
El olor de los melocotones que no ves
Fuera de Semana Santa, Calanda cambia completamente de ritmo y de sonido. En abril, cuando los campos de alfalfa están verdes y altos alrededor del pueblo, el aire trae un fondo dulce que no es azúcar ni miel. Es el perfume de los melocotones de Calanda, esos que maduran en verano pero anuncian su presencia bastante antes. Los árboles, podados en forma de copa abierta, forman un bosque bajo que se extiende hacia las huertas del entorno. Si te acercas verás que muchos troncos están pintados con cal blanca. Desde lejos parecen cebras quietas entre la tierra seca.
En la Plaza Mayor está la casa donde nació Luis Buñuel. La fachada pasa bastante desapercibida si no sabes lo que buscas. Tiene dos balcones sencillos, una puerta verde y una placa de bronce discreta junto al marco. Dentro funciona el Centro Buñuel, donde se guardan fotografías, cartas y algunos objetos personales. Pero hay un detalle que llama más la atención que las vitrinas. En el patio interior queda un pozo antiguo de piedra. Es fácil imaginar al niño mirando el cielo reflejado en el agua oscura.
Las ermitas que quedan fuera de la carretera
Desde la carretera, Calanda parece completamente plana y sin relieves. Cuando entras caminando descubres que el pueblo se apoya en un cerro suave que cae hacia el sur. Si bajas despacio por la Cuesta de San Roque llegas a la primera ermita. San Roque es pequeña, de ladrillo rojizo gastado por el viento. Encima del tejado hay una cruz de hierro que se inclina ligeramente, como un árbol viejo que lleva años soportando cierzo.
Desde aquí empieza lo que muchos llaman la ruta de las ermitas. Aparecen, separadas por campos y senderos, Santa Bárbara, el Humilladero, la Virgen del Campo, Santa Águeda o San Blas. Algunas están abiertas en días señalados. Otras permanecen cerradas casi todo el año y se visitan por fuera. El paseo ronda unos tres kilómetros si haces el recorrido tranquilo y con paradas.
Conviene llevar agua porque en el camino no siempre hay fuentes disponibles. En verano merece la pena empezar temprano, antes de que el sol caiga de lleno sobre la piedra clara del terreno.
El convento que se fue cayendo solo
A varios kilómetros del núcleo del pueblo, siguiendo caminos agrícolas que salen por detrás del cementerio, aparecen las ruinas del llamado Convento del Desierto. Los carmelitas lo abandonaron en el siglo XIX y desde entonces el edificio se fue deteriorando poco a poco. Con el paso de los años se quedó sin tejado y las lluvias terminaron abriendo grietas en los muros.
Hoy lo que queda es un esqueleto de piedra clara entre pinos y matorral bajo. Si llegas al mediodía escucharás sobre todo insectos y el zumbido constante de las abejas. Al final de la tarde la luz entra de lado por las ventanas vacías. Las sombras de los huecos se proyectan sobre el suelo y forman figuras que cambian a medida que cae el sol.
El camino no siempre está bien marcado y conviene preguntar antes en el pueblo por la mejor ruta del momento. Después de lluvias fuertes algunos tramos de tierra se vuelven incómodos.
Lo que se come cuando no hay tambores
Fuera de fiestas grandes, Calanda come despacio y sin demasiadas ceremonias. El ternasco aparece a menudo en las mesas de domingo. Suele servirse con patatas fritas en aceite de oliva y una ensalada sencilla de lechuga y tomate. La carne llega rosada al plato y se separa con facilidad del hueso.
Las migas del pastor siguen apareciendo en desayunos largos de fin de semana. Se hacen con pan del día anterior, algo de longaniza y, cuando toca temporada, uvas frescas que estallan al morderlas. En verano aparecen los bajoques rellenos. Son pimientos rojos asados con relleno de carne y huevo duro, cubiertos después con tomate.
Agosto cambia bastante el ambiente del pueblo. Llegan más coches, más ruido y las terrazas se llenan al caer la tarde. Mayo suele ser más tranquilo. Los campos alrededor están verdes y el sonido dominante vuelve a ser el viento.
Cómo llegar y cómo perderse
Calanda queda a menos de una hora larga de Zaragoza en coche. La entrada más habitual lleva hasta una rotonda amplia en el acceso al pueblo. Muchos conductores dejan el coche allí mismo y siguen caminando hacia el centro.
A partir de ese punto conviene moverse despacio. Las calles no son complicadas, pero casi todas terminan saliendo al campo o a alguna pequeña ermita. El pueblo se entiende mejor caminando sin rumbo fijo, escuchando conversaciones en las puertas o el eco de un tambor ensayando en algún garaje.
Y si un vecino mayor se para a contarte cómo su abuelo tocaba el tambor hace muchas décadas, merece la pena quedarse un rato. Tal vez los detalles cambien según quién lo cuente. El sonido del tambor, en cambio, siempre vuelve al mismo sitio.