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sobre Foz-Calanda
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A primera hora, cuando todavía no pasa casi ningún coche, la calle Mayor de Foz-Calanda huele a tierra húmeda y a leña vieja. Las persianas metálicas siguen bajadas y el sonido más claro suele ser el de alguna puerta que se abre con calma. La luz entra rasante entre las casas de ladrillo y piedra, muchas con portales en arco y balcones de hierro que han ido oxidándose con los inviernos. Aquí la mañana empieza despacio y casi siempre mirando al campo.
Foz-Calanda, en la comarca del Bajo Aragón, es uno de esos núcleos pequeños que aparecen entre olivares cuando la carretera se estrecha y deja de haber tráfico. Apenas supera los doscientos habitantes y el pueblo se recoge en unas pocas calles compactas, sin grandes rodeos. La arquitectura es la que se repite por buena parte del interior turolense: fachadas sobrias, ladrillo mezclado con piedra y portadas amplias pensadas para guardar aperos o dejar entrar el carro en otros tiempos.
La iglesia y el perfil del pueblo
La iglesia parroquial de San Pedro Apóstol sobresale ligeramente sobre los tejados. No es un edificio monumental, pero su torre se reconoce enseguida desde los caminos que rodean el pueblo. Está construida con mampostería y ladrillo, y dentro todavía se conserva un retablo barroco que se restauró hace relativamente poco, según cuentan los vecinos.
Desde los alrededores se entiende bien la escala del lugar: un puñado de calles, la torre marcando el centro y alrededor un mar de olivos y almendros que cambia de color según la estación.
Olivos, almendros y campos de secano
El paisaje que rodea Foz-Calanda es agrícola sin demasiados adornos. Bancales de piedra seca sujetan las laderas más suaves y los caminos de tierra conectan unas parcelas con otras. El olivo manda aquí. La recogida suele empezar a finales de otoño y durante esas semanas es fácil ver remolques cargados o redes extendidas bajo los árboles.
A finales de invierno el paisaje cambia por completo. Los almendros florecen antes que casi nada en el campo y aparecen manchas blancas y rosadas entre la tierra oscura del secano. Dura poco, a veces apenas unos días si llega viento.
Pasear por los caminos del entorno
Dentro del pueblo todo se recorre en pocos minutos. Las calles principales no suman demasiado más de medio kilómetro, así que la caminata interesante empieza en cuanto se sale hacia los caminos agrícolas.
Hay pistas de tierra que suben suavemente hacia pequeñas lomas desde donde se ve buena parte de la comarca. No son rutas de montaña ni senderos complicados: más bien caminos de trabajo que también sirven para caminar un rato entre olivos viejos y campos de cereal. Con coche se puede aparcar sin problema en las entradas del pueblo y empezar a andar desde allí.
En verano conviene madrugar. El sol cae fuerte en esta zona y hay muy poca sombra fuera de los árboles.
El ritmo del año en un pueblo agrícola
La vida del pueblo sigue bastante ligada al calendario del campo. En otoño la aceituna trae más movimiento del habitual: remolques, sacos, gente entrando y saliendo de las fincas. En invierno el silencio vuelve pronto.
Durante la Semana Santa, como en muchos pueblos del Bajo Aragón, las procesiones tienen su peso y se viven con bastante recogimiento. Y en verano suelen celebrarse las fiestas patronales, con verbenas en la plaza y reuniones que hacen que el pueblo, por unos días, tenga más voces de lo habitual.
Cuándo acercarse y cómo llegar
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradecidos para pasar por Foz-Calanda. En primavera por la floración de los almendros y los primeros verdes del cereal; en otoño por el movimiento de la cosecha y la luz más baja sobre los olivares.
Desde Teruel capital el trayecto por carretera ronda las dos horas largas, dependiendo de la ruta elegida y del ritmo al volante. Las carreteras finales son secundarias y atraviesan un paisaje muy abierto, así que conviene calcular bien gasolina y provisiones antes de desviarse hacia los pueblos pequeños de la zona.
Al caer la tarde, cuando el viento mueve apenas las hojas plateadas de los olivos y el pueblo queda casi en silencio, Foz-Calanda se entiende mejor: un lugar pequeño, ligado a la tierra, donde el tiempo pasa con la misma calma que los trabajos del campo.