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sobre Molinos
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A las nueve de la mañana el sonido que manda en Molinos no es el de los coches, sino el de los cencerros que se mueven despacio por las laderas cercanas. En las calles estrechas apenas corre el aire y las fachadas de piedra todavía guardan el fresco de la noche. Molinos, en el Bajo Aragón turolense, tiene poco más de doscientos habitantes y está a unos 800 metros de altura. El pueblo sigue siendo compacto, pegado a la pendiente del terreno, con pocas concesiones a lo reciente.
Al llegar, lo primero que se ve es ese conjunto de casas de piedra apoyadas unas sobre otras, como si hubieran ido creciendo al ritmo de la cuesta. Las calles son cortas, con recodos y pequeños desniveles. Aquí se camina despacio casi sin darse cuenta.
La inclusión del pueblo en la asociación de Los Pueblos Más Bonitos de España ha traído más movimiento, sobre todo fines de semana y puentes. Entre semana la cosa cambia bastante: el pueblo vuelve a su ritmo habitual y se oyen más los pasos que las conversaciones. Si vienes en coche, lo más práctico suele ser dejarlo en la parte baja y subir andando; el casco antiguo tiene calles estrechas donde maniobrar no siempre es sencillo.
El silencio se rompe a ratos con ganado en los alrededores o con alguna puerta que se abre en la plaza. No es un lugar de actividad constante. Se viene más bien a caminar sin prisa y a mirar con calma las piedras, que aquí cuentan bastante del pasado del pueblo.
Miradas sobre su pasado y sus piedras
En lo alto de un promontorio rocoso quedan restos del antiguo castillo medieval. No es un conjunto restaurado ni preparado como recinto visitable al uso; son más bien vestigios que ayudan a entender por qué el pueblo se levantó justo aquí, vigilando el valle del Guadalope y los pasos naturales de la zona.
En el centro del casco urbano aparece la iglesia de la Purísima Concepción, con una torre robusta que sobresale entre los tejados. El edificio actual se reformó en el siglo XVII sobre estructuras anteriores. Desde algunos puntos del pueblo se ve la torre alineada con las crestas de la sierra, una imagen bastante habitual cuando cae la tarde.
El paseo por el núcleo histórico es corto en distancia pero tiene detalles que merecen detenerse: la Plaza Mayor con soportales, varias casas de los siglos XVI y XVII y algunos escudos tallados en piedra en las fachadas. No están señalizados de forma exhaustiva; hay que ir fijándose mientras se camina.
Cerca del río se conserva el antiguo molino harinero, junto a fuentes y lavaderos de piedra. Allí se entiende bien cómo funcionaba la vida cotidiana hace unas décadas: agua corriendo, ropa aclarada en los pilones y el grano transformándose en harina.
Las Grutas de Cristal, bajo la sierra
A unos pocos kilómetros del casco urbano se encuentran las Grutas de Cristal, una cavidad conocida por sus formaciones de estalactitas y estalagmitas. El acceso está organizado mediante visitas guiadas y conviene comprobar horarios con antelación, porque no siempre hay pases continuos durante todo el día.
Dentro la temperatura baja varios grados respecto al exterior, algo que se agradece en verano. El recorrido no es especialmente largo, pero permite ver salas con columnas de calcita y paredes donde la humedad mantiene ese brillo casi translúcido que da nombre a la cueva.
Caminos alrededor del pueblo
Los alrededores de Molinos tienen senderos sencillos que se mueven entre pinares, campos de cultivo y laderas de roca clara. No son rutas largas, pero sí con cuestas que se hacen notar.
En el territorio aparecen varias ermitas dispersas. La ermita de la Virgen de la Soledad, situada en un alto cercano, tiene buenas vistas del valle y del perfil del pueblo. Desde allí se entiende mejor cómo las casas se adaptan a la pendiente.
Quien tenga interés por caminar algo más puede explorar pistas rurales que conectan con otros pueblos del Maestrazgo y del Bajo Aragón histórico. Conviene llevar agua y mirar bien el mapa antes de salir: las distancias engañan y en verano el sol cae fuerte a partir del mediodía.
Para fotografía, Molinos funciona bien en dos momentos: primera hora de la mañana y última luz de la tarde. La piedra caliza de muchas fachadas toma un tono dorado suave y las sombras marcan relieves que durante el día pasan desapercibidos.
Calendario del pueblo
En invierno se mantiene la celebración de San Antonio Abad, con hogueras y bendición de animales, una tradición bastante extendida en los pueblos de la zona.
En agosto llega la fiesta mayor dedicada a la Virgen de la Asunción. Durante esos días el pueblo cambia por completo: vuelven vecinos que viven fuera y las calles tienen más movimiento de lo habitual.
La Semana Santa se vive de manera sencilla, con actos religiosos en el casco antiguo. Y en otoño todavía se mantienen costumbres ligadas a la matanza del cerdo y a la preparación de embutidos, algo que durante generaciones ha marcado el calendario doméstico en muchos pueblos del interior de Teruel.
Molinos no es un lugar de grandes planes. Funciona mejor cuando uno se deja llevar por el ritmo del pueblo: caminar un rato, sentarse en la plaza, mirar las sierras que rodean el valle y esperar a que la luz cambie sobre la piedra. Aquí el tiempo suele ir un poco más despacio.