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sobre Mequinenza
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Mequinenza empieza por el agua. Aparcas cerca del castillo y el embalse te queda delante. Más de mil hectómetros cúbicos retenidos donde antes corría el Ebro. El viejo Mequinenza sigue ahí abajo, bajo el agua. Jesús Moncada lo contó en Camino de Sirga: un pueblo que tuvo que mudarse cuesta arriba cuando llegaron la presa y las máquinas.
El agua que lo cambió todo
El embalse empezó a levantarse a finales de los años cincuenta y se terminó a mediados de los sesenta. La empresa eléctrica pagó las casas nuevas y el pueblo se trasladó ladera arriba. Del antiguo quedó el castillo. Era una ruina gótica y los ingenieros lo adaptaron para trabajar allí durante las obras.
Ahora funciona como espacio expositivo y mirador sobre el embalse. Desde arriba la lámina de agua se abre mucho, más de lo que uno espera en el valle del Ebro. También se nota otra cosa: aquí manda la pesca. El siluro y el black‑bass atrajeron a mucha gente desde hace décadas. Hay temporadas en que el pueblo se llena de pescadores con barca y poco más.
Subir y bajar
Mequinenza se camina en pendiente. Calles cortas, cuestas continuas. Todo baja hacia el puerto deportivo o sube hacia el castillo.
El Palacio de Montcada queda a media ladera. Es un edificio grande de sillería, del siglo XVII. Lo rehabilitaron en los años ochenta y hoy acoge biblioteca y salas culturales. No es un palacio monumental, pero el interior se usa y se nota.
La iglesia actual está arriba del todo, en la zona nueva del pueblo. La antigua quedó bajo el embalse. Cuando el nivel baja mucho, a veces se dice que aparecen restos del antiguo trazado del pueblo, aunque no siempre se distinguen bien.
Si sigues el GR‑99, el Camino Natural del Ebro, verás paneles que sitúan lugares del antiguo Mequinenza: el puerto de sirga, algunas casas, tabernas que ya no existen. Todo eso está bajo el agua y el barro del fondo.
Cuándo venir
En invierno y a principios de primavera el pueblo está tranquilo. En febrero suelen florecer los almendros de los alrededores y el paisaje cambia bastante.
Por esas fechas se celebran San Blas y Santa Águeda. Es una fiesta muy arraigada aquí. Durante años mantuvieron la costumbre de disfrazarse incluso cuando no estaba bien visto hacerlo. Hoy siguen saliendo a la calle con pelucas, vestidos y bastante sentido del humor.
También se recuerda mucho la tradición minera. Santa Bárbara sigue siendo referencia para la gente que trabajó en las minas de carbón de la zona. El carbón prácticamente desapareció de la economía local, pero la memoria sigue muy presente.
Lo que no te dicen los folletos
El embalse es enorme, pero no esperes playas naturales. Muchas orillas son de piedra o cemento. Si entras al agua, mejor con calzado; hay algas y cantos cortantes.
La observación de aves funciona, sobre todo por la mañana temprano. En zonas como la llamada Isla de las Garzas suelen verse cormoranes y otras especies del río. A mediodía el ruido de motores y motos de agua lo cambia todo.
En los restaurantes del pueblo es habitual encontrar pescado de río y ternasco. El siluro aparece bastante en las cartas, aunque su sabor es suave. Conviene preguntar de dónde viene el pescado; no siempre procede del propio embalse.
Consejo directo: deja el coche arriba y muévete andando. Sube al castillo a primera hora. Más tarde llegan excursiones organizadas y el mirador se llena rápido. Y si llueve, cuidado con las cuestas: el pavimento resbala bastante.