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sobre Borau
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Hay pueblos que parecen diseñados para una postal. Y luego están los que simplemente siguen viviendo a su ritmo, aunque nadie esté mirando. El turismo en Borau va más por ahí. Llegas, aparcas, caminas dos calles… y te das cuenta de que aquí no hay nada preparado para impresionar. Y, curiosamente, eso es justo lo que lo hace interesante.
Borau está en La Jacetania, en el valle del río Estarrún, a algo más de una hora larga desde Huesca si el tráfico acompaña. Viven aquí muy pocos vecinos, no llega al centenar. Las casas son de piedra, con tejados oscuros y chimeneas anchas. El pueblo se apoya entre prados y bosque, con el Pirineo cada vez más cerca según levantas la vista.
No es un lugar de grandes monumentos. Es más bien de fijarse en los detalles.
Qué es Borau en realidad
Borau funciona como esos pueblos de montaña donde todo gira alrededor del valle. El río abajo, los prados alrededor y el monte cerrando el horizonte. Durante siglos la vida aquí fue ganadera. Eso se nota en seguida.
Muchas casas todavía conservan puertas grandes donde antes entraban los animales o el carro con la hierba. Algunos muros siguen siendo los de antiguos corrales o pajares. Nada se hizo pensando en turistas, claro. Se construía para trabajar y para aguantar el invierno.
En medio del pueblo aparece la iglesia de San Pedro. Es sencilla, de esas que parecen llevar siglos viendo pasar estaciones sin demasiada prisa. Conserva algunos detalles románicos en la portada y el campanario. No es un edificio espectacular, pero ayuda a entender la edad del lugar.
Pasear por el casco
El casco de Borau se recorre rápido. En media hora lo tienes visto. Pero conviene caminar despacio.
Hay galerías cerradas en algunas fachadas, chimeneas robustas y patios donde todavía se apilan leña o herramientas. Da la sensación de que cada metro del pueblo tuvo alguna función concreta.
A mí me recordó a esos pueblos donde el silencio no es algo buscado, simplemente es lo normal. Oyes algún coche de vez en cuando, un perro, quizá el viento bajando del monte.
Caminos que salen del pueblo
Donde Borau gana fuerza es cuando sales a caminar.
Del pueblo parten varios senderos que se meten en el valle del Estarrún. Algunos siguen el río y atraviesan zonas de bosque bastante cerradas. Otros suben poco a poco hacia pastos más abiertos y collados que durante años usaron los ganaderos para mover el ganado.
No todos los caminos están igual de claros todo el año. Después de lluvias o en invierno algunos tramos cambian bastante. Conviene informarse antes o llevar mapa.
En primavera el valle se llena de flores silvestres. Y si caminas temprano, de esos días en los que todavía hay humedad en la hierba, no sería raro ver corzos moviéndose por el borde del bosque. También se ven rapaces planeando sobre el valle cuando el aire empieza a calentarse.
Fiestas y vida del pueblo
El calendario del pueblo sigue bastante ligado a las tradiciones locales. La referencia principal suelen ser las fiestas de San Pedro, que se celebran en verano, aunque las fechas concretas cambian según el año.
Durante esos días el pueblo se llena más de lo habitual. Vuelven familias que pasan el resto del año fuera y aparecen vecinos de pueblos cercanos. Hay actos religiosos, reuniones en la plaza y ese ambiente de pueblo pequeño donde casi todo el mundo se conoce.
Aparte de eso, la vida aquí es tranquila. Muy marcada por las estaciones.
Cómo llegar y cuándo ir
La forma más directa de llegar es acercarse primero a Jaca por la N‑240 y desde allí tomar las carreteras que entran hacia el valle del Estarrún. El último tramo ya es más tranquilo, con curvas y paisaje de montaña.
Entre finales de primavera y el inicio del otoño el valle está especialmente agradecido para caminar. En invierno el ambiente cambia bastante. El frío aprieta y el paisaje se vuelve mucho más silencioso.
Borau no es un destino para llenar un fin de semana entero de actividades. Es más bien ese tipo de sitio donde paras unas horas, das un paseo por el valle, te sientas un rato mirando las montañas y sigues ruta.
Y a veces, con eso, ya sobra.