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sobre Bulbuente
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A primera hora de la mañana, cuando el sol todavía entra bajo desde el este, las viñas alrededor de Bulbuente parecen casi plateadas por el rocío. El aire suele oler a tierra seca y a sarmiento viejo, sobre todo después de las podas de invierno. Este pueblo pequeño del Campo de Borja, a unos 520 metros de altitud, vive muy pegado al ritmo del viñedo: brotar en primavera, crecer con el calor y vendimiar cuando el verano empieza a aflojar.
Al acercarte por carretera el paisaje ya lo cuenta todo. Parcelas de garnacha alineadas en hileras largas, suelos claros y pedregosos, y al fondo —si el día está limpio— la silueta del Moncayo. No siempre se ve con nitidez; a veces aparece medio velado por una bruma fina que sube desde el valle.
Calles tranquilas y piedra clara
El silencio aquí tiene algo físico. En verano lo rompen las cigarras y, de vez en cuando, el ruido de un coche que cruza el pueblo despacio. Las calles del centro son cortas y algo irregulares, con tramos de piedra y otros de asfalto, y las casas mezclan mampostería clara con ladrillo. Muchos portones de madera siguen mostrando marcas de uso: bisagras gruesas, vetas abiertas por el sol.
No es un casco urbano grande. En una hora larga se recorre caminando sin esfuerzo, y conviene hacerlo sin prisa, porque los detalles aparecen cuando bajas el ritmo: macetas en alféizares estrechos, persianas de madera algo torcidas, una pared con manchas de humedad donde el sol apenas llega en invierno.
La iglesia y la pequeña plaza
La torre de la iglesia parroquial de San Miguel Arcángel asoma por encima de los tejados y sirve de referencia para orientarse. El edificio actual se levantó, según suele indicarse, en el siglo XVI y mezcla rasgos tardogóticos con añadidos posteriores más sobrios.
Dentro el ambiente es sencillo: muros claros, algunos retablos sin demasiada ornamentación y la figura del arcángel presidiendo el altar. Fuera, la plaza cercana funciona como punto de encuentro del pueblo. Por la tarde, cuando baja el calor, es habitual ver a los vecinos sentados un rato alrededor de la fuente o charlando apoyados en la barandilla.
Caminos entre viñedos
Desde el borde del casco urbano salen varios caminos agrícolas. No tienen pérdida: pistas de tierra ancha por las que pasan tractores y que atraviesan las parcelas de viñedo. Caminando un poco hacia las zonas altas —por ejemplo en dirección a los cerros cercanos— el pueblo queda atrás enseguida y el paisaje se abre.
En días claros el Moncayo aparece entero en el horizonte. En primavera el campo tiene un verde corto y brillante; en otoño predominan los ocres y los rojizos de las hojas de la vid antes de caer.
Si vas a caminar, mejor hacerlo temprano en verano. A partir del mediodía el sol cae fuerte y hay poca sombra entre los viñedos.
Un territorio marcado por el vino
La agricultura, sobre todo la vid, sigue marcando el ritmo del año. En otoño la vendimia cambia el ambiente del pueblo durante unos días: tractores entrando y saliendo, remolques cargados de uva y ese olor dulce que queda en el aire cerca de las bodegas.
La garnacha es la variedad más extendida en esta parte del Campo de Borja. También aparecen otras uvas, pero la garnacha suele dominar el paisaje y buena parte de los vinos de la zona.
Cuándo venir
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para pasear por los caminos. La luz es más suave y el campo cambia mucho de color en pocas semanas.
En verano el calor aprieta a mitad del día; conviene madrugar si quieres caminar. El invierno, en cambio, trae días muy claros en los que el Moncayo se recorta con una nitidez sorprendente sobre el cielo frío del valle.