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sobre Muel
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A primera hora, cuando el sol todavía cae bajo sobre el valle del Huerva, el turismo en Muel empieza casi sin darse cuenta: una persiana que se levanta, el ruido seco de una puerta de taller, el olor a barro húmedo que sale de algún obrador. El pueblo se despereza despacio. En las fachadas se mezclan ladrillo rojizo, yeso claro y algunas manchas oscuras que delatan años de lluvia y viento.
Muel tiene algo más de mil quinientos habitantes y vive a unos 25 kilómetros de Zaragoza, lo bastante cerca para venir en coche en poco rato y lo bastante lejos para que el ritmo cambie. Está en la comarca de Campo de Cariñena, rodeado de viñas, olivares y campos de cereal que en otoño se vuelven ocres y rojizos. No es un lugar de grandes monumentos ni de calles espectaculares: lo que tiene está repartido en detalles pequeños que aparecen al caminar.
Si vienes desde Zaragoza, lo habitual es llegar por la A‑23 hasta las salidas de la zona y continuar por carretera local. El trayecto apenas supera la media hora.
La cerámica sigue marcando el carácter del pueblo
En Muel el barro no es una referencia decorativa, es parte de la vida del pueblo desde hace siglos. La tradición alfarera sigue presente y todavía quedan talleres donde el torno gira cada día. A veces, al pasar por la puerta, se ve la mesa cubierta de polvo rojizo o filas de piezas secándose cerca de la ventana.
Algunos espacios abren al público o organizan demostraciones en momentos concretos del año, aunque conviene informarse antes porque los horarios cambian y muchos talleres funcionan más como lugares de trabajo que como tiendas.
La iglesia parroquial de Santa María la Mayor aparece entre las casas del casco urbano con su torre mudéjar de ladrillo, visible desde varias calles. Es un edificio de los siglos XVI y XVII que recuerda hasta qué punto este territorio estuvo marcado por la arquitectura mudéjar aragonesa.
Pero una de las sorpresas de Muel está un poco apartada del centro. Junto al antiguo azud del río Huerva y un pequeño parque arbolado se encuentra la ermita de la Virgen de la Fuente. En su interior se conservan pinturas murales que tradicionalmente se atribuyen a un joven Francisco de Goya, realizadas cuando aún trabajaba por la zona. El entorno, con agua corriendo junto a la presa y sombra de chopos en verano, suele ser uno de los lugares donde los vecinos pasan la tarde.
Caminar entre viñas y campos abiertos
Al salir del núcleo urbano el paisaje se abre rápido. La comarca de Campo de Cariñena es tierra de viñedo, y alrededor de Muel aparecen parcelas ordenadas en hileras bajas que cambian mucho según la estación.
En verano el sol cae con fuerza y los caminos tienen poca sombra. Si vas a caminar por pistas agrícolas o senderos cercanos, lo más sensato es madrugar o esperar a última hora de la tarde. En otoño, en cambio, el aire suele ser más fresco y las viñas pasan del verde al rojo oscuro en cuestión de semanas.
Desde algunos caminos se ve bien el valle del Huerva y las suaves ondulaciones de la comarca. No son montañas espectaculares, pero sí un paisaje agrícola muy reconocible en esta parte de Aragón.
Un pueblo que se anima en momentos concretos del año
La vida cultural de Muel gira bastante alrededor de su tradición ceramista. De vez en cuando se organizan encuentros o ferias dedicadas a la alfarería donde artesanos trabajan el barro en la plaza o abren sus talleres durante unos días. No siempre se celebran en las mismas fechas, así que conviene consultarlo si te interesa coincidir.
Las fiestas patronales llegan normalmente en agosto. Durante esos días el pueblo cambia de ritmo: música en las calles, peñas abiertas y bastante movimiento por la noche.
Fuera de esos momentos, Muel suele mantener un ambiente tranquilo. Entre semana es fácil recorrer el casco urbano casi sin cruzarse con nadie, y los fines de semana llegan visitantes de Zaragoza que pasan unas horas y vuelven a casa antes de que anochezca.
Cuándo merece más la pena acercarse
Primavera y otoño suelen ser las estaciones más agradables para conocer Muel. La luz es más suave, el campo está activo y se puede caminar por los alrededores sin el calor fuerte del verano.
En julio y agosto el sol aprieta bastante en el valle, sobre todo a mediodía. Si vienes en esos meses, lo mejor es moverse temprano por la mañana o al final de la tarde y reservar las horas centrales para los espacios con sombra cerca del río o del parque del azud.
Muel no intenta impresionar con grandes reclamos. Es más bien un lugar donde fijarse en cosas pequeñas: el barro secándose en una estantería, el sonido del agua en la presa, el polvo rojizo que queda en las manos después de tocar una pieza recién salida del torno.