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sobre Balconchan
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A primera hora de la mañana, en los campos que rodean Balconchán, el aire todavía conserva la humedad de la noche y el canto de las alondras se mezcla con el roce seco del cereal movido por una brisa ligera. La luz entra baja, casi horizontal, y descubre los tejados de teja vieja —de un rojo ya apagado— y las paredes de piedra clara que forman el pequeño grupo de casas del pueblo. A esa hora apenas se oye nada más que algún motor lejano en el campo.
Balconchán está en el Campo de Daroca, rodeado de lomas suaves donde el cereal manda casi todo el año. El pueblo se asienta alrededor de los 780 metros de altitud y aparece de golpe cuando la carretera se acerca: unas pocas calles, muros de piedra y tapial, corrales pegados a las viviendas y ese silencio tan propio de los pueblos muy pequeños.
Aquí viven muy pocos vecinos durante el año. Se nota en la calma con la que pasa el tiempo: puertas cerradas, persianas a medio bajar, y el sonido del viento colándose por las calles cuando la tarde cae.
La huella sencilla del pasado rural
El edificio que más llama la atención es la iglesia parroquial, que sobresale ligeramente sobre las casas. Es un volumen sencillo, con muros claros y campanario cuadrado, visible desde los caminos que rodean el pueblo. No es grande, pero actúa como punto de referencia cuando uno se acerca por los campos.
Al caminar despacio por Balconchán aparecen detalles que cuentan cómo se ha construido el lugar: portadas de piedra más cuidada que el resto del muro, puertas de madera gruesa con clavos antiguos, rejas de hierro ya algo torcidas por el paso de los años. Algunos aleros de madera todavía sobresalen bastante sobre la calle, proyectando sombra en verano.
Alrededor, el paisaje cambia mucho según la estación. En primavera las lomas se cubren de verde y el viento mueve el cereal como si fuese agua. En verano todo vira hacia el dorado y el olor a tierra seca se queda flotando en el aire, sobre todo al atardecer. Desde cualquier pequeña elevación cercana se ve bien el mosaico de parcelas, caminos agrícolas y algún corral aislado.
Caminos entre campos abiertos
Desde el propio pueblo salen varios caminos de tierra que utilizan los agricultores para acceder a las parcelas. Son los mismos que suele usar quien quiere caminar un rato por la zona. No hay señalización como tal, pero es difícil perderse: el paisaje es abierto y las referencias se ven desde lejos.
El terreno es llano o con pendientes suaves, así que se camina fácil, aunque conviene llevar agua porque la sombra escasea. En verano el sol cae fuerte a partir del mediodía; si vas a dar un paseo, mejor hacerlo temprano o ya por la tarde.
Es habitual ver perdices levantando el vuelo desde los ribazos o rapaces planeando sobre los campos cuando el aire empieza a moverse. Al caer el día, la luz se vuelve muy rasante y tiñe todo de tonos ocres. Es uno de esos lugares donde el silencio no es total, pero casi.
Cuando el pueblo vuelve a llenarse
Durante buena parte del año Balconchán permanece muy tranquilo, pero en verano suele notarse más movimiento. Muchas familias que tienen casa aquí regresan unos días y el pueblo recupera voces en la calle, coches aparcados junto a las fachadas y luces encendidas al anochecer.
Las celebraciones patronales suelen concentrarse en esas fechas. Son fiestas pequeñas, organizadas entre vecinos y gente del pueblo que vuelve esos días. Hay procesión, comidas compartidas y música en la plaza o en algún espacio abierto del casco urbano. El ambiente cambia bastante respecto al resto del año, aunque sigue siendo algo muy local.
Llegar y cuándo acercarse
Desde Zaragoza el trayecto ronda los cien kilómetros. Lo habitual es bajar por la autovía en dirección a Teruel y, ya en la comarca de Daroca, continuar por carreteras secundarias que atraviesan campos abiertos durante varios kilómetros.
Primavera y otoño son probablemente los momentos más agradables para acercarse: temperaturas suaves y el paisaje con más contraste de colores. En verano el calor aprieta en las horas centrales, así que conviene moverse temprano o esperar a la tarde. El invierno aquí es más crudo de lo que parece desde lejos; el viento y el frío se dejan notar bastante.
Balconchán no tiene grandes monumentos ni actividad turística como tal. Es, más bien, uno de esos pueblos del Campo de Daroca donde lo que se encuentra es otra escala del tiempo: campos abiertos, pocas casas y la sensación de que el día avanza despacio.