Artículo completo
sobre Las Cuerlas
Ocultar artículo Leer artículo completo
Una mañana de marzo, en el silencio de un campo de cereales, la vista se detiene en unas pocas casas de piedra y adobe. La luz todavía llega baja, rozando las fachadas por un lado y dejando el otro en sombra. Así aparece Las Cuerlas, en pleno Campo de Daroca. El pueblo ronda hoy los cuarenta y pocos habitantes y se nota en seguida: aquí el tiempo no corre, se estira.
Un caserío pequeño en mitad de la llanura
Las calles son cortas y tranquilas. Algunas siguen siendo de tierra y otras apenas tienen más que una capa fina de grava. Al caminar se oye el crujido bajo las botas y, si sopla aire, también el roce seco de las ramas contra las tapias.
Varias casas conservan carpinterías antiguas, con maderas oscuras que han ido cambiando de tono con los inviernos. Otras se han arreglado en los últimos años, pero sin grandes gestos: muros de piedra, tejados bajos y patios donde a veces se ven aperos apoyados contra la pared.
La iglesia parroquial, dedicada a San Juan Bautista, sobresale ligeramente sobre el resto del caserío. No es grande, pero el campanario sirve de referencia cuando te acercas por los caminos que llegan desde los campos.
El paisaje del Campo de Daroca
Alrededor de Las Cuerlas todo es secano. Parcelas largas, abiertas, que cambian de color según la estación. En primavera el verde es limpio y uniforme; hacia el final del verano el terreno vira a ocres y amarillos que casi deslumbran cuando cae el sol.
El viento suele ser constante en esta parte de Aragón. Arrastra olor a tierra removida y a cereal maduro, y a veces obliga a entornar los ojos para mirar lejos. Sobre ese fondo plano aparecen con frecuencia rapaces planeando muy alto.
En estas llanuras todavía se dejan ver aves propias del campo abierto —sisones, alondras, algún cernícalo— sobre todo a primera hora del día o cuando la tarde empieza a enfriar.
Caminos que salen del pueblo
Desde el propio pueblo parten varios caminos agrícolas que se internan entre las parcelas. No son rutas señalizadas como tal, sino pistas de uso rural que utilizan agricultores y vecinos. Caminar por ellas es sencillo porque el terreno es muy abierto y las referencias se ven a distancia.
Basta con seguir uno de esos caminos un rato para que el pueblo quede atrás y todo sea horizonte: muros de piedra seca aquí y allá, antiguas eras circulares y corrales medio derruidos donde antes se guardaba el ganado.
Si vas a salir a pie, mejor hacerlo temprano o al final de la tarde. En verano el sol cae fuerte y apenas hay sombra.
Noches muy oscuras
Cuando cae la noche, el silencio se vuelve todavía más evidente. La iluminación del pueblo es mínima y el cielo aparece lleno de estrellas con bastante claridad en las noches despejadas.
No hace falta más que alejarse unos metros de las farolas para que la franja blanquecina de la Vía Láctea se distinga sobre el horizonte, algo cada vez más raro en zonas más pobladas.
Vida rural que sigue en marcha
Las Cuerlas sigue ligado al calendario del campo. Durante el año es habitual ver tractores entrando y saliendo, remolques cargados de cereal o pequeños rebaños pasando cerca del pueblo en determinadas temporadas.
En muchas casas todavía se guardan herramientas antiguas: hoces, trillos, piezas de hierro que hablan de una forma de trabajar la tierra que aquí no queda tan lejos en el tiempo.
Las fiestas patronales dedicadas a San Juan Bautista suelen concentrar a los vecinos que viven fuera durante el resto del año. Son días en los que el pueblo se llena algo más de movimiento, conversaciones en la calle y mesas largas.
Antes o después: Daroca
A unos kilómetros está Daroca, bastante más grande y con murallas visibles desde lejos cuando te aproximas por la carretera. Mucha gente se acerca hasta allí para ver su casco histórico y luego continúa hacia pueblos pequeños de la comarca.
Las Cuerlas juega otro papel. No hay grandes monumentos ni una lista de visitas. Lo que encuentras es otra cosa: calles cortas, silencio, viento pasando por los campos y esa sensación de estar en un lugar donde todo ocurre despacio.
Si decides acercarte, lo más práctico es hacerlo con calma y sin un plan demasiado cerrado. Aparcas el coche, caminas un rato por el pueblo y luego sales por alguno de los caminos que se abren hacia la llanura. Aquí el paisaje funciona así: cuanto más tiempo le dedicas, más cosas empiezas a aparecer.