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sobre Romanos
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A primera hora, cuando el sol todavía llega bajo desde el este, Romanos se despierta con un sonido muy concreto: el viento rozando los tejados y moviendo alguna chapa suelta. Las calles están vacías y el suelo, en algunos tramos de canto rodado, todavía guarda la humedad de la noche. A esa hora el pueblo parece más grande de lo que es.
Romanos está en el Campo de Daroca, a unos 85 kilómetros de Zaragoza. El trayecto en coche suele rondar la hora larga, dependiendo de la ruta. Aquí viven poco más de un centenar de personas, y eso se nota en el ritmo: persianas que se levantan sin prisa, alguna conversación corta en mitad de la calle y coches que pasan muy de vez en cuando.
La iglesia y el centro del pueblo
La iglesia parroquial de San Pedro Apóstol se ve enseguida. Su torre sobresale por encima de los tejados bajos y sirve de referencia cuando uno entra al pueblo por carretera. El edificio actual se levantó hace varios siglos —suele situarse en torno al XVI— combinando ladrillo y piedra clara en algunas partes.
A su alrededor se organiza buena parte del casco urbano. Las calles son estrechas y a ratos hacen pequeñas curvas que obligan a ir despacio incluso caminando. En muchas fachadas aún se ven portones anchos de madera, pensados para carros y para guardar aperos. Algunos balcones conservan barandillas de hierro forjado bastante gastadas por el tiempo.
En ciertos muros aparecen restos de construcciones más antiguas: piedras reutilizadas, tramos de pared más gruesos o pequeñas elevaciones que sugieren defensas o cerramientos antiguos. No siempre están señalizados; hay que fijarse.
Calles tranquilas y arquitectura humilde
Romanos no tiene grandes edificios ni plazas amplias. Lo que hay son casas bajas de adobe, ladrillo y yeso, muchas encaladas, con tejados rojizos que en invierno suelen acumular escarcha por la mañana.
Al caminar se perciben detalles pequeños: macetas junto a las puertas, cables que cruzan de una fachada a otra, olor a leña cuando alguien enciende la estufa en los meses fríos. En los días laborables el silencio es bastante real; es fácil recorrer varias calles sin cruzarse con nadie.
Campos abiertos alrededor del pueblo
El paisaje del Campo de Daroca aquí es suave: lomas redondeadas, parcelas de cereal y algunos olivares dispersos. Los caminos agrícolas salen del propio pueblo y se pierden entre los campos. Muchos se pueden recorrer andando o en bicicleta, aunque no siempre hay señalización clara.
Al amanecer y al atardecer la luz cambia rápido. Los campos pasan del verde de primavera a un dorado seco a principios de verano. En días despejados se distinguen otros pueblos cercanos repartidos por el horizonte.
Conviene llevar agua si se sale a caminar. Hay poca sombra y en verano el sol cae fuerte desde media mañana.
Aves y cielo abierto
El cielo suele estar muy presente en Romanos. Con algo de paciencia se ven aves planeando sobre los campos: buitres que llegan desde zonas cercanas más escarpadas o cernícalos que se quedan suspendidos unos segundos antes de lanzarse hacia el suelo.
No hay miradores señalizados. Muchas veces basta con alejarse unos minutos por un camino para tener una vista amplia del paisaje y del propio pueblo, con la torre de la iglesia sobresaliendo entre los tejados.
Comida y costumbres de pueblo
La cocina que se conoce aquí sigue la tradición de esta parte de Aragón: guisos contundentes, carne de cerdo, productos de matanza y recetas que pasan de una generación a otra. En muchos pueblos de la comarca todavía se preparan embutidos y conservas en casa cuando llega el invierno.
Las fiestas del pueblo suelen girar alrededor de San Pedro, a finales de junio. Son días en los que vuelve gente que vive fuera y las calles se llenan más de lo habitual. También se mantienen celebraciones religiosas sencillas a lo largo del año, organizadas por los propios vecinos.
Cuándo venir a Romanos
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores. En abril y mayo los campos están verdes y el viento todavía no aprieta demasiado.
En verano el calor del mediodía puede ser duro, así que conviene moverse temprano o esperar a última hora de la tarde. El invierno, en cambio, trae frío seco y días ventosos; cuando el cielo está despejado, la luz sobre los tejados y los campos helados tiene algo muy limpio, casi silencioso.