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sobre Villanueva de Jiloca
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A media mañana el sol ya toca las fachadas de Villanueva de Jiloca y hace brillar la escarcha que queda en los bordes del camino. Las calles son cortas, de piedra irregular, y el aire huele a tierra fría y a leña reciente. En este rincón del Campo de Daroca el ritmo es el de un pueblo pequeño: pocas puertas abiertas, algún coche aparcado junto a un corral y el sonido de una gallina en un patio cercano.
Desde la entrada se distingue la iglesia parroquial. No es grande. Muros de piedra, una torre de ladrillo y señales claras de reparaciones hechas en distintas épocas. Alrededor se agrupan casas con portadas de piedra gastada y balcones de hierro. Algunas conservan el portón ancho por donde antes entraban carros. Otras tienen el yeso resquebrajado y dejan ver el adobe debajo.
El paisaje abierto del valle del Jiloca
El entorno de Villanueva de Jiloca es el típico del valle alto del Jiloca: campos de cereal, lomas suaves y barrancos poco profundos donde crecen tomillos y aliagas. En verano el trigo seco cruje cuando sopla el aire. En invierno el color cambia a una gama de marrones y grises, con la tierra recién labrada marcando líneas oscuras.
Los caminos que salen del pueblo se usan sobre todo para trabajar las parcelas o para moverse entre fincas. Algunos vecinos salen a andar por ellos al atardecer. No hay demasiada sombra, así que en julio o agosto conviene evitar las horas centrales del día. En los ribazos y zonas de matorral a veces se ven aves esteparias; quien tenga paciencia y prismáticos suele entretenerse un rato.
Por la noche el cielo se vuelve muy limpio. Al alejarse unos minutos por una pista agrícola, las luces del pueblo apenas iluminan el horizonte.
Un pueblo pequeño, con servicios muy limitados
Villanueva de Jiloca ronda las pocas decenas de habitantes y eso se nota en el día a día. No siempre hay servicios abiertos durante todo el año. Quien pase por aquí debería venir con agua y algo de comida o contar con parar antes en Daroca o en otras localidades cercanas donde sí hay tiendas y bares.
A cambio, el pueblo mantiene un aire muy ligado al campo. Corrales, huertos pequeños y almacenes agrícolas forman parte del paisaje cotidiano.
Fiestas y momentos en que el pueblo cambia
En verano, sobre todo en agosto, muchas casas se vuelven a abrir. Familias que viven fuera regresan unos días y la plaza recupera movimiento. Suelen organizarse actos sencillos, ligados a la parroquia y a las reuniones entre vecinos.
En Semana Santa también hay celebraciones religiosas que recorren las calles del casco antiguo. Son actos pequeños, pensados más para la comunidad que para quien viene de fuera.
Cómo llegar
Lo habitual es llegar desde Calatayud o desde Daroca y continuar por carreteras comarcales que atraviesan el valle. Los últimos kilómetros pasan entre campos de cultivo y granjas dispersas. Conviene conducir despacio: no es raro encontrar tractores, ovejas cruzando la carretera o barro después de días de lluvia.