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sobre Villarreal de Huerva
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El viento de la mañana huele a trigo seco y a romero. Desde la torre mudéjar de San Miguel, las campanas repiquetan temprano y el eco se pierde en la llanura cerealista. Abajo, en la plaza, un hombre sacude una colcha desde el balcón de una casa de ladrillo rojizo. Villarreal de Huerva despierta sin prisa, como quien sabe que el tiempo aquí se mide más por cosechas que por relojes.
La torre que no era alminar
Al entrar en la iglesia de San Miguel, la vista acaba siempre arriba. La torre, de ladrillo y decoración mudéjar, domina el perfil del pueblo y se ve desde bastante lejos cuando llegas por la carretera que sigue el valle del Huerva.
A veces se dice que pudo tener origen islámico, como ocurre en otros puntos de Aragón, pero lo que queda hoy responde más bien a una construcción cristiana posterior. No hay rastro claro de un alminar reutilizado. Lo que sí se percibe es esa mezcla tan propia de la zona: ladrillo mudéjar, añadidos de épocas posteriores y el paso del tiempo dejando capas.
Desde alrededor de la iglesia el pueblo se entiende bien: tejados bajos, huertos pegados al río y, más allá, la llanura abierta donde el cereal cambia de color según la estación. Al atardecer, cuando el sol cae por el oeste, el ladrillo de la torre se vuelve más oscuro y las golondrinas pasan muy cerca de las cornisas.
El puente sobre el Huerva
A unos diez minutos andando desde la plaza, siguiendo el curso del río, aparece un puente de piedra que cruza el Huerva con un solo arco amplio. Suele atribuirse a época romana, aunque lo que se ve hoy probablemente sea resultado de varias reconstrucciones a lo largo de los siglos.
Las piedras están suavizadas por el agua y por el paso de carros, ganado y vecinos durante generaciones. El río aquí no es grande, pero mantiene una franja verde que contrasta con los campos de alrededor: chopos altos, zarzas y ese murmullo continuo del agua chocando contra las orillas.
En verano, cuando el calor aprieta en el valle, no es raro ver a gente del pueblo acercarse a la sombra del puente o a alguna pequeña poza río abajo. En invierno el paisaje cambia por completo: ramas desnudas, agua más oscura y el sonido del viento colándose entre los troncos.
Subir al Rosario
La ermita de Nuestra Señora del Rosario está en alto, en la sierra que cierra el pueblo por uno de sus lados. Desde abajo parece pequeña, casi pegada a la ladera.
El camino sube entre campos de cereal y algunas parcelas de olivo. No es largo, pero pica lo suficiente para que se note en las piernas, sobre todo si el sol cae de frente. A mitad de subida aparece un peirón dedicado a la Virgen del Pilar, uno de esos hitos de camino donde antes se detenían arrieros y caminantes.
La ermita es sencilla, de ladrillo y piedra. Frente a ella hay una pequeña explanada y una fuente antigua; en la piedra se distingue una fecha muy gastada que recuerda finales del siglo XVI. El agua suele salir fresca incluso en los días calurosos.
Desde aquí arriba el paisaje se abre de golpe. El pueblo queda abajo, compacto, con la torre de la iglesia sobresaliendo entre los tejados. Más allá solo hay campos y una línea de montes suaves hacia Daroca. Cuando sopla el viento, que en esta zona sopla a menudo, se oye pasar entre el cereal como un rumor continuo.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
La primavera cambia por completo el valle del Huerva. Los campos se vuelven de un verde muy vivo y el aire huele a tierra húmeda después de las lluvias. En mayo suele celebrarse la subida a la ermita del Rosario, una tradición que todavía reúne a bastante gente del pueblo.
El verano, en cambio, puede ser duro. El sol cae directo sobre la llanura y a mediodía apenas hay sombra fuera del casco urbano. Si vienes en julio o agosto, conviene moverse a primera hora de la mañana o ya al caer la tarde.
A finales de septiembre se celebran las fiestas en torno a San Miguel, cuando la plaza recupera algo de movimiento antes de que llegue el frío.
Si piensas subir andando hasta la ermita, lleva agua y calzado cerrado. El sendero tiene tramos de piedra suelta y, aunque la distancia no es grande, la pendiente se nota.
Villarreal de Huerva es un pueblo pequeño, de los que se recorren despacio y sin demasiadas expectativas. Lo mejor suele aparecer en los detalles: el sonido del río al caer la tarde, el olor a paja después de la siega o la sombra fresca que se forma junto a los muros de la iglesia cuando el sol empieza a bajar. Aquí el silencio todavía ocupa bastante espacio.