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sobre Cariñena
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Hay un momento, justo cuando entras en Cariñena, en el que el GPS se vuelve un poco loco. No es que el pueblo sea complicado: es que varias calles siguen más o menos el trazado de una muralla que ya no está. Así que tu coche gira como si buscara una puerta que desapareció hace siglos. Para empezar un día de turismo en Cariñena, la escena tiene su gracia: un pueblo que aún conserva la forma de lo que fue, aunque el contenido haya cambiado unas cuantas veces.
El vino que da nombre a la uva (sí, al revés que en el resto del mundo)
En Cariñena pasa algo curioso. En muchos lugares las uvas toman el nombre de regiones francesas o italianas, pero aquí ocurrió lo contrario: la uva cariñena —la que en otros sitios llaman mazuelo— acabó llevando el nombre del pueblo. Algo así como si una verdura del huerto terminara bautizada con el nombre del barrio.
La Denominación de Origen Cariñena, reconocida desde los años 30, es una de las históricas de Aragón. Aquí mandan sobre todo la garnacha y la propia cariñena. Los vinos suelen ir al grano: fruta madura, bastante sol detrás y ese punto seco que te deja la boca pidiendo otro trago.
Las bodegas del pueblo no tienen ese aire de arquitectura espectacular que ves en otras zonas vinícolas. Muchas nacieron como naves prácticas, pegadas al casco urbano o a las afueras. Algunas huelen todavía a mosto cuando llega la vendimia. En otras ya todo es acero inoxidable y control de temperatura. Pero el discurso suele ser el mismo: alguien te cuenta que su abuelo pisaba la uva a mano y, acto seguido, te enseña depósitos que parecen sacados de un laboratorio.
La iglesia que parece un castillo y el castillo que parece una casa
La iglesia de la Asunción tiene ese aspecto de edificio que servía tanto para rezar como para ponerse a cubierto si las cosas se torcían. La torre es medieval y conserva elementos defensivos, mientras que el resto del templo se rehízo siglos después con un aire más barroco.
Desde la plaza se ve bien el conjunto: piedra, volumen serio y una torre cuadrada que domina el perfil del pueblo. Dentro hay un retablo grande, bastante recargado, de esos que te obligan a levantar la vista un buen rato para entender cuántos santos caben ahí dentro.
Del antiguo recinto amurallado queda poco visible. Lo que más suele mencionarse es el Torreón de las Monjas, un bloque de piedra robusto que ha tenido varios usos a lo largo del tiempo. Hoy queda casi camuflado entre edificios más recientes. Si subes por dentro —cuando se puede visitar— las vistas son bastante terrenales: tejados, patios, alguna antena… vida cotidiana de un pueblo del valle medio del Ebro.
Comer sin rollos: lo que hay es lo que comes
Aquí la cocina va directa. Nada de platos que necesiten explicación.
La borraja aparece bastante, a veces guisada con patata y algo de carne. Es de esos platos que parecen sencillos hasta que intentas hacerlos en casa y no saben igual. El ternasco también es habitual, asado o a la brasa, con pimientos del Bajo Aragón que aportan medio plato.
El pollo al chilindrón es otro clásico de la zona: pollo, jamón, pimiento y tomate. Cuatro cosas bien hechas. Y las migas, claro, que suelen llegar con uvas o con algo de embutido y acaban siendo más contundentes de lo que pensabas cuando pediste “solo un plato”.
Mi consejo: entra en un bar de los de siempre. Barra de mármol, tele encendida y parroquianos comentando el día. Pide vino de la casa. Muchas veces sale de bodegas cercanas y se bebe con una facilidad peligrosa.
Cuando el pueblo huele a mosto
A finales de verano el ambiente cambia. Coincidiendo con la vendimia, el pueblo organiza celebraciones alrededor del vino. En la plaza suele verse el acto simbólico de pisar la uva, con gente mirando, música y bastante ambiente. No es un montaje enorme: se parece más a una fiesta del propio pueblo a la que cualquiera se puede sumar.
Unas semanas después llega la romería de la Virgen de Lagunas. La imagen se traslada desde su ermita hasta el casco urbano acompañada por vecinos durante varias horas. Hay quien hace el recorrido por tradición familiar y quien simplemente se une un tramo. Cuando todo termina, la plaza vuelve a llenarse y la conversación gira alrededor de lo mismo de siempre: la cosecha, el tiempo y el vino.
Cariñena, en resumidas cuentas
Cariñena no es un pueblo que te deje con la boca abierta nada más bajar del coche. No tiene un castillo de postal ni calles que parezcan un decorado medieval intacto.
Lo que sí tiene es una relación muy clara con el vino y con el campo que lo rodea. Vienes, pruebas lo que se produce aquí, paseas un rato por el casco antiguo y charlas con gente que vive de esto desde hace generaciones.
Y al irte pasa algo bastante habitual: acabas metiendo una botella en el maletero “para abrirla en casa”. Luego la abres y te acuerdas del pueblo. Que, al final, es lo que suele quedar de los viajes que merecen la pena.