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sobre Caspe
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Las campanas de la Colegiata dan las ocho cuando el sol todavía no ha tocado el Ebro. Desde el mirador del castillo, el río parece una cinta gris que se enrosca entre los meandros, y más allá el agua quieta del embalse de Mequinenza se extiende hasta perderse en una ligera neblina. A esa hora, el turismo en Caspe todavía no existe: sólo algún coche cruzando despacio el puente y el ruido metálico de una persiana que se levanta en la plaza.
El olor a ternasco y la piedra que eligió reyes
Bajar por la cuesta del Castillo es atravesar siglos en pocos minutos. Las casas bajas, de cal y piedra, se arriman a la ladera como buscando sombra. En la plaza de España suele haber olor a leña cuando las cocinas empiezan a encenderse, y a veces también a cordero asado. El ternasco sigue siendo uno de esos platos que aparecen en muchas mesas de la zona, sobre todo los fines de semana.
Caspe carga además con un episodio histórico que aquí se recuerda con bastante orgullo: el Compromiso de 1412. Durante semanas, representantes de Aragón, Cataluña y Valencia se reunieron para decidir quién ocuparía el trono de la Corona de Aragón. El lugar asociado a aquel momento es el Castillo del Bailío. Hoy queda sobre todo la estructura de piedra, áspera y rojiza, abierta al viento. En el patio hay una placa que recuerda el juramento de Fernando de Trastámara.
Si subes por la mañana temprano, antes de que el sol empiece a caer de lleno sobre la ladera, el lugar suele estar tranquilo. Desde arriba se ven los tejados del casco antiguo y el Ebro abriéndose paso entre huertas.
Cuando el río se hace ancho
A pocos kilómetros del pueblo, el Ebro deja de parecer río y se convierte en una extensión de agua mucho más amplia. Es el embalse de Mequinenza, al que mucha gente en Aragón llama el mar de Aragón. El nombre suena grande, pero el paisaje es más sobrio: agua oscura, orillas de tierra clara y colinas bajas cubiertas de pinos y matorral.
En varios puntos hay rampas o pequeños embarcaderos desde donde salen barcas al amanecer. La pesca mueve bastante gente por aquí, sobre todo por el siluro, un pez enorme que se introdujo hace décadas y que hoy forma parte del paisaje del embalse. Si te acercas temprano, el silencio sólo se rompe por el motor de alguna barca y el chapoteo del agua contra la orilla.
No muy lejos se levanta el santuario de la Virgen de Horta, en un alto desde el que se ve buena parte del embalse. La romería que tradicionalmente se celebra en primavera suele llenar el camino de coches, familias y mesas plegables. El resto del año el lugar está bastante tranquilo, con ese olor a tomillo seco que trae el viento.
Las torres que vigilan el valle
En los alrededores de Caspe aún quedan varias torres defensivas asociadas a las guerras carlistas del siglo XIX. Algunas están muy cerca del pueblo y otras obligan a caminar un poco más entre campos.
Una de las rutas que se suelen hacer a pie ronda los ocho kilómetros y atraviesa zonas de almendros, parcelas de olivo y tramos de ribera. En primavera el suelo se llena de flores pequeñas y el aire es fresco; en julio, en cambio, el paisaje cambia por completo y el calor cae sin demasiada sombra.
La Torre Salamanca aparece de repente entre la vegetación, cuadrada y algo desdentada en la parte alta. Desde arriba —cuando el acceso está abierto— el valle se ve en capas: primero las huertas, luego los campos secos y al fondo la línea brillante del agua.
Si vas a hacer esta ruta en meses cálidos, lleva agua y empieza temprano. El sol aquí no da tregua a partir del mediodía.
El momento de los pimientos
Al caer la tarde el centro vuelve a llenarse de voces. En muchas cocinas se asan pimientos, los bajoques, que luego aparecen rellenos en platos bastante contundentes: carne picada, ajo y especias. Es una receta que en la zona se relaciona con las matanzas de invierno y con las comidas familiares largas.
En la plaza, bajo los árboles, todavía se ven partidas de cartas cuando el tiempo acompaña. Las conversaciones saltan de una mesa a otra y las horas pasan despacio, con ese murmullo constante de vasos, fichas y sillas arrastrándose sobre el suelo.
Qué se lleva uno
Marcharse de Caspe suele dejar dos recuerdos muy claros: el viento seco que baja del valle al anochecer y el reflejo del cielo sobre el agua quieta del embalse. En verano, cuando cae la noche, el ruido de las cigarras llena todo.
Un detalle práctico: si vienes en julio o agosto, intenta moverte por el casco antiguo a primera hora de la mañana o ya al final de la tarde. A mediodía el calor se queda atrapado entre las paredes de piedra y caminar por las cuestas se hace bastante pesado.