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sobre Las Pedrosas
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A esa hora en que el sol ya está alto pero todavía no aprieta —sobre las nueve—, la luz entra de lado por las ventanas de piedra de Las Pedrosas y cae sobre los campos que rodean el pueblo. Tierra parda, parcelas abiertas, algunos olivos dispersos. Se oye poco más que el viento moviendo las ramas secas y, de vez en cuando, un coche que cruza la calle principal despacio. El turismo en Las Pedrosas empieza así: sin ruido y sin demasiadas señales de que alguien esté esperando visitantes.
Este pequeño municipio de las Cinco Villas ronda el centenar largo de habitantes. El ritmo diario sigue ligado al campo y a las tareas que siempre han sostenido la zona: cereal, algo de olivo, huertos familiares cuando llega la temporada.
El pueblo se organiza alrededor de una calle principal que avanza con calma entre casas bajas y termina junto a la iglesia de San Pedro. Es un edificio de piedra, sobrio, con un campanario que se oye bien cuando suena porque aquí todo está cerca. La puerta suele estar cerrada fuera de los momentos de culto; si te interesa verla por dentro, lo más sencillo es preguntar a algún vecino. En pueblos así las llaves casi siempre están en manos de alguien del lugar.
Las casas mezclan piedra, adobe y reformas más recientes. En algunas fachadas quedan balcones de hierro y aleros de madera oscurecida por los años. Si te asomas por alguna puerta entreabierta se ven patios pequeños con macetas, herramientas de campo o huertos donde todavía crecen tomates, pimientos o alguna mata de romero que perfuma el aire cuando se roza.
Caminos que salen del pueblo
Basta caminar unos minutos para que el asfalto termine y empiecen las pistas agrícolas. Son caminos anchos de tierra compactada que usan los tractores y que también sirven para pasear sin complicaciones. El paisaje es abierto, con pequeñas lomas desde las que se ve bastante lejos cuando el día está limpio.
A lo largo de estas pistas aparecen pajares antiguos, corrales de piedra y balsas de riego donde a veces se acercan aves. En los cables o en las vallas es habitual ver cernícalos quietos, vigilando el suelo, y mochuelos que se esconden en los huecos de los tejados o en viejas construcciones agrícolas. Sobre todo al final de la tarde pasan milanos planeando despacio.
Si te interesa observar aves, trae prismáticos. Aquí no hay hides ni observatorios preparados; simplemente se trata de caminar despacio y parar de vez en cuando. Primavera y comienzos de verano suelen ser los momentos con más movimiento.
Un detalle práctico: en verano el sol cae fuerte y apenas hay sombra fuera del casco urbano. Conviene salir temprano o esperar a que la luz empiece a bajar.
Lo que se cultiva y lo que se come
La comida cotidiana en Las Pedrosas sigue bastante ligada a lo que da la tierra alrededor. El cordero aparece a menudo en celebraciones familiares, y el aceite de oliva de la zona se usa para casi todo, desde guisos hasta conservas.
En muchas casas todavía se preparan platos sencillos de cuchara cuando llega el frío: legumbres, migas, recetas que llenan la cocina de olor a pan tostado y ajo. El huerto sigue siendo importante para muchas familias; tomates, calabacines o cebollas acaban en frascos de conserva cuando llega el final del verano.
Tras otoños lluviosos, en los montes cercanos algunos vecinos salen a buscar setas. Conviene informarse bien sobre permisos y zonas privadas antes de hacerlo, porque buena parte del terreno tiene dueño.
Fiestas pequeñas, muy de pueblo
Las fiestas principales suelen celebrarse en verano alrededor de San Pedro. Durante esos días la calle Mayor se llena más de lo habitual: mesas largas, música popular y vecinos que regresan al pueblo aunque vivan fuera el resto del año.
En enero, alrededor de San Antón, se encienden hogueras y se bendicen animales. Es una escena muy de Aragón interior: fuego, frío y gente charlando alrededor mientras cae la noche.
La Semana Santa aquí es tranquila. Procesiones cortas por las calles del casco antiguo y un silencio que se nota más porque el pueblo es pequeño.
Caminar sin prisa
Las Pedrosas se recorre rápido si uno va directo: en media hora puedes haber pasado por casi todas sus calles. Pero el interés está en detenerse. En una puerta vieja que cruje cuando sopla el aire. En el olor de las plantas que crecen junto a un muro. En el sonido de las campanas que, al no haber mucho más ruido alrededor, se oyen desde cualquier esquina.
Si vienes en coche, lo más cómodo es dejarlo en alguno de los accesos al pueblo y seguir andando. Dentro las distancias son cortas y caminar permite notar mejor cómo funciona un lugar así: sin prisa, con el campo pegado a las últimas casas y con la sensación constante de que aquí el tiempo se mide de otra manera.