Artículo completo
sobre Tauste
Ocultar artículo Leer artículo completo
Hay un momento, justo cuando sales de la A‑68, en el que te preguntas si el GPS se ha despistado. Unos 45 kilómetros desde Zaragoza y de repente estás en medio de un mar de trigo que se mueve con el cierzo como si fuera el Cantábrico. Ese es Tauste: un pueblo de unos siete mil habitantes plantado en medio de un paisaje enorme, con una torre que ves bastante antes de llegar.
La torre que fue mezquita
La torre de Santa María parece que se ha colado aquí por error. Más de cuarenta metros de ladrillo mudéjar que empezaron siendo alminar en época islámica y acabaron como campanario cristiano siglos después. La sensación es un poco esa: como si alguien hubiera dejado un minarete en mitad del valle del Ebro y con el tiempo lo hubieran adaptado a lo que tocaba.
Subí hace poco. Desde la oficina de información me avisaron: casi 200 peldaños y el último tramo por una escalera de caracol bastante estrecha. Lo que no te cuentan es que el cierzo se cuela por las rendijas como si tuviera llave propia.
Arriba se entiende todo mejor: los regadíos dibujando cuadrados verdes, el pueblo recogido alrededor de la iglesia y, más allá, ese paisaje abierto que tira hacia Navarra. La subida se nota en las piernas, pero la vista compensa.
El canal que nunca duerme
El Canal de Tauste es de esas obras antiguas que siguen funcionando sin hacer demasiado ruido. Se empezó en la Edad Media, en el siglo XIII, y todavía hoy lleva agua a los campos de alrededor.
Yo llegué hasta él casi por casualidad, siguiendo un ruido constante que venía del azud. El sendero que lo acompaña es sencillo y bastante llano, y mientras caminaba me crucé con un agricultor regando alcachofas. Me contó que el canal tiene su propia comunidad de regantes desde hace siglos.
“Aquí el agua siempre ha tenido sus propias normas”, me dijo. Y la frase resume bastante bien la historia de esta zona.
La necrópolis que apareció bajo las calles
Hace unos años, durante unas obras en el casco urbano, empezaron a aparecer enterramientos islámicos. Primero unos cuantos, luego muchos más. Al final resultó ser una de las necrópolis andalusíes más grandes documentadas en Aragón, con cientos de tumbas.
Hoy la zona está protegida por una estructura que desde fuera parece casi un invernadero metálico. Dentro se ven los enterramientos tal como quedaron, orientados y alineados según el rito musulmán.
No hace falta ser un apasionado de la arqueología para quedarse un rato mirando. Hay algo impactante en pensar que, bajo calles por las que pasa gente todos los días, estaba guardada una parte entera de la historia del lugar.
Dónde comer sin que te den gato por liebre
No voy a poner nombres, entre otras cosas porque en los pueblos estas cosas corren rápido y luego vienen las discusiones. Pero sí un consejo sencillo: en la plaza mayor hay terrazas que viven bastante del sitio donde están.
Si caminas un poco hacia el ayuntamiento o por calles cercanas, suelen aparecer sitios más de diario, donde ves mesas con gente del pueblo. Ahí es donde pediría yo ternasco o un plato de borrajas, que en esta zona se cocinan mucho y de varias maneras.
No es cocina complicada. Es más bien comida de la que te imaginas saliendo de una cocina de casa un domingo.
La romería que vacía el pueblo
En Pentecostés se celebra la romería a la ermita de la Virgen de Sancho Abarca, patrona de Tauste. Ese día el pueblo prácticamente se traslada al campo: gente andando, en bici, en coche… y algún tractor que otro.
La ermita queda a varios kilómetros, así que conviene mirar bien por dónde aparcar si vienes en coche. Yo una vez seguí a un señor que juraba conocer un atajo y acabé metido por una pista de tierra que atravesaba un campo de garbanzos. Llegué, sí, pero con los zapatos hechos polvo.
¿Compensa acercarse?
Depende de lo que busques. Si vienes esperando un pueblo de postal con callejones estrechos y balcones llenos de flores, aquí no lo vas a encontrar.
Tauste funciona de otra manera. Tiene algo más seco y más directo: ladrillo mudéjar, campos abiertos, el viento del valle del Ebro y una historia que aparece donde menos te lo esperas, desde una torre que fue alminar hasta un cementerio islámico bajo las calles.
Mi forma de verlo: llega por la mañana, sube a la torre si está abierta, da una vuelta hasta el canal y come en algún sitio donde veas más vecinos que turistas. En unas horas te haces una idea bastante clara del lugar.
Y al irte, cuando vuelvas a la autovía, mira otra vez hacia atrás. Esa torre sigue ahí, asomando por encima del pueblo como si llevara siglos vigilando el mismo paisaje. Probablemente lo ha hecho.