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sobre Uncastillo
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Hay una carretera en las Cinco Villas que parece no llevar a ningún sitio. Solo campos, algún almendro y el cielo ancho de Aragón. Y de repente, en una curva, aparece: un montón de casas apretadas en una loma, como si alguien hubiera tirado piedras desde arriba y se hubieran quedado clavadas en la pendiente. No es espectacular. Es más bien ese tipo de lugar que te hace reducir la velocidad y preguntarte qué pasa ahí arriba.
Uncastillo tiene unos seiscientos vecinos y una orografía que no perdona. Aparcas donde puedes, normalmente abajo, porque el coche aquí se convierte en un estorbo. Las calles son cuestas empedradas, escalones irregulares y pasadizos donde dos personas no caben cómodamente. La piedra arenisca lo cubre todo, dándole un color dorado que cambia con la luz del día.
Llegar sin mapa (o con él doblado en el bolsillo)
Lo sensato es empezar a caminar sin demasiada prisa ni dirección fija. Uncastillo se recorre mejor dejándose llevar por la pendiente. Giras por un callejón porque tiene un arco de medio punto, subes unas escaleras porque parecen llevar a una plazoleta soleada, y así vas topándote con las piezas del pueblo: una fachada con un escudo borroso por el tiempo, un trozo de muralla que ahora es la pared de una cocina, una fuente donde aún beben los gatos.
Da la impresión de que el pueblo creció como pudo sobre la roca, añadiendo casas donde cabían. El resultado es un laberinto orgánico que nunca te hace sentir realmente perdido; al final siempre sales a alguna calle principal o divisas la torre de una iglesia.
Románico a cada esquina (casi literalmente)
Lo que flipas aquí es la concentración de iglesias románicas. En diez minutos andando puedes ver tres o cuatro, algo raro incluso para esta zona.
La de Santa María es la que suele parar a la gente. Tiene una portada tallada con esas figuras toscas pero llenas de expresión que hacen que te quedes mirando los detalles: un animal aquí, un gesto allá. No es el Pórtico de la Gloria, pero tiene esa fuerza del románico rural hecho con lo que había.
Y eso se repite. Das una vuelta y encuentras San Juan, San Martín… cada una con su propia torre cuadrada y su atmósqueda silenciosa. Si te interesa este estilo arquitectónico, aquí vas sobrado.
La subida al castillo (que ya no es castillo)
Arriba del todo están los restos del castillo. Digo restos porque lo que queda son algunos muros desmochados y los cimientos marcando el perímetro.
La gracia está en el camino más que en el destino. Subir te obliga a atravesar las partes más antiguas del pueblo, esas donde las casas parecen brotar directamente de la roca madre. Y cuando llegas arriba entiendes todo: Uncastillo domina un cruce de barrancos y llanuras. Desde aquí se controlaba visualmente kilómetros a la redonda. Hoy solo se oye el viento y algún tractor lejano.
La plaza donde todo paraba
Al bajar conviene pasar por la Plaza del Mercado. Es el corazón antiguo del pueblo, con soportales bajos y varias casas blasonadas que hablan de un pasado con más ruido (y probablemente más dinero). El ayuntamiento está ahí mismo, en un edificio que ha ido sumando estilos como capas de cebolla.
No es monumental ni grandiosa; es simplemente una plaza funcional donde durante siglos se habló de trigo, pleitos y bodas. Todavía conserva ese aire.
Si prestas atención mientras caminas verás fragmentos de muralla integrados en corrales o medianeras. A veces pasan desapercibidos si no sabes lo que buscas.
Salir a los campos (cuando necesites respirar)
El paisaje alrededor es pura Cinco Villas: extensiones abiertas de cereal ondulante salpicadas por almendros solitarios y alguna línea oscura de pinos en las laderas más altas.
Hay senderos locales marcados por los vecinos para pasear o ir en bici hasta alguna ermita cercana o mirador natural. No vayas esperando rutas alpinas; esto son caminos agrícolas anchos donde lo importante es el horizonte despejado y ese silencio solo roto por las chicharras en verano.
De vez en cuando organizan algún mercado medieval o recreación histórica –no hay calendario fijo– pero cuando toca le da otra vida al pueblo durante unas horas.
Uncastillo no pide mucho tiempo ni grandes planes complejos. Es uno de esos sitios donde lo interesante está en cómo está construido –sobre esa colina imposible– más que en atracciones concretas. Con tres o cuatro horas caminando despacio lo ves. Y quizá sea suficiente; algunos lugares funcionan mejor así