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sobre San Mateo de Gallego
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Las primeras borrajas del año asoman entre los regadíos cuando aún hace fresco. Tienen ese verde grisáceo que parece cubierto de polvo, y si las frotas entre los dedos dejan un olor vegetal que se queda pegado en la piel. Es marzo, y en los huertos de San Mateo de Gállego ya hay gente agachada entre los bancales, despacio, como si el tiempo aquí siguiera el ritmo del agua que corre por las acequias.
El pueblo queda a un rato corto de Zaragoza, en la llanura que abre el río Gállego antes de entrar en la capital. A primera vista parece tranquilo, incluso algo discreto. Pero basta caminar un poco entre huertos y calles bajas para entender de qué vive realmente este lugar: agua, tierra trabajada y una cocina que no necesita adornos.
El sabor de los regadíos
La borraja crece bien en estas huertas del Gállego. En invierno y a comienzos de primavera aparece en muchas mesas del pueblo, normalmente cocida y acompañada de patata o de huevo escalfado, con caldo suficiente para mojar pan sin pensar demasiado.
Es comida de casa. De esas que se comen sin prisa mientras fuera sopla el cierzo.
En el paseo que cruza el centro —un corredor ancho con árboles altos y bancos gastados por los años— todavía se ve a la gente mayor salir a media mañana a tomar el sol cuando el invierno afloja. El pueblo tiene ese ritmo: conversaciones largas, bolsas de la compra en la mano y coches que pasan despacio porque casi todo el mundo se conoce.
El agua que organiza el paisaje
Si caminas hacia las afueras empiezan los caminos de huerta. Acequias estrechas, con paredes de tierra oscura, llevan el agua del Gállego hacia parcelas pequeñas donde se alternan hortalizas, frutales y algún campo de alfalfa.
El murmullo del agua acompaña bastante rato. En verano se agradece porque el aire se vuelve seco y la sombra escasea. Aun así, al caer la tarde el olor cambia: tierra húmeda, hojas calientes y, según la época, fruta madura en los árboles.
El río queda a un paseo en bici o en coche corto desde el centro. Sus sotos —álamos, tamarices, carrizos— forman una franja verde que rompe la uniformidad de los campos. En los días de viento limpio se oyen los chopos antes de verlos, con ese sonido áspero de hojas frotándose unas contra otras.
Una torre de ladrillo sobre el caserío
La torre de la iglesia se ve desde casi cualquier punto del pueblo. Es de ladrillo, estrechándose hacia arriba, con ese aire mudéjar tan propio del valle del Ebro. Cuando el sol baja por la tarde, el color se vuelve más rojizo y resalta sobre los tejados de teja árabe que dominan el casco urbano.
A veces se puede subir al interior si coincide con horario abierto o alguna visita local. La escalera es angosta y obliga a girar el cuerpo en los últimos tramos. Arriba corre el viento con fuerza y se entiende bien la posición del pueblo: el río al este, los campos extendiéndose hacia Zaragoza y, hacia el norte, un horizonte cada vez más abierto.
Caminos de estepa
Al salir de las huertas el paisaje cambia rápido. La vegetación baja, el suelo claro y las piedras sueltas anuncian la estepa del valle medio del Ebro. Tomillos, ontinas y algún pino disperso aguantan el viento casi todo el año.
Hay caminos agrícolas que permiten caminar o pedalear varios kilómetros sin apenas tráfico. Conviene llevar agua incluso en recorridos cortos: la sombra es escasa y el cierzo puede engañar, porque refresca pero seca mucho.
En primavera el suelo se llena de flores pequeñas, pegadas a la tierra. En agosto, en cambio, el color dominante es el ocre.
Cuándo acercarse con calma
Los meses de primavera y comienzos de otoño suelen ser los más agradables para pasear por los caminos de huerta. En verano el calor aprieta bastante a partir del mediodía, y el viento seco del valle puede hacer que las caminatas largas se vuelvan pesadas.
Si vienes desde Zaragoza, prueba a llegar entre semana y a primera hora de la mañana. A esa hora el pueblo está medio en silencio: alguna persiana levantándose, el sonido de una escoba mojando la acera, y el olor de café saliendo por la puerta entreabierta de algún bar.
Después basta sentarse un rato, mirar cómo entra la luz entre los árboles del paseo y dejar que el tiempo vaya un poco más despacio. Aquí suele funcionar así.