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sobre La Viluena
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A las ocho de la mañana, en las calles de La Vilueña, lo que más se oye es el roce de las suelas contra el suelo irregular. Las casas todavía mantienen las persianas medio bajadas y la luz entra despacio por las esquinas de las fachadas. En invierno el aire baja frío desde los campos abiertos y huele a leña de chimenea. Alguna puerta se abre, alguien saca un cubo o cruza la calle sin prisa. El pueblo despierta así, sin ruido.
La Vilueña, en la Comunidad de Calatayud, apenas supera el medio centenar de habitantes. Está rodeada de campos de cereal que cambian completamente según el mes: verdes en primavera, pajizos cuando llega el verano y desnudos durante el invierno. El terreno es abierto, con lomas suaves y caminos agrícolas que se pierden rectos entre parcelas.
El caserío mantiene la lógica de los pueblos agrícolas de la zona. Muros de mampostería, ladrillo en las esquinas, portales que en otro tiempo servían también para guardar animales o aperos. Algunas casas conservan corrales traseros y viejos palomares que hoy se usan más como almacén que para lo que fueron pensados.
Por la tarde, cuando el sol cae hacia el oeste, la luz se vuelve muy horizontal y los campos reflejan un tono dorado casi uniforme. Desde cualquier pequeña elevación alrededor del pueblo se entiende bien el paisaje de esta parte de Aragón: horizontes largos, caminos rectos y muy pocos árboles rompiendo la línea del cielo.
Lo que permanece y lo que se puede ver
La iglesia parroquial, dedicada a Nuestra Señora de la Asunción, es el edificio más reconocible del pueblo. Tiene muros gruesos de piedra y una torre sencilla que sobresale por encima de los tejados. Su origen suele situarse en época medieval, aunque el aspecto actual responde a reformas posteriores, como ocurre en muchos templos de la zona.
El interior no siempre está abierto. En pueblos tan pequeños lo habitual es que alguien del vecindario tenga la llave, así que si te interesa verla conviene preguntar con calma si hay posibilidad de entrar. Dentro se conservan imágenes y elementos devocionales de distintas épocas, los que han ido acompañando la vida del pueblo durante generaciones.
Caminar por las calles también revela pequeños detalles: rejas antiguas, portones de madera muy gastados, algún banco colocado contra la pared donde da el sol en invierno. No es un casco urbano grande; en un rato se recorre entero.
A las afueras salen varios caminos agrícolas. No están señalizados como rutas, pero se pueden seguir sin dificultad si uno se orienta un poco. Sirven para acercarse a los campos y entender mejor cómo funciona el territorio que rodea al pueblo.
Caminar por los alrededores
Moverse por La Vilueña suele acabar siendo eso: caminar sin demasiada planificación. Los caminos de tierra que salen del pueblo enlazan con pistas que van hacia otros núcleos cercanos de la comarca, como Castejón de las Armas o Carenas, aunque muchos vecinos los usan simplemente para ir a las fincas.
En verano el sol cae con fuerza a partir del mediodía, así que lo más agradable es salir temprano o esperar a última hora de la tarde. En invierno ocurre lo contrario: las mañanas pueden ser muy frías y el campo tarda en templarse.
Si caminas un rato por estos caminos es fácil escuchar perdices o ver alondras levantarse del suelo cuando te acercas demasiado. No hace falta ir lejos; el paisaje empieza prácticamente al salir de la última casa.
Quien disfrute haciendo fotos suele encontrar aquí algo muy simple pero efectivo: líneas largas de caminos, parcelas geométricas y un cielo enorme encima.
Por la noche, cuando el cielo está despejado, la oscuridad es bastante limpia. Basta alejarse unos metros del casco urbano para notar cómo aparecen más estrellas de las que se ven desde cualquier ciudad.
Tradiciones que aún marcan el calendario
Las celebraciones siguen siendo, sobre todo, momentos de reencuentro. En agosto, durante las fiestas dedicadas a la Virgen de la Asunción, regresan muchos de los que tienen familia en el pueblo pero viven fuera. Las calles se llenan más de lo habitual y el ritmo cambia durante unos días.
En enero suele celebrarse San Antón, una tradición muy extendida en el medio rural. En algunos patios aparecen animales domésticos para la bendición y los vecinos se acercan a comentar el invierno, que por esta zona puede ser largo.
Más allá de esas fechas, la vida en La Vilueña continúa bastante ligada al calendario agrícola. Las labores del campo, las pequeñas huertas y las reuniones familiares alrededor de la mesa siguen marcando el pulso de un pueblo que funciona despacio, como el paisaje que lo rodea.