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sobre Moros
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A primera hora la piedra todavía guarda el frío de la noche. Las calles están vacías y el sonido que más se repite es el de los pasos sobre el suelo irregular. El turismo en Moros empieza casi siempre así: caminando despacio entre casas que parecen apoyarse unas en otras, mientras la luz entra poco a poco por las callejuelas.
Moros está en la Comunidad de Calatayud, en el interior de Aragón. Viven aquí poco más de doscientas personas. El pueblo se agarra a la ladera y obliga a subir y bajar constantemente. No es un sitio de paseos rectos. Cada giro enseña un tramo distinto de muro, una puerta vieja, una escalera que parece llevar a otra época.
Calles que siguen la forma del terreno
El casco urbano no responde a un plano claro. Las calles se adaptan a la pendiente y al espacio que quedaba entre casa y casa. Algunas son tan estrechas que dos personas tienen que apartarse un poco para cruzarse.
Las fachadas mezclan piedra, ladrillo y tramos de adobe. Muchas puertas siguen siendo de madera oscura. En varios balcones cuelgan macetas o ropa tendida que se mueve con el viento. A media tarde suele oírse conversación en alguna esquina, cuando el sol ya no cae de lleno sobre las paredes.
Recorrer el pueblo no lleva mucho tiempo. Un par de horas bastan para hacerse una idea. Conviene venir con calzado cómodo: hay cuestas cortas pero constantes y bastantes escalones.
La silueta de la iglesia
La iglesia de San Juan Bautista aparece varias veces mientras caminas. A veces entre tejados, otras al final de una cuesta. El campanario de ladrillo rojo sobresale por encima del resto del pueblo.
El edificio muestra añadidos de distintas épocas. Se notan en los cambios de material y en las proporciones de algunos muros. Es bastante habitual que la plaza cercana se convierta en punto de encuentro cuando cae la tarde.
Campos abiertos alrededor del pueblo
En cuanto sales del casco urbano el paisaje cambia rápido. El terreno se abre en lomas suaves donde dominan los cultivos de cereal. En verano todo se vuelve dorado y el viento mueve el grano como si fuera agua.
Hay caminos agrícolas que conectan fincas y pequeños barrancos. Algunos vecinos los utilizan para caminar o salir con el coche hasta los campos. No siempre están señalizados, así que conviene orientarse bien y llevar agua si se piensa andar un rato largo, sobre todo en los meses de calor.
En los cortados y zonas más tranquilas a veces se ven rapaces planeando. El silencio aquí es bastante limpio; apenas se oye tráfico.
Estaciones que cambian el ritmo
El invierno trae humo de chimeneas y mañanas con escarcha sobre los tejados. El aire suele ser seco y frío. En verano, en cambio, el pueblo queda muy quieto durante las horas centrales del día.
La mejor luz llega temprano y al final de la tarde. Las paredes de piedra cogen tonos más cálidos y las sombras marcan mejor las texturas de las casas.
En otoño algunos vecinos salen a buscar setas por los montes cercanos cuando el año viene húmedo. No siempre hay muchas y conviene informarse bien antes de recoger nada.
Fiestas y vida local
Las celebraciones dedicadas a San Juan Bautista suelen concentrar buena parte del movimiento del año. En esos días regresan familiares que viven fuera y el pueblo cambia de ritmo. Hay actos religiosos, música y reuniones que se alargan en la calle cuando cae la noche.
Durante el resto del año la vida es más tranquila. Agricultura, pequeños huertos y tareas cotidianas marcan el calendario.
Llegar y moverse por Moros
Desde Zaragoza lo habitual es llegar primero a Calatayud y continuar por carreteras secundarias que atraviesan campos abiertos. El último tramo tiene curvas suaves y conviene tomárselo con calma.
Al entrar en Moros se puede dejar el coche en la parte baja o en los espacios donde aparcan los vecinos. Después toca caminar. El pueblo se entiende mejor así, subiendo despacio y deteniéndose cuando algo llama la atención: una ventana antigua, el eco de una campana o el olor a leña cuando empieza a refrescar.