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sobre Paracuellos de Jiloca
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A primera hora, cuando empieza el día en Paracuellos de Jiloca, la plaza aún guarda el fresco de la noche. La sombra de la iglesia se alarga sobre las losas y apenas se oye nada más que algún coche que pasa despacio o una puerta que se abre. El valle del Jiloca amanece con calma: olor a tierra húmeda si ha llovido, aire seco si el día viene claro. Es un pueblo pequeño, de esos donde el movimiento empieza cuando el sol ya ha subido un poco por encima de los campos.
Paracuellos de Jiloca se asienta entre cultivos de cereal y barrancos suaves, con las laderas del valle dibujando un horizonte bajo y ancho. El pueblo ronda los seiscientos habitantes y mantiene esa escala en la que casi todo queda a unos minutos andando. Las casas se agrupan en torno a la iglesia y a unas pocas calles que bajan con ligera pendiente hacia las zonas de huerta y campo. El nombre del lugar suele relacionarse con los pequeños valles que lo rodean, algo que se entiende enseguida cuando se mira el terreno desde cualquier salida del pueblo.
La iglesia parroquial, dedicada a la Asunción de Nuestra Señora, marca el perfil del casco urbano. La torre de ladrillo, con rasgos mudéjares, se reconoce desde la carretera cuando se llega desde Calatayud. De cerca se ven bien las reparaciones acumuladas con el tiempo: tramos de ladrillo más nuevo, morteros distintos, piedras que no encajan del todo con las originales. No es un edificio congelado en el pasado; más bien parece haber ido adaptándose a cada época.
Paseando por las calles aparecen detalles pequeños que cuentan bastante del lugar: portones de madera oscurecida por el sol, balcones con barandillas de hierro algo torcidas, aleros largos para proteger del calor del verano. En algunos rincones todavía quedan casas de mampostería más antigua mezcladas con construcciones de mediados del siglo pasado.
El paisaje del valle del Jiloca
El entorno inmediato es abierto y cambia mucho según la estación. En primavera los campos de cereal empiezan a cubrirse de verde y, en algunos bordes de parcela, los almendros florecen durante unos días muy concretos. El contraste entre las flores blancas y la tierra rojiza del valle llama bastante la atención si el cielo está despejado.
En verano el paisaje se vuelve más seco. El cereal ya segado deja parcelas doradas y el aire suele venir caliente desde media mañana. A cambio, las tardes se alargan con una luz muy limpia que cae sobre las lomas bajas que rodean el pueblo.
En otoño los colores se apagan y aparecen más ocres y marrones. Es quizá cuando mejor se aprecia la forma del valle, sin el verde intenso de los meses anteriores.
Caminos alrededor del pueblo
Desde el propio casco urbano salen caminos agrícolas que se internan entre parcelas de cultivo y pequeños barrancos. No son rutas señalizadas como tal, pero muchos se pueden recorrer caminando sin dificultad si se tiene un poco de orientación.
Son trayectos tranquilos, con repechos cortos y largos tramos llanos. Eso sí: hay muy poca sombra. En los meses de calor conviene salir temprano, llevar agua y no confiar en encontrar fuentes fuera del núcleo del pueblo.
Lo que marca el calendario del pueblo
La vida local sigue muy vinculada al calendario tradicional. Las fiestas patronales dedicadas a la Virgen de la Asunción suelen celebrarse en agosto y concentran la mayor parte de la actividad del año: procesiones, música y reencuentros de vecinos que viven fuera y vuelven esos días.
La Semana Santa mantiene también cierta presencia en las calles, con actos religiosos que se repiten cada año. Y alrededor de San Juan, a comienzos del verano, es habitual ver hogueras en la noche más corta, con la gente reunida alrededor del fuego cuando el calor del día por fin baja.
En invierno todavía sobreviven, sobre todo en el ámbito familiar, costumbres como la matanza del cerdo. No es algo que se vea en público como antes, pero sigue formando parte de la memoria cotidiana del pueblo.
Cuándo ir y cómo llegar
Paracuellos de Jiloca está a poca distancia de Calatayud. Lo habitual es llegar por la A‑2 hasta esa ciudad y continuar después por carretera local. Desde Zaragoza el trayecto suele rondar la hora y media en coche, dependiendo del tráfico.
Si la idea es pasear por los alrededores, primavera y otoño suelen ser las épocas más agradables. En verano el calor del valle aprieta desde media mañana, y en invierno el frío se nota especialmente cuando sopla el aire por las lomas abiertas que rodean el pueblo.