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sobre Villalba de Perejil
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El silencio, aquí, tiene peso. No es un vacío, sino algo denso y presente, roto solo por el rumor lejano del río o el crujido de una puerta de madera al cerrarse. A mediodía, cuando el sol cae a plomo sobre las fachadas de tapial, el blanco de la cal se vuelve casi cegador. Villalba de Perejil, con sus ochenta y tantos habitantes, no es un pueblo que se explique; es un lugar que se habita, aunque sea por unas horas.
Se encuentra en el valle del Perejiles, a una hora y pico de Zaragoza. El paisaje es de esos que no intentan impresionarte: lomas suaves de matorral bajo, algún campo de cereal, la línea oscura de las choperas siguiendo el curso del agua. La vida gira en torno a la plaza, un espacio de cemento y bancos donde, si tienes suerte, verás a alguien sacando una silla a la puerta. El clima es el de la zona: inviernos que hielan el aliento, veranos secos donde el aire quema. En agosto, el pueblo se llena de voces y coches de veraneantes; el resto del año, recupera su pulso lento.
Un paseo por sus calles
No hay prisa. El recorrido es corto, y conviene que lo sea. La iglesia de San Pedro Apóstol se ve desde casi cualquier punto, con su torre de ladrillo sobre un cuerpo de mampostería. Suele estar cerrada. Si coincides con alguien del pueblo, quizá te abran; dentro, la penumbra huele a cera vieja y hay un par de retablos con el dorado desgastado por el tiempo.
Las calles, como la Real, son estrechas y empedradas. Lo que hay que mirar está en los detalles: una ventana con reja de forja oxidada, los dinteles de piedra desgastados, el color terroso de la tierra apisonada en las paredes. La plaza Mayor es el centro, el lugar donde todo pasa o donde nada pasa, según el día. No es bonita en el sentido decorativo; es útil. Un sitio para parar.
Si te apetece caminar, toma el camino que sale hacia la ermita de la Virgen del Pilar. Está a las afueras, en una pequeña elevación. La ermita casi siempre tiene el candado echado, pero el valor está en el paseo: cinco minutos entre almendros y tomillo, con la vista del pueblo encajado en el valle. Más abajo, el puente sobre el Perejiles es solo un paso de cemento, pero marca el límite entre lo habitado y el campo abierto.
El ritmo del valle
Aquí no hay actividades programadas. La oferta es el territorio. Varios caminos rurales salen del pueblo, bien señalizados por el paso de tractores y ovejas. Uno sigue el río, entre las choperas que en otoño se vuelven de un amarillo eléctrico. El sonido del agua, baja en verano, acompaña todo el recorrido. Otro camino sube suavemente por la ladera norte; desde arriba se ve la geometría simple del pueblo y, al fondo, la silueta azulada de la sierra de Vicor.
Es un buen sitio para dejar de hacer. Sentarse en una piedra junto al río y no hacer nada. Si levantas la vista, es probable que veas buitres leonados trazando círculos en el cielo, casi inmóviles. La primavera trae un verde intenso y el olor a hierba recién cortada; el otoño, una paleta de ocres y grises metálicos.
Aunque en el pueblo no hay bodegas, estás en el corazón de la Denominación de Origen Calatayud. En media hora en coche puedes estar en alguna que ofrezca visita. Para comer, el bar del pueblo suele tener la cocina encendida. No esperes carta; a menudo hay un par de platos del día. Es el sitio donde probar unas migas, un ternasco sencillo o simplemente un café escuchando las conversaciones de la barra.
Las fiestas: fechas en el calendario
Las celebraciones son familiares, de esas donde todo el mundo se conoce. Las fiestas de San Pedro, a finales de junio, son las principales. Hay misa, una procesión corta por las calles, y después, comida en la plaza. La música suena desde un altavoz y los niños corren entre las mesas.
En agosto, cuando vuelven los que se fueron, suele organizarse una cena de verano al aire libre. Es el momento de mayor bullicio, de reencuentros a gritos y risas que se alargan hasta la madrugada. Si buscas tranquilidad, evita estos fines de semana.
Otras fechas, como Santa Águeda (5 de febrero) o San Jorge (23 de abril), se notan más por el gesto que por la fiesta: una pequeña celebración, un acto en la escuela. La Navidad se siente, con el frío penetrante y el alumbrado modesto colgado entre las fachadas.
Cómo llegar y datos útiles
Llegar: Desde Zaragoza, se toma la A-2 hacia Madrid. Se sale en la salida 231 (Ateca-Morés) para seguir por la A-1501 hacia Morés. Desde allí, una carretera local (ZP-V-3041) te lleva en unos 10 minutos a Villalba. En total, algo más de una hora de trayecto. El tren no llega; la estación más cercana es Calatayud, a 25 km, y desde allí necesitas taxi o coche. El autobús te dejará en Morés, y luego toca caminar o pedir que te recojan.
Servicios: Esto es importante: en Villalba no hay tienda. Hay un bar, que es el corazón social, pero para comprar comida hay que ir a Morés o Ateca. Tampoco hay farmacia ni cajero. El móvil puede perder cobertura en algunas calles. Respecto al alojamiento, a veces hay una casa rural disponible, pero es escaso. Es más fácil dormir en Calatayud, Ateca o Morés, y venir a pasar el día.
Cuándo venir: Primavera (abril-junio) y otoño (septiembre-octubre) son los mejores momentos para andar. Los días son largos y la temperatura, llevadera. Julio y agosto son secos y calurosos; si vienes entonces, hazlo a primera hora de la mañana o al atardecer. El invierno tiene su belleza austera, pero muchas cosas permanecen cerradas.
Villalba es una pausa. Un lugar para desconectar del ritmo, no para llenar una agenda. Si te apetece más actividad, Calatayud y sus torres mudéjares están a media hora, y las hoces del Jalón, a un paso. Pero a veces, lo único necesario es sentarse en la plaza y esperar a que anochezca.