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sobre Alba
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A primera hora, cuando el sol todavía llega de lado, la piedra de la iglesia de Alba toma un tono claro, casi polvoriento. En la calle apenas se oye nada: alguna puerta que se abre, el motor de un coche que arranca despacio y el viento que baja por las eras de alrededor. Alba, en la Comunidad de Teruel, es uno de esos pueblos donde el día empieza sin prisa y el silencio forma parte del paisaje.
Está a poca distancia de la capital turolense —aproximadamente media hora en coche— y se llega por carreteras secundarias que atraviesan campos de cereal bastante abiertos. En invierno el terreno se ve áspero y ocre; en primavera cambia el color y todo alrededor se vuelve más blando, más verde.
La iglesia sobre el caserío
La iglesia parroquial de San Pedro se ve desde casi cualquier punto del pueblo porque está en la parte más alta. No es un edificio monumental, pero sí uno de esos lugares que ordenan el espacio alrededor: calles que suben hacia ella, fachadas que miran a la torre, un pequeño espacio abierto donde la luz cae directa a media tarde.
La portada es sencilla, con arco de medio punto, y la torre lleva un reloj que todavía marca las horas del pueblo. Cuando suenan las campanas —algo que aquí sigue pasando con normalidad— el sonido se extiende rápido porque el terreno alrededor es llano.
Calles cortas, piedra y madera
El casco urbano se recorre en poco tiempo. Las casas combinan mampostería de piedra con tramos de adobe y muchas mantienen portadas antiguas, algunas con la piedra gastada por décadas de uso. No es raro ver rejas de hierro forjado o galerías de madera que protegen las entradas del sol fuerte del verano.
En la pequeña plaza hay una fuente de piedra que sigue usándose, sobre todo en los meses de calor. Cerca aparecen corrales y antiguos espacios de trabajo agrícola. Son detalles fáciles de pasar por alto si se camina rápido, pero cuentan bastante de cómo se organizaba la vida aquí.
El paisaje que rodea Alba
Alrededor del pueblo el terreno se abre en colinas suaves y grandes parcelas de cultivo. No hay grandes bosques ni montañas cercanas: lo que domina es el horizonte largo de cereal, con alguna mancha de árboles dispersos y caminos de tierra que cruzan los campos.
Al atardecer la luz cambia mucho el aspecto del lugar. La tierra labrada se vuelve rojiza y las paredes de piedra del pueblo parecen más ásperas, con las sombras marcando cada irregularidad.
Si te gusta caminar, hay varias pistas agrícolas que salen del casco urbano y conectan con otros núcleos cercanos, como Alfambra o Villarquemado. No siempre están señalizadas como rutas, así que conviene llevar un mapa o una aplicación con mapas descargados: la cobertura de móvil falla en algunos tramos.
Comida de interior turolense
La cocina que se encuentra en esta zona sigue siendo la de siempre: platos contundentes pensados para el trabajo del campo y para el frío del invierno. Las migas con ajo y chorizo aparecen a menudo, igual que los guisos de cordero de la zona.
En temporada de setas algunos vecinos salen a buscar níscalos por los montes cercanos, aunque aquí nadie suele decir exactamente dónde. También siguen presentes los embutidos tradicionales —longaniza, chorizo— hechos con recetas muy parecidas a las que se usaban hace décadas.
Fiestas y vida local
Las fiestas del pueblo siguen teniendo un aire muy de casa. En torno a San Pedro se celebran los actos religiosos y las reuniones en la plaza, y durante el año aparecen otros momentos ligados al calendario agrícola, como la recogida de la aceituna.
No son celebraciones pensadas para atraer gente de fuera. Más bien son días en los que los vecinos que viven fuera vuelven unas horas o unos días.
Cuándo acercarse
Primavera y otoño suelen ser las épocas más agradecidas para acercarse a Alba: temperaturas suaves y campos con más contraste de color. En verano el sol cae con fuerza al mediodía y el pueblo se queda muy quieto durante varias horas.
Si vienes, merece la pena hacerlo sin prisa: aparcar, caminar un rato por las calles, salir después por alguno de los caminos que rodean el casco urbano y quedarse un momento mirando el horizonte. En un lugar como este, gran parte de lo que hay que ver no está en un edificio concreto, sino en la relación entre el pueblo y la tierra que lo rodea.