Artículo completo
sobre Alfambra
Ocultar artículo Leer artículo completo
A primera hora de la mañana, cuando el sol empieza a tocar las fachadas de la plaza, Alfambra todavía está medio en silencio. La torre de ladrillo rojizo de la iglesia de Santa María se ve desde casi cualquier punto del pueblo y marca el centro de todo. La iglesia se levantó en el siglo XVI y tiene esa sobriedad de muchas construcciones de la zona: ladrillo, piedra y pocas concesiones a lo ornamental. En la plaza hay bancos de piedra y algunos árboles que dan algo de sombra en verano; es el lugar donde los vecinos se sientan a charlar cuando baja el calor de la tarde, rodeados de casas de mampostería con ventanas de madera pintada.
Desde la calle Mayor, que atraviesa el casco antiguo, el paso del tiempo se nota en las paredes y en los portones anchos de madera. Algunos dan a patios interiores donde el suelo suele estar húmedo por la sombra y donde se mezclan olores de leña, tierra y a veces de ganado. En varias fachadas quedan balcones y rejas de hierro forjado, muchas veces con macetas sencillas o alguna parra que trepa por la pared.
Al salir del casco urbano, el paisaje se abre rápido. Alrededor de Alfambra predominan los campos de cereal: en primavera el verde ocupa casi todo el valle; a finales de verano, en cambio, el terreno toma ese tono pajizo tan propio de la comarca. El río Alfambra cruza el término municipal y, aunque no siempre lleva mucho caudal, crea pequeñas franjas más húmedas donde crecen álamos y sauces.
Caminar por el valle del Alfambra
Quien tenga ganas de caminar encontrará varios caminos agrícolas y senderos que salen del propio pueblo. Uno de los más conocidos sube hacia la muela de Tiznao desde la parte oeste. No es una subida especialmente dura, pero el terreno tiene tramos con piedra suelta y conviene llevar calzado firme.
Durante el recorrido aparecen restos de antiguas terrazas de piedra seca. Muchas ya no se cultivan, pero ayudan a leer cómo se trabajaba este paisaje hace décadas. En las zonas cercanas al río, sobre todo al atardecer en verano, se oyen aves acuáticas y es fácil ver rapaces planeando sobre las laderas.
Río, huertas y comida de casa
El río Alfambra marca parte de la vida del pueblo, aunque hoy tenga menos actividad que antes. Tradicionalmente ha habido pesca de trucha en algunos pozos del río; los propios pescadores comentan que las capturas dependen mucho del nivel del agua de cada temporada.
En las casas se sigue cocinando con lo que hay alrededor. El cordero suele aparecer en reuniones familiares, y no es raro encontrar platos muy sencillos: cocidos, patatas con ajo o guisos hechos a fuego lento. En otoño, cuando el monte acompaña, las setas de los pinares cercanos —sobre todo níscalos— terminan muchas veces en la sartén esa misma noche. También siguen funcionando algunos secaderos caseros donde se curan embutidos durante el invierno.
Fiestas que siguen el calendario del campo
El calendario festivo todavía tiene mucho que ver con las estaciones. San Antón, a mediados de enero, suele reunir a buena parte del pueblo alrededor de la bendición de animales en la plaza. Se ven perros, algún caballo y vecinos que se acercan aunque solo sea para el encuentro.
En verano llega la semana grande, cuando el pueblo se llena más de lo habitual. Se organizan actividades populares y, según los años, carreras de caballos en las afueras, música tradicional y comidas compartidas bajo toldos improvisados. En otoño, si las lluvias acompañan, mucha gente sale al pinar con cesta en mano.
Cómo llegar y cuándo ir
Alfambra está a unos 25 kilómetros de Teruel. El acceso se hace por carretera entre campos abiertos y pequeñas vaguadas; en invierno conviene prestar atención si hay hielo o nieve, algo que aquí no es raro.
Dentro del pueblo se puede aparcar sin demasiada complicación y lo más cómodo es recorrerlo andando. Si vienes en verano, las horas centrales del día pueden ser muy secas y calurosas; el paseo se disfruta más a primera hora o cuando cae la tarde, cuando la luz baja por el valle y el aire empieza a refrescar.
Alfambra no vive de grandes monumentos ni de un turismo constante. Lo que hay es más discreto: el sonido del río bajo los puentes, el viento del norte moviendo las ramas de los álamos, el crujido de alguna puerta vieja al abrirse en un patio. Para entender el pueblo basta caminar despacio y mirar alrededor. Aquí el paisaje y el ritmo del día todavía van por delante de todo lo demás.