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sobre Camarillas
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Hay pueblos que parecen hechos de barro y viento, y Camarillas es uno de ellos. El turismo en Camarillas empieza antes de aparcar el coche: media hora de curvas por las lomas de Teruel, subiendo y bajando como si la carretera estuviera probando hasta dónde llega tu paciencia. Y de repente aparece el pueblo, pegado a una loma, con las casas casi del mismo color que la tierra. La primera reacción suele ser algo tipo: «vale, aquí no se llega por casualidad».
Y eso, curiosamente, es parte de la gracia.
El castillo que se tragó el pueblo
El castillo de Camarillas no es una fortaleza de postal. Más bien parece una masa redondeada de piedra, como un pan de hogaza que alguien dejó demasiado tiempo en el horno. Se levantó en plena época de peleas entre los reinos de Aragón y Castilla, cuando estas sierras eran territorio de frontera.
La estructura es sencilla: planta circular y una torre también redonda. No impresiona por tamaño, pero la posición manda. Desde arriba se domina todo el entorno, y entiendes rápido por qué lo pusieron ahí.
Durante bastante tiempo la gente vivió alrededor del castillo. Luego el pueblo fue bajando poco a poco hacia la zona más llana, donde hoy está la iglesia y la mayor parte de las casas.
Subir hasta arriba lleva unos diez minutos de cuesta. No más. Arriba suele haber silencio, viento y, con un poco de suerte, algún buitre leonado planeando por las corrientes de aire. Ellos están bastante más acostumbrados que tú a estas alturas.
Un pueblo que se niega a desaparecer
Camarillas ronda el centenar de vecinos. Dicho así suena a poco, pero cuando pasas un rato por el pueblo te das cuenta de que las cosas se mueven más de lo que parece.
Hay una asociación local —El Camerón, como el río de la zona— que suele organizar trabajos comunitarios: limpiar senderos, recuperar construcciones antiguas o darle uso a espacios que llevaban años cerrados.
Entre esas recuperaciones está el antiguo nevero. Básicamente es una cavidad donde se almacenaba nieve durante el invierno para conservar alimentos cuando llegaba el calor. Hoy ya no guarda hielo, claro, pero sigue siendo un buen punto de encuentro para charlar un rato largo mientras cae algún vaso de vino.
En pueblos así las cosas funcionan mucho por voluntad de los vecinos. Si algo se arregla o se limpia, normalmente hay varias manos del pueblo detrás.
Las migas que te arreglan el día
Si llegas con hambre conviene venir con expectativas realistas. Camarillas es pequeño y los servicios son los que son. Suele haber un bar en funcionamiento, aunque en estos sitios los horarios dependen mucho del día, la temporada o de si hay gente por el pueblo.
Lo que sí aparece a menudo en reuniones y fiestas son las migas. Las típicas migas pastoriles: pan asentado, aceite, chorizo, algo de tocino y, muchas veces, uvas o pasas para darle contraste. De esas comidas que parecen humildes hasta que te comes un plato hondo y entiendes por qué los pastores tiraban con eso todo el día.
También es tierra de ternasco al horno, cuando hay celebraciones o comidas grandes. Cocina sencilla, de la que se hacía porque era lo que había y porque llenaba de verdad.
Caminos por barrancos y pinares
Por el término pasan varios senderos que conectan con pueblos cercanos como Galve o Aguilar. Son rutas largas si decides hacerlas enteras, pero también se pueden recorrer tramos más cortos sin complicarse demasiado.
El paisaje cambia bastante según hacia dónde tires: pinares en las zonas más altas, barrancos donde el agua ha ido comiéndose la roca durante siglos y tramos de campo abierto donde el viento manda casi todo el año.
Cerca del río hay formaciones de roca erosionada que aquí llaman calderetas o marmitas: huecos redondeados que el agua va tallando poco a poco. No son gigantescos, pero cuando los ves entiendes bien cómo trabaja el río con paciencia.
También hay caminos que recuerdan tiempos más duros. En estas sierras se movieron guerrillas durante la posguerra, aprovechando lo quebrado del terreno para esconderse y desplazarse.
Fiestas donde acabas hablando con medio pueblo
Las fiestas principales suelen celebrarse en verano, alrededor de San Roque. Es cuando regresan muchos de los que tienen casa familiar en el pueblo y el ambiente cambia bastante.
No hay grandes infraestructuras ni hoteles, así que la cosa funciona como en muchos pueblos pequeños: casas llenas, coches aparcados donde se puede y gente que acaba hablando en la plaza hasta bien entrada la noche.
Entre los actos suele haber comida popular, música y alguna subasta de productos donados por los vecinos, una tradición bastante extendida en la zona. Más que un espectáculo para visitantes, es una manera de reunirse y sacar algo de dinero para las fiestas.
En invierno también se celebra San Antón, con hogueras en las plazas y los críos correteando alrededor del fuego mientras los mayores comentan el frío que hace ese año.
Camarillas no es un sitio al que vengas buscando tiendas de recuerdos ni un programa de cosas que hacer cada hora. Es más bien ese tipo de pueblo al que llegas, das una vuelta tranquila, subes al castillo, miras el paisaje y te das cuenta de lo lejos que queda todo lo demás.
Si vienes, trae agua, buenas botas y tiempo para caminar sin prisa. Y si alguien te ofrece un plato de migas, acepta. En estos pueblos es la forma más directa de decirte que ya eres uno más, al menos durante un rato.