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sobre Cella
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Cella tiene algo que no se ve todos los días: un agujero enorme del que sale agua sin parar. No es una forma de hablar. Son unos 35 metros de diámetro y más de diez de profundidad, y el agua brota con una fuerza que impresiona. El famoso pozo artesiano de Cella, que muchos consideran el más grande de Europa. La primera vez que lo ves te quedas un rato mirando, como cuando te quedas hipnotizado con una fuente en mitad de una plaza. No pasa nada extraordinario… pero cuesta apartarse.
El pozo que se queda contigo más rato del previsto
Llegué a mediodía con la idea de dar una vuelta rápida por el pueblo y acercarme luego a la ruta del acueducto romano. La teoría era buena. La práctica fue otra cosa.
El pozo tiene algo de hipnótico. El agua está ahí, brotando sin parar, día y noche. La estructura que lo rodea —con escalinatas, barandillas y ese aire barroco— se terminó en el siglo XVIII, cuando el arquitecto Domingo Ferrari lo dejó tal como se ve hoy. Podrían haber hecho algo mucho más simple, pero alguien decidió convertir el nacimiento en un lugar para asomarse y mirar el agua con calma.
De aquí parte oficialmente el río Jiloca. Al salir del pozo empieza su camino con bastante tranquilidad, casi arrastrándose entre las primeras casas del pueblo. No tiene nada de río impetuoso en ese punto. Más bien parece que el agua se está desperezando antes de ponerse en marcha.
Restos de la Cella amurallada
Cella fue una villa importante en la zona durante la Edad Media. Llegó a tener muralla —se suele situar su construcción en el siglo XIV— aunque hoy solo quedan algunos tramos dispersos entre calles y casas. Si no te fijas, pasas al lado y ni te das cuenta.
La zona cambió de manos varias veces durante la Reconquista hasta quedar definitivamente en territorio cristiano en tiempos de Alfonso II. Después llegó la repoblación con gente de otras ciudades de Aragón, y también la presencia de órdenes militares y de la Iglesia, que durante siglos tuvieron bastante peso en la vida del lugar.
Un detalle curioso es que en el siglo XV hubo presencia del tribunal de la Inquisición en la villa. No duró demasiado, pero dejó su huella en los documentos de la época y en la historia local.
Comer en Cella: platos que vienen del campo
Ese día acabé comiendo en un bar del pueblo, uno de esos sitios donde la gente entra a saludar antes incluso de sentarse.
El dueño me habló del “conejo al Jiloca”, aunque enseguida me aclaró, medio riéndose, que muchas veces lo que llega a la cazuela es liebre. Va guisado con vino, hierbas de la zona y un punto alegre de especias. De esos platos que piden pan al lado.
Las gachas también aparecen bastante en la cocina local: harina, ajos, aceite, agua y poco más. Sobre el papel parece comida de tiempos duros, pero cuando están bien hechas tienen ese sabor sencillo que recuerda a cocina de casa.
Subir al cerro y mirar el valle del Jiloca
En uno de los cerros cercanos al pueblo hay restos de antiguas fortificaciones. Hoy quedan sobre todo ruinas y el trazado del recinto, pero el paseo hasta arriba merece la pena.
La subida es corta aunque tiene algo de pendiente. Desde arriba se ve bien el valle del Jiloca: campos abiertos, líneas de chopos siguiendo el curso del agua y ese paisaje agrícola que domina buena parte de la comarca. Es uno de esos miradores naturales que ayudan a entender cómo se organiza el territorio alrededor del río.
Un astrónomo salido de Cella
Entre los nombres curiosos vinculados al pueblo aparece el de Francisco Martínez Zarzoso, un astrónomo que trabajó en el siglo XV con instrumentos para calcular posiciones de los planetas. Uno de esos aparatos, llamado ecuatorio, terminó conservándose fuera de España y hoy forma parte de una colección histórica en Oxford.
Es de esas historias que los pueblos guardan con orgullo: alguien que salió de aquí mirando al cielo y acabó dejando huella en la ciencia de su tiempo.
Consejo de amigo
Cella no juega en la misma liga visual que Albarracín o Valderrobres. Aquí el paisaje es más de campos, silos de cereal y tractores aparcados junto a las casas. Un pueblo que vive del trabajo del campo y no intenta disfrazarlo.
Pero tiene ese detalle raro que lo hace distinto: un nacimiento de río enorme en mitad del casco urbano. Solo por verlo ya merece la parada.
Mi consejo es sencillo: acércate, date una vuelta tranquila por el pozo, camina por las calles del centro y, si tienes tiempo, sube al cerro para ver el valle desde arriba. No hace falta organizar un día entero. A veces una parada de un par de horas es más que suficiente para entender de qué va el lugar. Y Cella se entiende rápido: agua, historia y vida de pueblo.