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sobre Peralejos
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A las ocho de la mañana, la luz entra de lado por las calles de Peralejos y rebota en la piedra clara de las fachadas. Todavía no pasa casi nadie. Solo algún coche que arranca despacio y, a lo lejos, el sonido seco de un corral abriéndose. Así empieza muchas veces el turismo en Peralejos: con un pueblo pequeño, quieto, todavía medio dormido.
La calle Mayor se recorre en pocos minutos. El empedrado irregular obliga a caminar sin prisa, mirando al suelo y luego hacia arriba, a los balcones de hierro y las puertas de madera gastada. Aquí viven menos de un centenar de personas y eso se nota en el ritmo: no hay tránsito continuo ni escaparates, solo casas alineadas y alguna esquina donde la calle se estrecha más de lo esperado.
Peralejos está en la Comunidad de Teruel, a una altitud cercana a los mil metros. Alrededor aparecen campos de secano, manchas de pinar y, de vez en cuando, robles que rompen la uniformidad del monte bajo. El viento suele moverse con libertad por esta zona; incluso en días claros se escucha pasar entre los cables y los tejados.
La iglesia parroquial de San Juan Bautista ocupa el centro del casco urbano. Es un edificio sólido, de muros gruesos y campanario cuadrado, como muchos en esta parte de Aragón. A su alrededor se organizan las calles más antiguas, con portales de piedra que todavía conservan marcas de reformas hechas a lo largo del tiempo.
Calles cortas y una plaza donde se detiene la tarde
Si se sube hacia la parte alta aparece la plaza del pueblo. No es grande: unos bancos alrededor de una fuente y un pequeño quiosco que en verano suele convertirse en punto de reunión. Por la tarde, cuando baja el sol, es fácil ver a los vecinos sentados allí hablando sin prisa. Las conversaciones se mezclan con el ruido del agua de la fuente y el golpe seco de alguna silla moviéndose sobre el suelo.
Las casas mantienen bastante de su aspecto original. Muros de piedra, balcones estrechos, puertas anchas que en otro tiempo dejaban pasar carros o ganado. Algunas han cambiado ventanas o tejados, pero el conjunto sigue teniendo ese aire de lugar que ha crecido poco a poco, sin grandes planes urbanísticos.
Caminos que salen del pueblo
Desde los bordes de Peralejos parten varias pistas de tierra. No siempre están señalizadas, pero se distinguen bien porque fueron caminos de uso agrícola. Atraviesan antiguos bancales, corrales y alguna masada aislada.
En algunos puntos todavía se ven construcciones rurales de piedra seca: corrales, pequeños refugios o almacenes donde se guardaban herramientas. Muchas están medio cubiertas por la vegetación o con el tejado hundido, pero siguen marcando cómo se organizaba el trabajo del campo.
El terreno no suele tener grandes pendientes, así que caminar por aquí es sencillo si se lleva agua y algo de abrigo. Incluso en días soleados el aire puede refrescar cuando corre viento por la sierra.
En primavera el paisaje cambia rápido: brotes verdes en los campos y olor a tierra húmeda después de las lluvias. En otoño dominan los tonos ocres y el suelo aparece cubierto de hojas y piñas secas. Con un poco de silencio es fácil ver rapaces planeando sobre los campos abiertos.
Un pueblo que todavía vive del campo
La actividad ganadera sigue presente, aunque a menor escala que hace décadas. No es raro encontrarse ovejas o caballos en prados cercanos al pueblo. A primera hora del día el sonido de los cencerros todavía forma parte del paisaje sonoro.
En muchas casas continúan preparándose embutidos cuando llega el frío. Longaniza, chorizo o morcilla forman parte de esa cocina doméstica que pasa de una generación a otra. También es habitual que en temporada se recojan moras o ciruelas para hacer conservas.
Durante las fiestas del pueblo —que suelen celebrarse en verano, cuando regresan quienes viven fuera— la plaza vuelve a llenarse. Hay música, comidas compartidas y conversaciones que se alargan hasta bien entrada la noche. En invierno, en cambio, el ambiente es mucho más tranquilo.
Cómo llegar y cuándo conviene ir
Peralejos se alcanza por carreteras secundarias que atraviesan la sierra desde distintos puntos de la provincia de Teruel. El último tramo suele ser estrecho y con curvas, algo habitual en esta zona. Si no conoces bien la carretera, conviene hacerlo de día.
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradables para acercarse. En verano el pueblo tiene algo más de movimiento, sobre todo en agosto. En invierno el frío se nota: las heladas son frecuentes y, algunos años, la nieve complica los caminos de alrededor.
Un detalle práctico: los servicios en pueblos tan pequeños no siempre están disponibles todos los días. Si vas a pasar varias horas caminando por los alrededores, lleva agua y algo de comida. Aquí las distancias engañan y el siguiente núcleo habitado puede quedar bastante más lejos de lo que parece en el mapa.