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sobre Riodeva
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A primera hora de la mañana, cuando el aire todavía baja frío de la sierra, Riodeva suena sobre todo a silencio. Algún coche pasa despacio por la carretera que sube desde el valle, y el eco rebota entre las fachadas de piedra. Alrededor, la Sierra de Albarracín levanta lomas cubiertas de encina y pinar bajo. Llegar hasta aquí —unos 60 kilómetros desde Teruel— implica una carretera de curvas que obliga a conducir sin prisa. Merece la pena hacerlo así: entre una curva y la siguiente aparecen roquedos, barrancos secos y ese olor a tierra y resina que se queda un rato en el coche cuando bajas la ventanilla.
Un pueblo pequeño en la ladera
El casco urbano de Riodeva se agarra a una pendiente suave. Las calles son estrechas, algunas apenas dejan pasar un coche, y entre las casas todavía se ven portones grandes de madera que dan a antiguos corrales o almacenes. Muchas fachadas conservan la piedra vista y tejados de teja árabe algo oscurecidos por los inviernos.
La Plaza Mayor gira alrededor de la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol. Es un edificio sobrio, levantado en el siglo XVIII según suele contarse en el pueblo. Por dentro la luz entra filtrada y deja ver pinturas algo gastadas. No es un templo monumental; más bien el tipo de iglesia que forma parte de la rutina del lugar.
Aún quedan pequeños huertos pegados a algunas casas. En verano se ven tomateras, alguna parra buscando sombra y herramientas apoyadas en la pared. Son detalles que recuerdan que aquí la agricultura y la ganadería han marcado el ritmo durante generaciones.
Caminos que salen del pueblo
Basta caminar unos minutos para salir al campo. Desde las últimas casas parten pistas de tierra que se meten entre barrancos y laderas cubiertas de matorral bajo. El paisaje cambia bastante según la estación: en primavera el verde dura poco pero es intenso; hacia julio el terreno se vuelve más dorado y seco; en otoño aparecen tonos ocres en las zonas más húmedas.
Algunos senderos señalizados llevan hacia lugares conocidos en la zona como la Peña del Diablo o la Cueva del Castillo. No son recorridos técnicos, pero hay tramos de roca arenisca y desnivel. Conviene llevar buen calzado y calcular el tiempo con margen, porque el terreno engaña: las distancias parecen cortas y el sol aprieta en cuanto avanza la mañana.
Animales y silencio al amanecer
Si sales temprano o cuando cae la tarde, el monte alrededor de Riodeva se mueve más de lo que parece. Corzos cruzando rápido entre las encinas, zorros que desaparecen en cuanto detectan ruido, y rapaces planeando sobre las corrientes de aire caliente. No es algo garantizado, claro, pero caminar despacio ayuda.
En esos momentos también se escuchan otras cosas: ramas secas partiéndose, el viento rozando las copas bajas de los pinos, y pájaros pequeños —jilgueros y similares— que se esconden entre los arbustos.
Comida sencilla de la sierra
La cocina del pueblo sigue muy ligada a lo que se cría o se recoge cerca. Embutidos curados, guisos con cordero o conejo y, cuando el otoño viene lluvioso, platos con setas de los montes cercanos. No hay demasiadas opciones ni cartas largas. Aquí se come sin rodeos: producto local y recetas de siempre.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
Riodeva tiene poco más de un centenar de habitantes y el ambiente cambia bastante según la época. En invierno el frío se nota y muchas casas permanecen cerradas entre semana. En agosto, en cambio, el pueblo se llena más de gente que vuelve por vacaciones y por las fiestas patronales, que suelen celebrarse en verano.
Para quien prefiera caminar con calma y encontrar los senderos tranquilos, mayo, junio o principios de otoño suelen ser momentos más agradables. El calor todavía no aprieta tanto y la luz de la tarde cae oblicua sobre las laderas, marcando las grietas de la roca y las paredes de piedra del pueblo.
Aparcar no suele ser complicado, pero dentro del casco antiguo conviene dejar el coche en las entradas y continuar a pie. Las calles son estrechas y el pueblo se entiende mejor caminando despacio.