Artículo completo
sobre Valacloche
Ocultar artículo Leer artículo completo
A primera hora, cuando el aire todavía baja frío de la sierra, en Valacloche se oye sobre todo el suelo: hojas secas rompiéndose bajo las botas y alguna puerta de madera que se abre despacio. Las casas de piedra se agrupan alrededor de la pequeña plaza y la ladera empieza justo detrás. En un pueblo de 33 habitantes, el movimiento es mínimo. A veces pasa un vecino con un cubo o un perro suelto que cruza la calle sin prisa.
El turismo en Valacloche tiene más que ver con el silencio del monte que con el propio casco urbano. El pueblo se asienta a unos 985 metros de altitud, en la Sierra de Albarracín, dentro de la Comunidad de Teruel. Las calles siguen la pendiente y se estrechan entre muros de piedra algo irregulares. Muchas casas conservan tejados de teja árabe y portones gruesos que dejan ver los años encima.
En la parte alta está la iglesia parroquial de Santa María. El edificio actual se levantó en el siglo XVI y después fue modificándose. Por dentro es sobria. Madera oscura, un altar sencillo y retablos tallados que parecen haber oscurecido con el humo de velas y el paso del tiempo.
Caminos que salen del pueblo
Desde la plaza arranca un camino que enseguida entra en el pinar. El suelo cambia: tierra suelta, agujas secas, raíces que asoman entre las piedras. A pocos minutos del último muro del pueblo ya se ven algunas formaciones rocosas que sobresalen entre los árboles.
El paisaje cambia mucho según el mes. En verano el verde del pino domina todo. En otoño aparecen tonos ocres en el suelo del bosque y en los claros. En invierno el conjunto se vuelve más gris, más quieto.
Varias pistas forestales conectan con otros pueblos cercanos de la sierra, como Tormón o Alobras. No siempre están pensadas para pasear sin más. Son caminos de trabajo del monte y conviene mirar el recorrido antes de salir.
Senderos sin señalización clara
Valacloche no tiene rutas señalizadas como ocurre en otras zonas más visitadas de la Sierra de Albarracín. Sí existen caminos usados desde hace décadas: antiguos pasos ganaderos, accesos al monte o sendas abiertas por los propios vecinos.
La señalización suele limitarse a marcas en árboles o pequeños montones de piedra. Si se quiere caminar varias horas, es mejor llevar mapa o un track descargado. El pinar es denso en algunos tramos y las pistas se cruzan con facilidad.
Fauna del pinar
El bosque alrededor del pueblo mantiene bastante vida animal. Hay jabalíes y corzos, aunque verlos no es lo habitual. Lo normal es notar su presencia: huellas en el barro, ramas removidas o algún ruido breve entre los arbustos.
Las aves sí se dejan oír más. Carboneros, herrerillos y otros pájaros pequeños llenan el pinar de llamadas cortas. A primera hora de la mañana o cuando cae la tarde el monte se vuelve más activo.
Comida de temporada y monte
La cocina que se prepara en las casas de la zona suele apoyarse en lo que da el entorno. En otoño aparecen setas recogidas en los pinares. Se cocinan con ajo, aceite y hierbas como tomillo o romero.
La caza menor se usa en guisos lentos. También siguen presentes los embutidos hechos en casa, sobre todo chorizo y morcilla. En algunos arroyos cercanos todavía se pesca trucha cuando el agua lo permite. Y el cordero criado en los montes de alrededor aparece en platos sencillos, pensados para el frío.
Cielo oscuro al caer la noche
Cuando anochece, el pueblo queda casi a oscuras. Hay poca iluminación y alrededor no hay núcleos grandes. Si el cielo está despejado, la Vía Láctea se distingue con facilidad.
Basta caminar unos minutos fuera del casco urbano, hacia cualquiera de las pistas que salen al monte. El silencio a esas horas es completo.
Un pueblo pequeño, con pocos servicios
Recorrer Valacloche lleva poco tiempo. En media hora se han visto las calles principales y la plaza. El interés está más en el entorno que en el propio tamaño del pueblo.
Conviene llegar con cierta previsión. No hay muchos servicios y las distancias entre pueblos en esta parte de Teruel son largas. Si se piensa caminar por la sierra, mejor llevar agua y algo de comida.
La primavera y el inicio del otoño suelen ser los momentos más agradables para andar por los pinares. En invierno el frío aprieta y algunas pistas pueden complicarse si hay hielo o nieve.