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sobre Villel
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Hay pueblos que te los imaginas antes de llegar: dos calles, piedra vieja, silencio y poco más. El turismo en Villel va un poco por ahí, pero con una diferencia. Cuando bajas del coche y miras alrededor entiendes rápido que el pueblo no está puesto al azar; está agarrado al paisaje, como si siempre hubiese estado justo donde debía.
Villel tiene alrededor de 330 vecinos y se asienta a unos 880 metros de altura, muy cerca de Teruel capital. El caserío se recoge entre montes que ya anuncian la sierra de Albarracín. No es un lugar de grandes panorámicas espectaculares, sino de esas vistas que te acompañan mientras caminas: laderas con pino, barrancos secos buena parte del año y colores que cambian mucho según la estación. En invierno todo se vuelve más sobrio; en primavera el verde aparece de golpe.
El casco antiguo, pequeño pero con historia
El centro del pueblo gira alrededor de la iglesia parroquial de Santa María. No es un edificio monumental; más bien una iglesia de las que encajan con el tamaño del lugar, con muros de piedra y una torre sencilla que se ve desde varios puntos del valle.
A partir de ahí salen calles estrechas donde todavía se reconocen bien las casas tradicionales. Algunas mantienen vigas de madera visibles, portones grandes y balcones que miran a la calle como si siguieran esperando conversación. Si te gusta fijarte en detalles, aquí hay unos cuantos: aldabas antiguas, piedras gastadas en los escalones o aleros de teja que parecen torcidos pero llevan así décadas.
También aparece alguna casa más grande, de las que recuerdan que en los pueblos siempre hubo familias con más peso que otras. Nada ostentoso, pero sí suficiente para romper la uniformidad del conjunto.
Caminos alrededor del pueblo
Lo que realmente define Villel es lo que tiene alrededor. Sales del casco urbano y en pocos minutos ya estás en caminos de tierra que se usaban para ir a huertas, corrales o pequeñas parcelas.
Algunos senderos siguen trazados antiguos que conectaban masías y fuentes del entorno. Todavía se mencionan lugares como la fuente del Marroquino o pequeñas construcciones agrícolas que aparecen dispersas por el monte. No es senderismo técnico ni rutas de horas y horas: más bien paseos largos donde el paisaje se abre poco a poco.
Desde ciertos puntos altos se alcanza a ver el valle del río Guadalaviar y los cortados de roca donde a veces se ven rapaces planeando. Si llevas prismáticos, mejor. Es uno de esos sitios donde te paras cinco minutos y acabas quedándote quince mirando el cielo.
El monte cercano mezcla pinar con carrasca y matorral bajo. En las zonas más tranquilas no es raro encontrar rastros de jabalí o corzo, sobre todo al amanecer o al caer la tarde.
Comer como aquí se ha comido siempre
La cocina de la zona sigue muy ligada a la matanza del cerdo y a platos contundentes. Migas, embutidos curados o gachas forman parte del recetario que todavía aparece en reuniones familiares o celebraciones del pueblo.
Cuando hay fiestas o encuentros vecinales, suelen salir también dulces caseros: rosquillas, pastas sencillas, cosas hechas en casa que muchas veces siguen preparándose como lo hacían los abuelos. No es una gastronomía sofisticada, pero sí muy ligada a la vida del campo.
Fiestas que hacen volver a los que se fueron
En verano el pueblo cambia bastante de ritmo. Muchos vecinos que viven fuera regresan unos días y las calles se animan.
Las fiestas patronales suelen celebrarse en agosto en honor a San Bartolomé. Hay procesiones, música y jotas —que aquí se bailan sin demasiado protocolo— además de actividades organizadas por las peñas y los propios vecinos. Más que un evento pensado para atraer gente de fuera, da la sensación de ser una excusa para reunirse.
También es habitual que aparezcan mesas con productos caseros: embutido, dulces o vino joven de la zona. Cosas sencillas, pero muy del terreno.
Cómo llegar a Villel
Villel está a unos 30 kilómetros de Teruel. El acceso habitual es por la carretera que va hacia Albarracín, una vía con bastantes curvas que atraviesa monte bajo y pinares dispersos. Conduciendo con calma no tiene pérdida.
Primavera y otoño suelen ser buenas épocas para acercarse. Las temperaturas acompañan y los caminos se disfrutan más que en pleno verano o en los días fríos del invierno turolense.
Mi consejo si vienes: no lo plantees como una excursión llena de cosas que “hacer”. Villel funciona mejor cuando bajas el ritmo. Aparcas, das una vuelta sin rumbo claro y te asomas a algún camino del monte. En un rato ya entiendes de qué va el sitio. Y con eso, muchas veces, es suficiente.