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sobre Alcaine
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A las ocho de la mañana, cuando el sol todavía no ha entrado en el valle del Martín, la niebla se agarra a los tejados de Alcaine como si fuera algodón húmedo. Desde la carretera que baja hacia el valle, el pueblo parece flotar sobre un mar blanco. Solo asoman las torres: varias de las que aún quedan en pie, cada una con su silueta irregular contra el cielo pálido. En ese momento, antes de que aparezcan los primeros coches junto al embalse, Alcaine vuelve a parecer lo que siempre fue: una fortaleza colgada sobre el río.
Las piedras que hablan
Entrar por la única calle donde cabe un coche es como meterse en una fisura de piedra caliza. Los edificios casi se tocan con los codos. Algunos levantan cuatro o cinco plantas donde uno esperaría apenas dos. Aquí el suelo llano escasea y las casas crecieron hacia arriba, adaptándose a la roca.
En la plaza, la casa consistorial sostiene dos arcos de piedra bastante antiguos; llevan siglos viendo pasar inviernos y veranos. Debajo, en la lonja, algunos sábados todavía se nota olor a pan cuando se enciende el horno comunal.
La nevera del pueblo está en una calle que lleva su nombre, excavada directamente en la roca. Hoy se entra más por curiosidad que por necesidad, pero el frescor sigue ahí dentro. Incluso en agosto la temperatura baja de golpe y obliga a cerrar la chaqueta si vienes sudando de subir cuestas. Las marcas en las paredes recuerdan el trabajo de quienes picaron la piedra para conservar nieve y alimentos cuando no había otra manera.
Cuando el silencio se rompe
Gran parte del año Alcaine suena a pasos y poco más. Algún coche, una puerta que se cierra, el eco del río al fondo del barranco.
Ese silencio cambia durante las fiestas de otoño dedicadas a la Virgen del Rosario. Muchos de los que se marcharon vuelven esos días y el pueblo se llena de voces que se reconocen aunque hayan pasado años. En la plaza suele montarse una comida colectiva con leña del río. El humo sube despacio entre las fachadas y el olor a tomate y romero se queda pegado en la ropa.
A principios de febrero también hay movimiento con San Blas. Es tradición bendecir pan y frutos secos en la iglesia. Los vecinos colocan nueces o almendras sobre mantas extendidas en el suelo y, después de la bendición, cada uno se lleva su parte a casa. Hay quien todavía guarda algunas para cuando llega el primer catarro del invierno.
El sabor que queda
Los sábados por la mañana el olor a masa dulce suele salir de una de las panaderías del pueblo. Si llegas temprano puede que encuentres muñuelos. Aquí se hacen de forma sencilla, con miel —muchas veces de romero— y una masa que se deja reposar desde la noche anterior.
En invierno todavía se oye hablar de la matacía. No todas las casas mantienen ya la costumbre, pero algunas familias siguen preparando morcilla, chorizo o salchichón como se ha hecho siempre. Durante unos días el aire del pueblo cambia: huele a pimentón, a ajo machacado y a carne curándose despacio. Es un olor que dura poco, pero quien lo ha vivido lo reconoce al momento.
Caminar hasta perderse
Detrás del cementerio arranca el sendero que sube hacia la Cañada de Marco. No es largo, pero sí constante. El camino serpentea entre pinos carrascos, aliagas y alguna chumbera que aguanta bien el sol del valle. Cuando ganas algo de altura aparece el río Martín al fondo, estrecho y brillante entre paredes de caliza.
Hay otra ruta que lleva hasta las pinturas rupestres de la Cueva Foradada. Es corta, aunque conviene ir atento al terreno. Las figuras rojizas en la roca llevan miles de años allí. No hay demasiadas explicaciones ni grandes infraestructuras alrededor, y casi se agradece: se llega andando, en silencio, y las pinturas aparecen de golpe cuando levantas la vista.
Desde el mirador de San Ramón el embalse ocupa todo el fondo del paisaje. Las orillas dibujan entrantes irregulares donde a veces se ven aves posadas en las rocas. Al atardecer, cuando el sol cae hacia Sierra Palomera, el agua se vuelve de un color cobrizo y las torres del pueblo quedan recortadas contra el cielo.
Cómo llegar y cuándo ir
Alcaine se alcanza por una carretera local que desciende hasta el valle desde la red principal de la zona. Los últimos kilómetros tienen curvas y en invierno puede aparecer hielo a primera hora.
Si vienes en coche, lo más sensato es dejarlo en la entrada y continuar andando. Dentro del casco antiguo las calles son estrechas y muchas terminan en cuesta o escalones.
Primavera suele ser el momento más agradecido para caminar por los alrededores: el monte está más verde y el río lleva agua. En agosto el ambiente cambia porque regresan muchas familias del pueblo y hay más movimiento. En enero, cuando nieva, Alcaine vuelve a quedarse casi en silencio, como una torre vigilando el valle.